Sunday, December 25, 2011

EL PRÍNCIPE DE FIN DE SEMANA

Recogió a su hija de 14 años en la puerta de la casa de la madre como solía hacer uno de cada dos fines de semana. La madre, previamente, ya le había dado órdenes de echarle la bronca porque las notas de la hija habían sido un desastre aquella evaluación: seis suspensos. Le recordaba que su obligación como padre era abroncar a la hija y meterla en vereda. 
La cría vino cabizbaja, abrió la puerta del coche y saludó con un hola que auguraba marejada. Sin embargo él le acarició la mejilla y le dijo en un tono jovial: 
— Este finde hay pasta para comer, ¿quieres? 
La hija levantó la mirada y sonrió. 
Él solo pensó en que si tenía a la hija cuatro días de cada veintiocho, porque la madre así lo había querido con la aquesciencia del juez, pues que se jodiera ella haciendo de ogro y que lo dejase a él vivir con su hija como le diera la gana. 
El padre arrancó el motor del coche y rescató a su hija, convertido en un efímero príncipe de fin de semana.



© Frantz Ferentz, 2011

Thursday, December 22, 2011

LEX DURA, SED LEX ABSURDA


— Señora, ponga las manos en la nuca y tírese al suelo boca abajo. 
La mujer, de 66 años, obedeció la orden. Se retiró un poco del contenedor de basura, posó la bolsa de plástico que llevaba en el suelo, puso las manos en la nuca y se tiró en el suelo boca abajo. Inmediatamente un agente la esposó, le leyó sus derechos y le explicó por qué estaba siendo detenida:
— Ha violado usted la ordenanza 11/24507634A del ayuntamiento de Madrid que prohíbe buscar comida en la basura. Tendrá que pagar una multa de 600 euros…
— ¿600 euros? — a la mujer le entró la risa al oír aquello pero también al comprobar que cuatro agentes armados la apuntaban con sus armas reglamentarias—. ¿Y si no pago?
— Irá a la cárcel… —explicó fríamente el agente que la detenía.
— Cojonudo, como no tengo más de dos euros encima, creo que voy a comer gratis una temporada… —explicó la mujer sonriendo.
— No se crea —el agente tomaba una pose de ser alguien más que un portador de pistola—. La nueva ley estatal prevé que los reos acaben pagando por usar la prisión…
Pero ella no perdía la sonrisa, que era lo único que le quedaba:
— Está bien, pues entonces que me embarguen las bragas…



© Frantz Ferentz, 2011


Monday, December 19, 2011

EL COLECCIONISTA

Mladen Mikac se había pasado toda su vida coleccionando piezas mecánicas. De hecho, su jardín se había convertido en un inmenso desguace, aunque ella no permitía ni un solo tornillo dentro de casa. Por eso, cada vez que él metía alguna de sus extrañas adquisiciones en casa, ella lo tiraba a la basura sin contemplaciones. Mladen Mikac llevaba más de cuarenta años almacenando —coleccionando, según él— piezas de todo tipo procedente de las máquinas más diversas. Por eso, había sido capaz de construir una especie de robot de dos metros con una fuerza descomunal. 
— Y ahora, ¿qué? —preguntó su mujer Blanka Mikac cuando aquella mole de aspecto feroz, casi asesino, estuvo acabada—. ¿La usarás para vigilar la casa y evitar que nos asalten en este pueblo de ladrones? 
Sin embargo, Mladen Mikac no respondió. Simplemente puso en marcha el robot con un mando a distancia e invitó a su mujer a sentarse en la mesa del jardín. Diez minutos más tarde volvió el robot con dos platos donde había un par de huevos fritos en cada uno, que sirvió todo diligente. 
— Vaya, qué sorpresa, has construido un robot cocinero… —dijo ella. 
— Quería darte una sorpresa —respondió él sonriendo. 
— Ya. Se nota que es obra tuya. Podrías por lo menos haberle enseñado a cocinar, porque es tan negado en la cocina como tú, que solo sabes hacer huevos fritos y freír panceta…


© Frantz Ferentz, 2011


Sunday, December 18, 2011

CARICIAS

Él sintió cómo ella le pasaba la mano por la espalda. Enseguida notó cómo lo acariciaba. Era una sensación inmensamente placentera, casi imposible de describir. Pese a todo, no dejó de escribir el SMS que tenía entre manos. Pero, justo antes de enviarlo, él le dijo a ella: 
— Que placer me causa el que me acaricies… 
— ¿Que te acaricie? —respondió ella preocupada retirando la mano de detrás de él tras haber recogido un vaso sucio—. Si yo no te he acariciado… 
Él acabó entonces de enviar el SMS. Inmediatamente la sensación de placer desapareció, hasta que le llegó, tres segundos después, la confirmación de recepción del SMS. Luego sí, luego volvió la sensación efímera de caricia.


