Wednesday, October 20, 2010

LA LENGUA MUDA


Wilhem siempre había oído decir que los zardos nunca se pondrían de acuerdo para alcanzar una lengua unificada. La propuesta de estándar que existía había sido contestada por casi todo el mundo porque cada cual quería que su propio dialecto se convirtiese en lengua estándar.

Él mismo había estudiado zardo con muchas ganas, aprendiendo todos los secretos de aquel antiquísimo idioma hasta llegar a fascinarlo. Lo había llegado a dominar, de modo que pocos meses después de haber emprendido su estudio, ya era capaz de hablarlo, aunque siempre con aquel marcadísimo acento suyo alemán.

Wilhem trabajaba para una agencia universitaria alemana que se ocupaba de la promoción de las lenguas minoritarias. Por eso había recibido con más que placer el encargo de promover el zardo estándar y convencer a los zardos de las bondades de aquella lengua extraña. Él era un filántropo y hacía todo aquello por amor a la gente y a sus tradiciones, lo mismo que la agencia para la que trabajaba.

Recorrió Zardiña de norte a sur, de este a oeste, pero los resultados eran siempre los mismos: nada. La gente no se convencía de que su dialecto no fuese mejor o superior que los dialectos vecinos. Pero no era solo eso, en ocasiones expulsaban a Wilhem de la aldea acompañado de una lluvia de tomates y perseguido por toda clase de gritos. Por eso, el pobrecillo Wilhem acabó perdiendo la fe en aquella gente y se retiró al campo.

Se acordó de San Francisco de Asis. Cuando el santo no tuvo ningún éxito con las personas, se dedicó a predicar entre los pájaros.

Por allí pájaros había pocos, pero ovejas sí. Por eso, en un prado vacío de personas pero ocupado por la ovejas, comenzó a hablar de las bondades del estándar zardo:

— Es algo intrínsicamente bueno, hermanas ovejas —les decía con su marcadísimo acento germánico—. Vosotras, hijas de esta tierra, comprenderéis que esta lengua estándar, la lengua de ningún sitio pero al mismo tiempo de todos, será la lengua de futuro de Zardiña...

De repente una oveja, la más vieja del rebaño, dejó de comer hierba, levantó la cabeza, miró a aquel alemán desharrapado y le dijo en el dialecto humano zardo de la comarca:

— Ah, dotó, en ese dialeto suyo no lo 'omprendemos. Si 'iere 'e l'entendamos, tien 'e hablar en el dialeto nuestro... graxias.

Y siguió paciendo tan tranquila.



© Franz Ferentz

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