Monday, November 20, 2017

VIOLETA Y EL KARMA

Resultado de imagen de arpiaVioleta calculó cada uno de sus pasos con toda la frialdad que pudo (y que era mucha). Las venganzas, le decía su abuela muerta, se tienen que hacer siempre en frío. Por eso, ella había esperado tantos meses para su venganza, justo hasta que él regresó por un tiempo al país, aunque solo ella supiera de qué y por qué se vengaba, porque él, después de tantos meses, seguía ignorando el porqué de aquel silencio de ella.
A través de una amiga común, Violeta le hizo llegar una caja embalada. Ya se imaginó la cara de él al abrirla y no encontrar sus objetos personales, aquellos que él, indirectamente, por medio de terceras personas, le había pedido. Visualizó cómo él se percataría de que aquellos objetos personales no estaban (Violeta los había vendido, era parte de su venganza) y, en cambio, estarían todos los libros que él le había regalado, que eran muchos. Casi creyó oír el gemido de él al abrir la caja y encontrarse todos sus libros devueltos, pero no los objetos personales. Sabía que un libro regalado con el corazón que es posteriormente devuelto era una puñalada en ese mismo corazón.
No oyó el gemido desgarrador, pero sí un sonido suave que anunciaba un correo en su celular. Pensó que, pese a su total silencio, él quizá fuese capaz de escribirle y pedirle explicaciones. Ella no lo haría. Con todo, el correo no era de él, en cambio, tenía un remitente extraño: karma@karma.kr.
Violeta no pudo evitar la curiosidad. Lo leyó.
Estimada Violeta:
Supongo que sabes quién soy. Solo quería decirte que tu venganza se ha convertido en una bendición. Verás, los libros que enviaste a quien vos ya sabes, han acabado en las manos de personas que se han alegrado de recibirlos.
Tuyo:
El Karma.
Aquello tenía que ser una broma, una maldita broma, quizá hasta un tipo de venganza de él. Aunque no había visitado su perfil en las redes sociales desde hacía meses, lo visitó. Se creó un perfil falso y vio que el contenido del mensaje era cierto. En uno de los mensajes, él decía:
«Gracias al karma, recuperé mis libros y pude compartirlos con quien realmente quería leerlos».
Aquel comentario enojó profundamente a Violeta. Su venganza se había convertido, efectivamente, en una bendición, en un regalo. Sin pensárselo dos veces, respondió al mensaje del supuesto karma pidiéndole que se explicase.
Apenas unos segundos después, el karma le respondió:
Mi querida niña, 
Para que me entiendas cómo funciono, te lo explicaré en términos sintácticos, porque vos trabajas como profe de lengua: la venganza es una oración activa como "Violeta ha jodido a su amigo", que yo, el karma, transformo en pasiva y te sale: "Violeta ha sido jodida", o mejor aún, en ergativa: ·"Violeta se ha jodido".
Tuyo.
El Karma
© Frantz Ferentz, 2017

CELIA Y SUS POESÍAS O LAS POESÍAS Y SU CELIA


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Celia se desveló en medio de la noche por un dolor abdominal. De repente a su mente volvieron las imágenes de la tarde anterior cuando defendió con vehemencia la base de la amistad para poder escribir poesías, tanto que hasta habló de ello tres horas: sin amistad no hay poesías. Recordó igualmente la cara de incredulidad de aquellos que se las daban de poetas, pero que no entendían un carajo de poesía, aquellos que hablaban de estilo, de técnica, ¡paparruchas!. Ella sí que sabía, ella podría dar lecciones de poesías a toda España. Ella sabía, además, que las poesías era la mejor terapia para el alma y, cómo no, para el cuerpo.
Celia se levantó, tomó un bolígrafo, su cuaderno íntimo y compuso unos versos.

Ah, voces de la antipatria
que profanáis la rojigualda con vuestras palabras. 
¡Canallas!
Las poesías
son mis armas, ¡escuchadlas! 
Malditos seáis separatistas
que os colgáis medallas como butifarras...

Y entonces sí, después de componer aquella patriótica poesía, el cuerpo de Celia se tranquilizó y la mujer menuda puso en práctica su principio de que las poesías son terapéuticas. Entonces ya sí pudo, por fin, ir al baño y hacer de vientre.