© Frantz Ferentz, 2011

Wednesday, December 14, 2011

A OSCURAS

Higinio abrió la puerta de casa con cuidado. No quería despertar a su mujer. Por eso, ni siquiera encendió la luz del pasillo y a oscuras accedió hasta el salón. Y de repente, ¡paf! Se dio de bruces contra algo muy duro, tanto que probablemente le partió la nariz. Higinio notaba cómo la sangre le manaba por la nariz. Entonces ya no soportó el dolor y llamó a gritos a su mujer desde el suelo: 
— ¡Yolanda, ven, corre! 
Yolanda se despertó asustada por los gritos del marido. Acudió al salón y encendió la luz. Fue entonces cuando Higinio comprobó que se había dado de morros contra una estatua de sí mismo allí plantada en medio del salón. 
Higinio, más chocado que dolorido, apuntó hacia la estatua y le preguntó a su mujer: 
— ¿Y eso de ahí? 
Ella, con lágrimas en los ojos le dijo: 
— Es que eres tan buen marido, que te mereces una estatua… y en fin, quería darte una sorpresa… 


© Frantz Ferentz, 2011

Monday, December 12, 2011

INYECTÁNDOSE

Carla notó que le llegaba el síndrome de abstinencia. Le faltaba su droga. Sí, su droga… Tendría que inyectarse inmediatamente. ¿Dónde rayos estaba su droga? Rebuscó por el salón como una posesa. Finalmente encontró lo que buscaba. 
Cogió su teléfono móvil, extendió la antena y se la clavó en la vena del brazo. Enseguida sintió un gran alivio al empezar a sentir que los SMS, las conversaciones y los mensajes del buzón de voz corrían por su torrente sanguíneo…


© Frantz Ferentz, 2011


POESÍA HASTA LAS ÚLTIMAS CONSECUENCIAS

— Yo soy un poeta, solo vivo de la poesía —dijo Koldo. 
Josu pensó que su amigo finalmente había perdido la cordura. Su afán por la poesía lo estaba llevando demasiado lejos, ya decía incongruencias que causarían las delicias de un psiquiatra. 
— ¿Comemos? —dijo Koldo a su amigo e invitado ante la mesa. 
— Claro. ¿Qué hay para comer? 
Koldo puso dos bocadillos aparentemente sin relleno encima de la mesa y señaló a ambos diciendo: 
— Puedes elegir entre bocadillo de cuartetas o bocadillo de endecasílabos… lo que más te guste, a mí me da igual, yo como de todo.


© Frantz Ferentz, 2011

EN MITAD DE LA NIEBLA

Ella salió con el perro a pasear, como todas las tardes. El animalito tenía que hacer pipí, quisiera o no. Pero aquel día la niebla en la calle casi se cortaba con cuchillo. Se dejó guiar por el perro, él tiraba, tiraba, tiraba de ella. Ella se sentía perdida, como ciega. La cuerda se mantuvo tensa, el animal no aflojaba. Tras tres horas caminando, llegó a preocuparse. ¿Dónde la llevaba el perro? Estaba perdida, la niebla no levantaba y ella no sabía dónde estaba, aunque no había dejado de oír música, una extraña música. ¿Habría viajado en el tiempo y en el espacio? Había oído historias sobre eso. 
Finalmente, tras seis horas y media, la niebla acabó levantando. Y allí estaba, con la correa del perro atada a la baranda de un carrusel decadente y oxidado que giraba y giraba con ella detrás, en mitad de la nada, después de la media noche, mientras el perro, sin atar, la contemplaba moviendo el rabo, entre divertido y satisfecho por haber llevado a cabo su venganza…

© Frantz Ferentz, 2011


Sunday, December 11, 2011

EL TATUAJE


— Nadie le hará un tatuaje tan único como este —le anunció el tatuador al cliente, un tipo recio de musculatura de gimnasio.
En relativamente poco tiempo, el tatuador le hizo una rama de olivo que parecía flotar en el brazo, desde el bíceps hasta la muñeca.
— Y ya verá qué milagro se produce cuando llegue el otoño… —dijo en plan misterioso el tatuador.
— ¿Qué? ¿Qué se caerán las hojas? —preguntó entre incrédulo y fascinado el tipo de la musculatura impoluta.
— Los olivos no pierden la hoja —dijo el tatuador decepcionado ante aquel cretino; por eso, optó por no contarle que en otoño su tatuaje mostraría aceitunas.

