Sunday, October 31, 2010

LLAMADA SALADA

El paisano llegó tranquilamente paseando desde la Plaza del Ayuntamiento hasta quedarse a unos metros de la escalera dos del Muro de San Lorenzo. El mar estaba espléndido. En aquel mes de octubre, el solecillo convidaba a bajar hasta la arena y mojarse los pies. No hacía frío, el otoño llegaba lento.

El paisano bajó a la playa e inmediatamente empezó a sentir la llamada del mar. Era claro, el mar lo llamaba, lo llamaba por su nombre, silabeándolo. El paisano no opuso resistencia, primero se mojó los pies, después las pantorrillas, después el vientre y así el resto, hasta que nada más un trozo de la cabeza quedó a la vista. Fue entonces cuando la gente se dio cuenta de que aquel paisano estaba caminando hacia el interior del agua, quizá ahogándose, quizá suicidándose.

Mientras tanto, el paisano, con los ojos cerrados, seguía entrando en el agua, en diálogo con el agua, que le contaba secretos. Otras voces se unían a aquel encuentro, creando una fiesta de sensaciones en el corazón del paisano.

Pero, de repente, una fuerza brutal tiró de él hacia lo alto. En décimas de segundo estuvo fuera y alguien insistía en hacerlo respirar. Y respiró.

 ¡Qué susto nos ha dado usted! dijo un hombre de bata blanca que lo miraba en el bote de salvamento. ¿Cómo está tan loco para suicidarse?

El paisano, con el aliento recuperado, dijo:

 No intentaba suicidarme, es que me llamaba el mar.

 Encima es un loco de verdad comentó el de la bata a los colegas.

 ¿Usted no es Ciprianín? -preguntó de golpe el supuesto suicida.

 Quién le dijo ese nombre?

 Su madre.

 Usted flipa. Mi madre está muerta.

 Ya. Además me dio un mensaje para usted: que vigile el estrés, que le quedan dos años de vida.

Silencio en la barca. Después de unos segundos, se oyó al mar comentar entre susurros de las olas batiendo en el casco:

 ¿Lo ves? Son una panda de incrédulos…

© Franz Ferentz

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