© Frantz Ferentz, 2017

Friday, August 25, 2017

DE ESCOTES Y POESÍA

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Ella siempre destacaba en todos los recitales poéticos. Al final de las lecturas, en las sesiones de fotos, se colocaba al lado de los poetas hombres (ignoraba a las mujeres) y se fotografiaba del brazo de ellos, con una sonrisa cogida con pinza y con un escote de vértigo. Debo reconocer que siempre me fijé en ese escote, que nunca conseguía asociar con la poesía. Cuando, al cabo de algún tiempo, al final de un recital, llegué a entablar conversación con ella y posteriormente cierta confianza, le pregunté si ella escribía también poesía:
«Sí, escribo poesía, pero no he tenido mucha suerte como poeta».
Me mostró algunos de sus versos. Eran francamente malos. Solo entonces se me ocurrió asociar su poesía con sus escotes. No me mordí la lengua, por eso le comenté:
«Ya, y por eso lo de tus escotes en los recitales... Promueves tu poesía por el escote».
Ella estaba acostumbrada a aquel tipo de comentarios, así que me respondió:
«Tú no sabes nada», dijo muy digna. «Mis pechos hacen rima».
A lo cual yo le repliqué:
«Ya, pero ¿asonante o consonante?».
Ella frunció el ceño y se alejó de mí no sin antes aumentarse el escote... poéticamente, imagino.

© Frantz Ferentz, 2017

Saturday, July 22, 2017

SIN FIN

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A Lorena Zeggane

Lorena había perdido totalmente la noción del tiempo. Abrió un momento su celular y vio que tenía 12.780 mensajes sin leer, 3.346 correos sin abrir y 1.927 llamadas perdidas. No era posible, en pocas horas no podía haber acumulado tantas llamadas. Se disculpó y salió de la sala de reuniones. Primero marcó el número de su casa. Enseguida llamó a su hijo, que se había quedado con unas décimas de fiebre antes de ella ir al trabajo. En cuanto oyó la señal, dijo:
«Hola, mi amor, soy mamá...», pero enseguida una locución le dijo que aquel número estaba fuera de uso.
Inquieta por no saber qué hacer, se fue al baño. Allí se miró al espejo. Le costó reconocerse. Se vio al menos diez años mayor. ¿Qué estaba pasando? ¿Había perdido la noción del tiempo? Descolgó el espejo del baño y se lo llevó a la sala de reuniones. Lo colocó en frente de su jefe, para que se viera bien reflejado y le gritó:
«Pero no se da cuenta que esta reunión ya dura al menos diez años?».
El jefe no se inmutó. Interrumpió su exposición de ventas, llamó a su asistente y le dijo:
«Por favor, relaje a la señorita Medina...».
Lorena recibió un halo de luz que la hizo caer al suelo. Lentamente se levantó. Su jefe la miró con una sonrisa paternal y le dijo:
«Cálmese, no tiene nada mejor que hacer. Todas las personas que usted conocía hace ya cien años que murieron. No hay nada como vivir en este bucle de reuniones...»
Lorena perdió los nervios. Se lanzó sobre su jefe. Cogió a un cúter y le rebanó la garganta, pero en vez de sangre, solo le salieron ceros y unos, ceros y unos, ceros y unos, ceros y unos...

*  *  *

«Señorita Medina, despierte». La voz del jefe hizo despertar a Lorena. Sí, se había quedado dormida.
«Mire, como se vuelva a dormir en una reunión como esta, tan importante, la boto a la calle, ¿me entendió? Que parece que nuestras reuniones duren cien años», añadió después ya dirigiéndose al resto de empleados, buscando la risa cómplice de estos.
Y entonces Lorena agarró la cuchilla, se abalanzó sobre su jefe y le rebanó el pescuezo. Y entonces sí, entonces salió sangre, a borbotones, no muy roja, porque un animal de despacho como aquel probablemente tenía anemia.