© Frantz Ferentz, 2011


MENSAJE DE AMOR Y...

«Otra vez he pasado la noche soñando contigo. Otra vez he creído que sería posible amarte como un amanecer lento que nunca se extingue. Otra vez en mis sueños he olido tu piel, que tiene el aroma de gotas de otoño. Y por eso, te amo más aún.» 
Durante aquel día, setenta y siete mil cuatrocientas catorce mujeres leyeron aquel quincuagésimo tercer mensaje electrónico enviado por un supuesto amante anónimo, lanzando un lentísimo suspiro, acompañado en todas ellas de un ataque de romanticismo indescriptible y, sospechosamente, también de unos deseos irrefrenables de volver a comprar un cierto perfume que, casualmente, se llamaba Gotas de otoño.


© Frantz Ferentz, 2011




SOLO HABLAR

— ¿Podemos hablar usted y yo? 
— Pero… oiga, usted no puede hablar… 
— Ya ve que sí puedo… 
— Pero si es usted un maniquí… 
— Ah, no sabía si era usted racista, clasista o xenófobo, pero de todos modos está usted lleno de prejuicios, oiga…


© Frantz Ferentz, 2011



EL ZOMBI DEL ARMARIO

— ¡Mamá, hay un zombi en el armario! 
La madre dejó lo que estaba haciendo. Echó a la hija del pasillo donde estaba el armario. Luego lo abrió y confirmó sus sospechas. Descolgó el cuerpo que se sostenía erecto porque estaba colgado de una percha, tiró de él aguantando el pestazo a alcohol y lo arrastró hasta la cama del dormitorio matrimonial. Lo desnudó, lo empujó a la ducha, lo lavó con esmero, lo perfumó, le puso un pijama limpio, lo volvió a empujar hasta el armario del pasillo y, con un esfuerzo sobrehumano, lo colgó de nuevo de la percha. Luego llamó a su hija. 
— Mamá, que me da miedo. 
La madre la empujó hasta que la cría vio que el zombi no era otro que su padre, que seguía durmiendo la mona como si tal cosa.

© Frantz Ferentz, 2011


JEHOVITAS

Dos piadosos jehovitas llaman al timbre de una lujosa mansión en una urbanización de lujo a las afueras de Madrid. Les abre un señor en bata. 
— Hola, buenos días, venimos a traerle la buena noticia de… 
— ¿Jehovitas? —los interrumpe. 
— Sí… 
— Ah, ya. Y me vienen a hablar de lo de la salvación, de esos 144.000 que se salvarán, ¿verdad? 
— Exacto. 
— Bueno, no quiero oírlo, gracias, estoy al tanto de la historia… 
— Pero señor, es que Jehová quiere que… 
—No insistan, resulta que yo soy el ingeniero jefe que construye las naves que evacuarán del planeta a esos 144.000 elegidos cuando el año que viene llegue aquí el meteorito, de modo que yo tengo plaza asegurada, en cambio, ustedes, quién sabe… Ah, y por aquí casi todos trabajan en ese proyecto, con que… en fin, ya me entienden. 
El hombre en bata les cierra la puerta. Una voz de mujer pregunta desde alguna parte en la casa: 
— ¿Quién era, cariño? 
— Nada, dos pringaos… 
Los dos jehovitas se alejan de la mansión cabizbajos. Por no saber, ya ni saben si pasa el bus por allí cerca.


