La cría vino cabizbaja, abrió la puerta del coche y saludó con un hola que auguraba marejada. Sin embargo él le acarició la mejilla y le dijo en un tono jovial:
— Este finde hay pasta para comer, ¿quieres?
La hija levantó la mirada y sonrió.
Él solo pensó en que si tenía a la hija cuatro días de cada veintiocho, porque la madre así lo había querido con la aquesciencia del juez, pues que se jodiera ella haciendo de ogro y que lo dejase a él vivir con su hija como le diera la gana.
El padre arrancó el motor del coche y rescató a su hija, convertido en un efímero príncipe de fin de semana.
© Frantz Ferentz, 2011