© Frantz Ferentz, 2017

Friday, June 23, 2017

VIOLETA ENAMORADA

Resultado de imagen de black violetPavel conoció a Violeta de una manera fortuita, en un recital de poesía que él había organizado a mediados de marzo y al cual había faltado una poeta invitada por un inoportuno accidente de tráfico. Otro de los poetas, Antón Kirchen, se la presentó. «¿Vos escribís poesía?», le preguntó él. «Sí», respondió ella tras dudar un instante. «¿Querés hoy leer poesía acá con nosotros?». Ahí ella ya no dudó. «Sí». Desde ese momento, fueron dos meses de una relación intensa que se inició al ladito mismo de la avenida Corrientes y que transcurrió casi toda en Reconquista, en el apartamento que él había alquilado para su estancia en Buenos Aires. Fueron dos meses en los que ella escribió en su diario que aquel extranjero se había enamorado de ella y de su poesía, que creía que nunca iba a salir de aquel agujero que sus parejas anteriores se habían ocupado de cavar concienzudamente, donde le contaba algunas de sus intimidades, de sus traumas (no todos), y le confesaba que su abuela muerta siempre la acompañaba, que de hecho ella le hablaba y gracias a ella lo había conocido a él, a Pavel, aquella noche de marzo, pues ella fue quien la había inspirado para acercarse al recital. Dos meses después, él le publicó un libro y le pidió participar en otro. Aquel extranjero la llevó a recitar poesía a un local de la calle Viamonte y la dejó en la cresta de la ola. «Me has hecho sentir mejor que nunca. Sos un milagro, un ser superior, mi alma gemela...», le dijo Violeta. Aquel centroeuropeo se derretía ante aquella mujer morena, hubiera dado cualquier cosa por ella, de hecho lo estaba arreglando para que ella fuera a vivir con él en Europa. Sabía que, a través de la literatura, había reconstruido la autoestima de Violeta. Él, para ella, era un ángel y así se lo hizo saber en varios poemas que le escribió.
    Y de repente, nada. Ella fue silencio. Violeta no respondió más a sus llamadas. No hubo lecturas de mensajes. No hubo nada. Hasta los boletos pagados a Europa fueron papel mojado. Ella desapareció. Él la esperó inútilmente en el aeropuerto y regresó sin ella a Europa. Pavel no obtuvo respuestas. Pensó en ataques de locura, en presiones de la familia, en un secuestro, en malinterpretaciones de algo que no alcanzaba a entender... cualquier cosa, pero nunca obtuvo una respuesta, pues nunca llegó a saber la mañana antes de la partida que, de repente, a Violeta se le caía el mundo encima. Su abuela muerta la esperaba sentada en el sofá del salón, con sonrisa de niña pícara, cuando ella ya iba a salir por la puerta con la maleta, y le dijo: «A ver si encuentras tu pasaporte». 

© Frantz Ferentz, 2017

Thursday, June 01, 2017

EL GRAN EMPRENDEDOR

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"Harold", le gritaba su madre, "deja de morderte las uñas".
Pero Harold, al que castigaban impunemente por morderse las uñas, tanto en casa como en el colegio, decidió que todos los chicos del lugar se mordiesen las uñas como él. Para conseguirlo, inventó un elixir que, a modo de pintaúñas, daba sabor a las uñas. Podían saber a fresa, melocotón, albaricoque, arándano... incluso maracuyá. Fue todo un éxito, todos los chicos de la villa se mordían las uñas con fruición. En una semana ganó 500 dólares y fue el inicio de su meteórica carrera empresarial... Y precisamente esa había sido la clave de su éxito: la rebeldía llevada al extremo...
Harold Smith es actualmente uno de los mayores emprendedores del planeta. Y la rebeldía ¿la ha perdido? No, no la ha perdido, eso nunca, hoy en día la aprovecha sabiamente financiando grupos de rebeldes armados que se dedican a derrocar gobiernos que no le dejan hacer negocios libremente.

© Frantz Ferentz, 2017


EL COMPLEJO DE PENÉLOPE


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– ¿Por qué vos te identificas con Penélope? –preguntó Marisa.
– Pues porque a mí, como a ella, no me duran casi nada los amantes. Es que los pruebo y a la final ninguno me convence.
– Ya, qué vida tan triste... Por cierto, tienes restos de carne entre los dientes –comentó Marisa.
– Huy, sí perdona, ahorita me limpio. Son restos de mi último amante. Este casi me convence, pero me pasé con el ají, aunque él ya era bastante picante.

© Frantz Ferentz, 2017 

Sunday, April 09, 2017

LA SENSIBILIDAD DEL SICARIO

Resultado de imagen para killerCada vez que Norberto Miguel, sicario de profesión, soltaba dos balazos en la sien de su víctima y lo veía caer, improvisaba en la piel del muerto unos versos de su invención. Luego los fotografiaba y se los mandaba al cliente para que comprobase que el objetivo había sido abatido. Cada vez que completaba cincuenta asesinatos, publicaba un poemario, pero no en papel, sino en piel humana, para lo cual mataba gratis, al primero que se le cruzaba, solo por poesía...