© Frantz Ferentz, 2011



MEDIO EURO


Eladio, cuasi-mileurista de larga duración, comprobaba con envidia cómo el grupo de ricas colombianas cincuentonas vaciaban el carrito de productos dutifrí del avión de Iberia. Nunca había visto tantos billetes de doscientos y quinientos euros juntos en su vida. Él mismo no podía ni permitirse comprar unas patatas fritas aunque le devoraba el hambre, pero ellas gastaban sin contemplaciones. Le dio por pensar que tal vez eran esposas de narcotraficantes, que podría ser que necesitasen un gigoló ocasional —un momentito en el baño, algo rapidito—, pero enseguida rechazó la idea ante la posibilidad de la venganza de un narcotraficante celoso… Se jodería con su hambre.
Entonces descubrió aquel medio euro tirado en el suelo bajo el asiento delante del suyo. Sí, medio euro de mierda que se le había caído a una de ellas. Estiró el pie y lo atrajo hacia sí. Luego lo recogió con disimulo. Justo medio euro era lo que le faltaba para unas míseras patatas fritas, que costaban tres euros y él solo tenía dos y medio.
— Azafata, por favor, unas patatas fritas…
— ¿Y agua? —preguntó ella.
Él bajó la mirada.
— No déjelo, no quiero nada —dijo entonces Eladio.
Apretó la moneda cincuenta céntimos con ganas de tirársela a la cara a las colombianas, pero sabía que ni se agacharían a recogerla. En vez de eso, se mantuvo firme en su decisión de usar la moneda para alimentarse. Se la llevó a la boca y se la tragó.



© Frantz Ferentz, 2011

Friday, December 09, 2011

LA CAÍDA

Higinio García se cayó desde un undécimo piso y resultó ileso. Fue un auténtico milagro, no había duda de eso. Por desgracia, no había habido testigos de ello porque eran las 4 de la madrugada. Volvió a subir al undécimo piso con la intención de tirarse, esta vez, a posta. Iba a repetir la caída tres horas más tarde, pero entonces ya con testigos en la calle…


© Frantz Ferentz, 2011



Thursday, December 08, 2011

DE FANTASMAS


— Mamá, ¿los fantasmas van envueltos en sábanas?
— Sí.
— ¿Y atraviesan ventanas?
— Y paredes, si quieren.
— Ya, y entonces, cuando se caen al suelo, no sangran.
— Pues claro.
— Ni dicen palabrotas.
— No, hombre, no, qué cosas tienes.
— Entonces, el señor ese que ha salido disparado por la ventana del apartamento de al lado envuelto en una sábana justo cuando ha llegado el marido de la vecina, no es un fantasma, ¿verdad?
La madre miró por la ventana y observó al amante pillado in fraganti de-sangrándose en la acera.
— Ahora sí es un fantasma, cariño, ahora sí...


© Frantz Ferentz, 2011


CASI DESCUBIERTO


— Entonces, ¿tienes cuatro perfiles en Facebook con cuatro nombres diferentes y cuatro fechas de nacimiento diferentes? —preguntó ella tras hacer el increíble descubrimiento—. Tú eres un paranoico.
— Bueno... —trató de explicarse él, que estaba loco por aquella mujer, aunque felizmente no había descubierto que no eran cuatro, sino seis, los perfiles que poseía—, el misterio es que me encanta que me feliciten por mi cumpleaños, por eso tengo tantos perfiles, así cada pocos meses me felicitan...
Ella se contentó con la explicación, él era como un niño.
Él respiró aliviado. Su trola había colado. Ella no podía ni imaginarse que él tenía seis personalidades distintas y cada una tenía su perfil en FaceBook.


© Frantz Ferentz, 2011


EL HOMBRE QUE ABRAZABA A LOS ÁRBOLES


Juan García había descubierto que abrazar árboles lo calmaba. El árbol, tras ser abrazado, lo liberaba de sus miedos, angustias, frustraciones. Por suerte para él, los árboles del jardín de la isla en Aranjuez eran enormes, cientos de fuentes terapéuticas a su alcance.
Una o dos veces por semana, Juan García acudía a su cita con los árboles. Se pasaba horas abrazado a uno, hasta que se sentía aliviado. Después, se volvía a casa.
Mientras tanto, los servicios de jardinería del jardín de la isla seguían sin encontrar la causa de aquella enfermedad que causaba depresión en los árboles.


© Frantz Ferentz, 2011

EL MENDIGO


Jacob se detuvo ante el mendigo disfrazado de Spiderman. Tenía un aspecto deplorable, con el traje raído, aunque aún conservaba la máscara. Ante sí tenía un platillo donde había apenas dos dólares en monedas.
— Pero hombre —le dijo Jacob compadecido—, no se disfrace de Spiderman para mendigar, así le irá aún peor.
El mendigo se levantó ágilmente, dio un salto en el aire y corrió por la pared en vertical. Luego volvió a sentarse y respondió a Jacob
— No voy disfrazado, ¿no lo ve?