Frantz Ferentz, 2017

Monday, March 13, 2017

ARSENIO Y LA LUNA

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Aquella noche, Arsenio se echó en la arena y se quedó mirando fijamente a la luna. Después le dijo:
– Quiero conocer al amor de mi vida. Concédeme ese deseo.
Todo seguía igual. Arsenio volvió a dirigirse a la luna:
– Envíame una señal de que me concederás ese deseo.
Pasaron unos segundos. Después, una estrella fugaz atravesó el firmamento. Arsenio se quedó lleno de dudas y dijo a la luna:
– Y ahora, envíame una señal de que lo anterior era una señal…


Frantz Ferentz, 2017

Tuesday, March 07, 2017

VENDETA DE LABIOS

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Carlota y yo nos miramos frente a frente. Estábamos en el baño, donde, por casualidad habíamos acudido ambas por sendas necesidades fisiológicas. Desde el viernes (estábamos a lunes), yo había estado rumiando el correo que ella me había mandado en que me echaba en cara no haber acabado con dos presupuestos. Había sido uno de los peores fines de semana del año. Y ella lo sabía, la zorra inmunda. Entonces miré al váter. Ella supo interpretar mi mirada.
— No lo hagas, no sé nadar —me dijo, pues había adivinado que yo quería meterle la cabeza en el váter.
Lo cierto es que me desarmó. Pero yo tenía que vengarme, necesitaba vengarme, ansiaba vengarme. 
— Venga, dame un abrazo y todo olvidado —le dije.
Ella accedió. Por eso, cuando salió del baño, no entendía por qué se había convertido en el hazmerreír de toda la oficina. Lo cierto es que Carlota nunca comprendió cómo había salido del baño llevando escrito en la frente con lápiz de labios "soy una huevona descerebrada" sin haberse dado cuenta. Mejor así, yo siempre he negado tener nada que ver con ese episodio vindicativo.

© Frantz Ferentz, 2017

Sunday, February 26, 2017

LA REUNIÓN

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A Lorena Zeggane
Cuando Alexandra acudió a la entrevista de trabajo, quiso saber de entrada si aquel era un empleo en que tendría que acudir a innúmeras reuniones. Estaba harta de participar en reuniones y reuniones, varias por semana, que no servían para nada, salvo para robarle tiempo.
— No señorita, aquí solo hacemos una reunión —le dijo el jefe de personal.
Alexandra firmó el contrato y fue invitada a participar inmediatamente en esa única reunión.
Cuando Alexandra murió, treinta y siete años después, la reunión aún no había acabado. Durante la misma, aún había visto morir a setenta y cuatro compañeros. Lo triste fue que no tuvo ni tiempo de despedirse de nadie antes de fallecer, sobre todo de un nieto que había tenido una semana antes, según había sabido por un mensaje de su hija.

Frantz Ferentz, 2017

Friday, February 24, 2017

LA PESADILLA

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Aquella noche, Ana tuvo el más extraño sueño que recordaba de los últimos años. Estaba sentada a la cena con su madre, quien le sirvió una especie de patata de un tamaño descomunal. Ana sabía que tenía que comérsela, pero no le cabía en la boca. Su madre la ayudó empujando. A Ana le vinieron ganas de vomitar, pero no podía. Finalmente, tras una angustia inconmensurable y gracias a los empujones de su madre, aquel extraño alimento se lo tragó.
Despertó sobresaltada, sudando. Todo había sido una pesadilla. Se levantó, se puso las zapatillas y fue a la cocina. Su madre la esperaba con el desayuno encima de la mesa. Ana se sentó sin más, mientras su madre aún freía algo.
— Mamá, ¿qué me has puesto para desayunar? —inquirió al ver aquella especie de enorme patata que flotaba en el plato con un extraño caldo y que, curiosamente, era igual que la que había tenido que tragarse en sueños.
Su madre, sin rostro, se giró hacia ella y le dijo:
— Eso se llama orgullo. Así que cómetelo ya antes de que se enfríe...

Frantz Ferentz, 2017

Thursday, February 23, 2017

EL APRENDIZ DE SPIDERMAN

Resultado de imagen para caja juegos spidermanBernhard había arrastrado aquel maldito juguete de Spiderman, una caja de juegos, con un álbum de cromos incluido más una careta del superhéroe por medio planeta, desde su Wolfsburg natal hasta Bogotá. El regalo, además de salirle bastante caro, se le comió una tercera parte del equipaje y le impidió llevarse su chaqueta de cuero preferida. 
El regalo de Spiderman era para el hijo de aquella mujer con que se había estado mensajeando durante casi un año por internet, alguien a quien ansiaba conocer. Se había encaprichado de ella y había cedido a sus peticiones de un regalo traído de Europa. Sin embargo, aquel no era el Spiderman-Potato que el niño quería. Simplemente, no lo había. Pero aquel era el juguete más educativo de Spiderman, de hecho era el único juguete educativo de Spiderman.

***

El encuentro con la mujer no fue todo lo afectuoso que él se esperaba. Se había traído al niño a recogerlo al aeropuerto.
— Es que yo sin mi Michael Jackon no voy a ningún lado —le explicó ella.
Michael Jackson resultó ser un salvaje que enervó a Bernhard en cuestión de minutos. Arrebataba el celular a su madre, la obligaba a llevarlo en brazos con cinco años, se sentaba entre los dos asientos del carro, gritaba como si Belcebú lo poseyera, comía con los pies en la mesa, se tiraba por el suelo y hacía el ángel, pero sin nieve, además boca abajo...
Bernhard intentó imaginarse la vida con aquella mujer al lado de tamaña criatura mal criada. Por un instante pensó que no había sido buena idea precipitarse en volar a Colombia para conocerla.
— Dale ya el regalo —dijo ella entre susurros en el parqueadero de un centro comercial del centro de la ciudad.
Bernhard accedió. Sacó el regalo de su mochila. Michael Jackson lo cogió con avidez.
— ¿Cómo se dice? —inquirió la mamá.
— Gracias...
En cuanto el niño hubo desenvuelto el regalo, sin llegar a abrirlo, dijo:
— No me gusta, no lo quiero. Esto no es lo que yo pedí.
Ahí ya Bernhard abandonó los buenos modales y se quedó mirando al niño todo serio, Una voz con marcado acento alemán, muy enojada, le dijo al niño que era un malcriado, un consentido, un pequeño tirano y que no se merecía ni ese ni ningún regalo.
La mamá se asustó ante aquel tono de voz que había dejado a su hijo quieto y en silencio:
— No te consiento que abronques a mi hijo, aunque tengas razón en lo que dices —se explayó ella.
Bernhard se volvió hacia la mujer y le dijo:
— No he sido yo, ha sido el propio juguete. Es un juguete educativo de Spiderman, por eso está realizando su papel, educa a tu hijo, así que le regaña...
Dicho lo cual, Bernhard salió del auto, besó a la mujer en la mejilla, llamó a un taxi y pidió al conductor que lo llevase de vuelta al aeropuerto.

Frantz Ferentz, 2016

Tuesday, February 21, 2017

EL TAXISTA

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Cada vez que el taxista pasaba por delante de una iglesia, se santiguaba. El centro de Quito estaba lleno de ellas, por tanto, no sé la cantidad de veces que el buen hombre se santiguó durante el trayecto a la calle La Gasca desde la plaza Grande. Todo ello me hizo pensar en esa herencia española que unos tanto ponderan y otros tanto critican, pero que es evidente en lo religioso y que también funciona a la hora de dirigir la vida de tanta gente.
Cuando llegamos al destino, el taxímetro marcaba algo más de dos dólares, pero el taxista me dijo:
— Son tres dólares con veinte, señor.
No había motivo que justificase aquel aumento. Me pareció un robo, por eso le dije:
— ¿Eso también es herencia española?
El taxista no entendió, lógicamente. Le di lo que me pedía y salí del taxi sintiendo la mirada del taxista taladrándome la nuca, mientras oía sus pensamientos gritarme "español de mierda", aunque él era, sin saberlo, mucho más español que yo.

Frantz Ferentz, 2017

EL MALTRATADOR

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Estaba atravesando Brandýsek como atajo a la autopista a Dresde. El día era cálido, agosto se manifestaba en su esplendor. Había conducido por aquella travesía urbana ya tres veces aquella semana, pero solo entonces vi a aquel tipo tirando del pelo de la mujer, obligándola a seguirlo. Además, le gritaba, mientras ella lloraba de dolor, de rabia, de desesperación o de todo a la vez. No pude evitarlo, me lancé hacia él con el auto. El golpe que propiné al hombre fue brutal, con el choque cayó hacia atrás, por un puentecillo donde, tal vez, aún corriera agua. Salí del auto y me acerqué a la mujer. Le pregunté:
— ¿Está bien?
Ella estaba en choque, pero no sé si por lo que estaba viviendo, si por cómo arrollé a su maltratador o por todo junto. Cuando, al cabo de unos segundos, pudo reaccionar, me dijo:
— Le has hecho daño, animal —me espetó—. Él me ama. ¿Qué voy a hacer yo ahora sin él?
Era lo que me faltaba. Me di la vuelta y volví a dirigirme al auto, no sin antes aún decirle:
— No te preocupes, a los hijos de puta los fabrican en serie. Verás como enseguida encuentras otro igual o mejor que este.