© Frantz Ferentz, 2011

EL TÚNEL DEL NEGRÓN

El túnel del Negrón. Más de 4 kilómetros que separan Asturias de León por carretera. Indalecio García aceleraba y aceleraba para pasar enseguida aquel maldito túnel que le causaba claustrofobia y algo más. A la mierda el límite de 120 km/h. Al acercarse al final, vio la luz. Pero aquella luz no era la luz del sol, era un brillo inmenso. ¿Habría tenido un accidente en el túnel y ni se había dado cuenta? ¿Estaría en el túnel que une esta vida con la otra? Sí, seguramente era eso. Pero, ¿y el coche? Quizás el coche era un ser vivo y también iba al más allá. La luz al final del túnel lo deslumbraba, lo cegaba, no dejó de acelerar. Finalmente penetró en la masa de luz incandescente. Después, un golpe seco. El coche quedó destrozado. Indalecio, entonces sí, comenzó a ascender, se desprendió de su cuerpo por un túnel. Había chocado contra un foco inmenso de la guardia civil para controlar la velocidad y las matrículas. Medio millón de euros a la basura. Eso sí, al menos Indalecio no encontró límites de velocidad en el túnel que lo llevaba a la otra vida.


© Frantz Ferentz, 2011


Wednesday, November 23, 2011

NOCHE EN EL PARQUE


La víspera de San Fermín, John Kowalsky, borracho como una cuba, cayó dormido en un parque de Pamplona, totalmente a oscuras. Reconoció un ser vivo a su lado, al que aún saludó antes de dormir, diciéndole: 
— Soy John Kowalsky, de Minnesota. Encantado de conocerte.
Y al lado de otro participante en la fiesta, por cierto bastante peludo, cayó dormido.
A la mañana siguiente, salió a correr delante de los toros. En medio de la estampida, se quedo atrapado entre las talanqueras y un enorme toro que, como girase la cabeza, se lo llevaría por delante. Pero, de repente, el toro le dijo:
— Hola, John Kowalsky de Minnesota, ¿tú también por aquí?

© Frantz Ferentz, 2011

CUESTIÓN DE DIETAS


— A mi ex le gustaba lo natural, era una forofa de la acupuntura y la homeopatía para la salud, pero también de la dieta freimicro para la comida.
— ¿La dieta freimicro? ¿Alguna nueva dieta revolucionaria de origen alemán?
— No, simplemente la dieta "cocina solo con freidora y microondas".


© Frantz Ferentz, 2011

MOTIVOS PERSONALES


Amílcar García empezó a sospechar que no vivía solo. Su ropa aparecía fuera del armario, le faltaba comida en la nevera o el ordenador amanecía encendido y conectado a páginas ajenas a sus intereses. 
Primero pensó que se trataba de un ocupa del piso. Puso trampas mortales por toda la vivienda pero fue inútil.
Después pensó que se podría tratar de un espíritu. Realizó rituales parapsicológicos, pero en aquella casa no había presencias espectrales.
A continuación, empezó a pensar que tal vez se tratarse de él mismo, que tuviese insomnio. Se puso pulseras electrónicas para controlarse, pero él no era sonámbulo.
Finalmente, colocó cámaras en casa. Así sí descubrió una imagen espectral que se paseaba por la casa justo cuando él no estaba. Analizándola con detalle, Aníbal García descubrió que se trataba de sí mismo, tenía su rostro y sus movimientos. Entonces lo entendió. Era su otra personalidad que había decidido hacer viajes astrales por su cuenta, harta de la primera personalidad que dominaba el cuerpo.

© Frantz Ferentz, 2011

ACCIÓN Y REACCIÓN


El gran gorila del control de seguridad —dos metros y tres centímetros— en el aeropuerto consideró que la banderita de Suecia que el niño llevaba era un peligro para la seguridad aérea. Se trataba de un palillo puntiagudo y un trozo de papel con los colores suecos que regalaban en el Ikea con las albóndigas suecas. El niño quería regalarle aquella bandera a su abuela, que las coleccionaba.
El gran gorila, seguro de sí mismo como nadie, no se esperaba la reacción del niño indignado. Primero, le dio una patada en la espinilla con todas sus fuerzas y, a continuación, le golpeó con la cabeza con todas sus fuerzas en los testículos, que posiblemente sonaron a algo parecido como "choof".
El agente cayó al suelo. Sus compañeros se quedaron paralizados. El niño recogió su banderita, cogió a su madre de la mano y, sin decir una palabra, tiró de ella hacia las escaleras mecánicas.

© Frantz Ferentz, 2011

RUTINAS

Después de tantos años, empezó a pensar que respirar era algo cansino, rutinario y aburrido. Murió enseguida de asfixia y hastío.

© Frantz Ferentz, 2011