Frantz Ferentz, 2017

Monday, February 13, 2017

LA CALLE 12


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El probo ciudadano descendía en su bicicleta por la calle 12 de Bogotá en dirección a la plaza de Bolívar, cuando, de repente, vio aquellas dos jóvenes abrazadas, caminando embelesadas por la acera en la contemplación mutua. El probo ciudadano, hombre de bien y de sanas costumbres morales, no dejó de mirarlas mientras les recriminaba aquellas muestras de amor contra natura, gritándoles que parasen, soltando para ello una de sus manos del manillar de la bicicleta a fin de poder gesticular. Las jóvenes sonreían divertidas. Y también la calle, La calle 12 sonreía a su manera, por eso la tapa de alcantarillado no estaba puesta y se tragó la bicicleta. Y el probo ciudadano ciclista le gritó ya sin dos dientes a la calle que se equivocaba, que no era él quien merecía ser castigado, pero es que a la calle 12 aquello le hacía tanta gracia...

© Frantz Ferentz, 2017

Tuesday, January 31, 2017

POESÍA Y CIENCIA


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Cuando a Alžběta Skočdopolová, eminente hispanista checa, le pidieron que investigara cuál era el verdadero problema de la poesía española de inicios del siglo XXI, le bastó con visitar los primeros grupos poéticos de las redes sociales para comprender cuál era dicho problema. El primer grupo de poetas tenía más de 370.000 miembros. El primer grupo de lectores de poesía tenía 567 miembros. Fue consciente, no obstante, de que era mejor no contárselo a nadie, no fuera que la tachasen de carecer de rigor científico y fingir que seguía investigando el asunto. Al fin y al cabo, le habían concedido una beca para eso.

© Frantz Ferentz, 2017

Monday, January 30, 2017

TRES ERAN TRES LAS AMIGAS


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Fue una de tantas sugerencias de amistad que surgen en las redes sociales, aparentemente al azar, pero quién sabe qué las motiva. Ella se llamaba María Celia Rosa. En la foto de perfil salía con dos amigas. Eran tres divertidas cabezas sonriendo. 
Gonzalo se sintió atraído por la chica del medio. Algo en su interior le decía que podría tener buen sexo con ella. Era imposible averiguar quién de las tres era la dueña del perfil. No es que hubiera muchas fotos personales, pero en todas salía ella con sus dos amigas. Incluso una de ellas podría ser su hermana, pues se le parecía mucho.
Decidió pedirle amistad. Le gustaba mucho la chica del medio. Enseguida le texteó. Ella reaccionó rápido, se mostraba abierta. A Gonzalo le divertía aquella especie de lotería, pues de las tres chicas, dos eran más que decentes y la tercera era francamente fea. Lo importante para él era tener sexo pronto, quizá, quién sabe, hasta podría montarse un cuarteto. Por tanto, iba a arriesgarse, tenía un 66,66% de posibilidades de acabar con una de las guapas. 
Finalmente quedó con ella en un café del centro. Gonzalo llegó antes de la hora prevista. Buscó una mesa agradable. A las 4 en punto, la puerta giratoria del café se puso en movimiento. En ese momento, Gonzalo vio entrar las tres cabezas... en un solo cuerpo. Ella, o ellas, enseguida divisaron a Gonzalo. Se dirigieron hacia él. Gonzalo no podía esconderse. Además, todas las miradas del café estaban dirigidas hacia aquella criatura extraña.
— Hola, tú eres Gonzalo, ¿verdad? Nosotras somos María, Celia y Rosa —dijo la cabeza de enmedio—, hermanas triamesas. Encantadas de conocerte...

© Frantz Ferentz, 2017

Wednesday, December 28, 2016

EL CONCEJAL Y SU KARMA


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El concejal se disponía a abandonar su despacho en el ayuntamiento, cuando, ya en el pasillo, tropezó con una anciana gitana mal vestida. Ella llegó a caerse, pero él tan solo la miró con desprecio. Sin embargo, la mirada de la anciana desde el suelo se clavó en la retina del concejal, quien no pudo evitar recibirla. Además, la mujer le dijo:
— Tras una esquina, te las verás con la peor especie de karma...
El concejal, hombre hecho a sí mismo, curtido en lides políticas, ambicioso, sin cortapisas morales, amante del dinero, no habría hecho caso a aquellas palabras, pero con la compañía de aquella mirada no pudo evitar sentir un escalofrío. Salió a la calle. Intentó que el aire fresco lo aliviase, pero no. Estaba temblando. ¿Temblando él? Siguió caminando. Iba a girar a la izquierda. Pero alto, aquella era una esquina. Aquella vieja le había metido el miedo en el cuerpo. ¿Acaso no podría aquella maldita gitana haberle echado un mal de ojo, como le habían ya echado tantas veces, sin resultado alguno? Pero no, la gitana le auguraba mal karma.
Por eso siguió siempre por la calle adelante, sin tomar ninguna esquina. No se atrevía. Si seguía así, acabaría saliendo de la ciudad, o topándose con un muro infranqueable. Tenía que romper con su miedo. El karma era una pantomima. En cuanto llegó a la primera esquina, giró.
Y no pasó nada.
El concejal sonrió. Suspiró y se apoyó en la pared. Se encendió un cigarro y se aflojó el nudo de la corbata. Su barrigón comenzó a soltar gritos que sonaban como "hurra, hurra". Prosiguió andando, ensimismado en sus pensamientos, medio satisfecho pero también medio enfadado consigo mismo. Por eso, precisamente, no vio a la hermosísima mujer que surgió de repente tras una esquina. Se golpeó con ella. Ambos cayeron al suelo, rodaron. Él notó el olor a jazmín que emanaba de ella. Un perfume caro, sin duda. Quiso ser caballeroso. La ayudó a levantarse. Le pidió disculpas, lo hacía con la misma gracia que pedía el voto) y le preguntó:
— ¿Está bien, señorita? 
— Sí, sí, gracias —dijo ella con un marcadísimo acento catalán.
— Espero que nos volvamos a ver —dijo el concejal todo galante, mientras se alejaba de la mujer, sin darse cuenta de que, en la caída, la mujer le había robado con total limpieza la cartera, las llaves, el móvil, la tableta y los cuarenta mil euros en efectivo que llevaba en el bolsillo de la americana, aunque, a cambio, le había dejado un sugerente tanga en el bolsillo de la americana que la esposa del concejal no tardaría en descubrir, con una nota que decía: «Saludos de la Carme, justiciera del universo».
Y entonces, solo entonces, el concejal se daría cuenta quién era realmente aquella Carme, cuyo nombre, como todo el mundo sabe, se pronuncia "karma" en catalán. 

© Frantz Ferentz, 2016

Monday, December 26, 2016

DE PECADORES Y OTRAS BESTIAS


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Basado en palabras reales (cómo no)

El señor arzobispo se atusó la vestimenta. Quería salir radiante en la fotografía. Sus ropajes burdeos brillaban intrépidos. Puso su mejor sonrisa, aquella que en su juventud había cautivado tantas mujeres, pero que luego reservó en exclusiva para su dios.
— Es así —empezó a decir el monseñor en su declaración institucional, controlando los lógicos nervios de ser grabado por tantas cámaras y micrófonos—. Los creyentes de mi diócesis que se hayan divorciado y contraído matrimonio una vez más por el registro civil son bienvenidos a aceptar la sagrada comunión, siempre y cuando se abstengan de tener sexo y vivan su relación como si fueran hermanos. El señor dice que las parejas que se casaron te nuevo, así como los homosexuales, ya no deberían tener sexo porque eso podría hacer llorar al niño dios.
Tras aquellas palabras, su sonrisa brillaba más, su sotana burdeos brillaba más y hasta la gota de sudor que le caía por la sien derecha brillaba. Estaba orgulloso de su discurso. 
Por suerte, el señor arzobispo tuvo además los reflejos suficientes para notar que su cerebro volvía a salírsele por la oreja izquierda. Hubiera quedado muy mal que tal imagen la captase una cámara, pero su dedo meñique llegó a tiempo de taponarse el oído para así evitar que un trocito de su propia masa encefálica le manchase su impoluta sotana burdeos.

Frantz Ferentz, 2016

Thursday, July 07, 2016

MI PATRIA, MI COLMENA

Al orador se le quebraba la voz al hablar con tanta pasión de la patria. Sí, la patria, aquel pedazo de tierra que era más que tierra, era tierra sagrada, la tierra donde había nacido él y todas las generaciones que lo habían precedido, aquel polvo con rocas y vegetación que compartía con aquel enjambre de patriotas que seguían su discurso sin pestañear, que se emocionaban con él, que hacían coro a sus suspiros y gritos. La patria, sí, la patria, la mejor patria del mundo tocada por la mano de Dios.
No, no iban a permitir que un puñado de refugiados mancillaran aquella sacrosanta patria, que una manada de desharrapados atravesara sus fronteras y respirasen el mismo aire que ellos, los patriotas, respiraban. El orador no odiaba al diferente, simplemente no lo quería en su patria. No hablaba de matarlos, solo decía que debían quedarse fuera, donde los matarían, ah, mala suerte, que hubiesen sabido elegir a sus gobernantes. Problema suyo si sus niños solo podían comerse los mocos, pero la patria era la patria. Y los patriotas expulsaron a los refugiados, porque no eran parte de su patria ni estaban tocados por la mano de Dios, ni siquiera hablaban su lengua, ah, su lengua…
El apicultor se sintió un dios, se quitó los lentes de protección y sonrió satisfecho mientras observaba con placer cómo sus propias abejas expulsaban sin miramientos a aquellas abejas errantes que llegaban de fuera a la colmena de sus abejas. Por suerte, no miró al cielo, ni se preguntó si no habría allí arriba un hominicultor que lo observaba sonriente a él y a toda su especie de compatriotas.

© Frantz Ferentz, 2016

Monday, June 13, 2016

EL ALMA DE KEVIN


A Karen y su celular

Me encontré a Carla taciturna ante un café ya frío, extrañamente vestida de colores oscuros y con ojeras que quedaron a la vista en cuanto se quitó las gafas de sol.
— Kevin ha muerto —me dijo entre susurros.
Yo no sabía quién era Kevin. Pero sin duda era alguien importante para ella.
— Se ha suicidado...
Ahí el corazón me dio un vuelco. 
— O al menos eso creo —añadió a continuación.
En ese momento pensé que Kevin quizá no era una persona, sino una mascota, pero también a los animales de compañía se los quiere como a personas.
— ¿Quieres contarme cómo fue? —le pregunté con la voz más cálida que fui capaz de producir.
Ella se enjugó una lágrima y me dijo:
— Verás, creo que se hartó de mí. Ya no me soportaba...
Yo le acaricié la cabeza. Su pelo olía a camomila.
— Por eso, en un descuido mío, saltó desde mi mano. Quizá no era consciente de a dónde saltaba, pero cayó y se ahogó.
— ¿Dónde se ahogó?
— En el váter... Es que estos celulares modernos son tan inteligentes que ya hasta se hartan de sus dueños y toman sus propias decisiones, pero aún los fabricantes no los ha programado para entender que los móviles pueden morir... 

* * *

Una semana después me enteré de que Kevin había vuelto con su dueña. Un cartero y una nota de envío contrarreembolso devolvían a Kevin a las manos de mi amiga. Lo que ella ignoraba era que su celular era sumergible y que, en cuanto se perdía, aparecía un mensaje en la pantalla con la dirección de ella y un mensaje que decía: «Si me devuelves a mi dueña, ella te recompensará con 200$, gastos de envío aparte».

Frantz Ferentz, 2016

Saturday, June 04, 2016

CUESTIÓN DE NEURONAS

Resultado de imagen de neurona

Pasó un coche a nuestro lado dando bocinazos y con el copiloto sacando medio cuerpo por la ventanilla haciendo gestos obscenos a los viandantes.
— Hay gente que, efectivamente tiene una sola neurona y la pobre se deprime y se estresa… —comenté a mi amiga Paloma.
— Un amigo mío psiquiatra afirma que nadie tiene una sola neurona, que al menos todo el mundo tiene dos como mínimo —me dijo ella.
Me quedé pensativo. Sí, aquello tenía sentido. La gente como aquellos del coche tenían solo dos neuronas, pero dos neuronas enfrentadas, dos neuronas que se odiaban, dos neuronas que la mayoría del tiempo se ignoraban. Sí, eso explica por qué hay tanta estupidez en el mundo, por dos neuronas… no era culpa de la gente, era culpa de sus dos neuronas. Eso me quitó un peso de encima. Eso y que cincuenta metro más adelante, el copiloto se llevó una señal de ceda el paso los dientes y ya no podría seguir insultando. ¡Jodeos, neuronas!
Frantz Ferentz, 2016