Monday, February 28, 2011

LA FE REMUEVE LAS ENTRAÑAS

El presentador disfrazado de Lord Sith leía las cartas por televisión. Sin embargo se hacía llamar Maestro del Alba.
— Para que su suerte cambie, tan solo necesita meter una pata de conejo debajo de la cama tres noches seguidas, pero antes de dormir debe recitar: «que la suerte me acompañe, que la suerte me acompañe...» seiscientos sesenta y seis veces.
— ¿Y así me cambiará la suerte?— preguntó el iluso y sorprendido Mario después de haberse dejado siete euros por llamar a un número de tarificación especial.
— No tenga duda, mi amigo... —insistió el otro.
Mario no tenía motivos para dudar. En la carnicería de su barrio compró un conejo entero (no le vendían una pata sola). Luego cumplió a rajatabla lo que el gran vidente televisivo le había propuesto.
Y los resultados fueron los esperados: nada. Mario volvió a llamar al programa. Insistió. Insistió una semana. La factura del teléfono ya rondaría los doscientos euros, pero él no iba a dejarlo. Necesitaba que cambiase su suerte. Pero lo consiguió. El Maestro del Alba volvió a atenderlo en directo. Mario le contó su frustración, el sistema no había funcionado, la pata de conejo con su fórmula no había dado ningún resultado.
— Tendrá que alargar el tiempo de repetir la fórmula y además probar con la pata delantera derecha de algún animal mayor, mi amigo. Pero le aseguro que el sistema funciona. La pena es que si no es una animal huidizo, místico y astuto, no servirá... —le dijo el aprendiz de Lord Sith al cuitado espectador.
Pero Mario no se rindió. Acababa de darse cuenta de que sí sabía dónde conseguir aquella pata tan especial.
Por eso, cuando el Maestro del Alba se despertó al día siguiente en el hospital y vio que le faltaba la mano derecha, es decir, que alguien se la había amputado de un hachazo, se dio cuenta de que su mano reposaba ahora bajo la almohada de un espectador que repetía seiscientas sesenta y seis veces «que la suerte me acompañe, que la suerte me acompañe...» antes de dormirse.

© Frantz Ferentz

FANTASÍAS SEXUALES CON GUIÓN Y DIRECCIÓN DE...

Lalo arrastraba una educación rigurosamente tradicional. Quizá por eso su relación con las mujeres era complicada. De hecho, no sabía cómo relacionarse con ellas. Si a eso se une que trabajaba en un centro educativo gestionado por religiosas, se entenderá que Lalo era un meapilas. Pero Lalo, como hombre, tenía necesidades fisiológicas... fisiológicas sexuales. Aunque no tuviese voto de castidad, casi parecía que lo tenía. Sin embargo, una vez al mes, con todo el dolor de su corazón, se dedicaba a evacuar su depósito seminal (en caso contrario, este se vaciaba solo con sueños pecaminosos). El problema de Lalo era que él no podía llegar, trabajar, evacuar y listo. Necesitaba un ambiente. Por eso, se dedicaba a recrear fantasías sexuales. Siempre comenzaban con Lalo conociendo una hermosa mujer. Ambos se gustaban porque practicaban el mismo deporte (el ajedrez, ya ven ustedes). Lalo se insinuaba, ella se dejaba, pero él tenía que explicarle antes que hacía aquello por amor, que quería tener sexo con ella, pero añadía muchas explicaciones de tipo moral, incluyendo citas de algún papa o de un Padre de la Iglesia para justificar por qué iban a tener sexo. Para Lalo era absolutamente fundamental que la mujer de la fantasía sexual comprendiese todo aquello, pero el discurso solía durar unos diez minutos... Por eso, al final, Lalo siempre evacuaba en frío, mecánicamente. Todas las mujeres que conocía en sus fantasías sexuales se aburrían y lo acababan mandando a la mierda. 

© Frantz Ferentz

Saturday, February 26, 2011

LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA...



– La poesía es un arma cargada... –dijo el intelectual barbudo y desaliñado que iba a la cabeza de la protesta plantándole cara al jefe de los narcotraficantes que le impedía el paso.
– ¿...de futuro? –preguntó desafiante el mafioso, demostrándole que él también era leído, que no solo apretaba el gatillo y burlaba a la policía.
– No, de balas –le espetó el barbudo sacando un revólver y vaciándolo sobre el narcotraficante y su hueste al tiempo que explicaba ante los cadáveres–. Mi revólver se llama Poesía y escribe de muerte...


© Frantz Ferentz

TELEPATÍA... ¿O QUÉ?



Gloria contemplaba satisfecha, sentada en su silla de ruedas, la puesta de sol mientras rememoraba toda su vida de lucha para impedir que los radicales impusieran aquella lengua aldeana; pensaba que sí, que todo aquello había valido la pena. Le quedaba poco de vida, ¡pero qué vida tan plena la suya! Había derrocado gobiernos autónomos gritando libertad, libertad para elegir el idioma de la educación, libertad para acabar con los que querían imponer una lengua inútil, una lengua de aldea, una lengua para hablar con las vacas. Su gran éxito había sido enmascarar su discurso glotófobo de tolerancia, decir que estaba a favor del bilingüismo cuando en realidad era monolingüe, ella y todos sus compañeros de lucha. Había sabido disfrazar su incapacidad de aprender un idioma como imposición radical de la lengua que aún habían hablado sus abuelos.
  
Aquella tarde apacible, frente al mar de Vigo, vino a visitarla su nieto. Venía radiante de contento:
– Abuela, en el cole nos están enseñando a hablar de una manera muy divertida.
La sonrisa de la abuela Gloria se desvaneció. Por un momento temió que los pocos radicales que aún pululaban hubieran encontrado otra manera de introducir el gallego en las aulas escolares. Pensó que si a sus 93 años tenía que volver a la lucha, volvería.
Pero el nieto le explicó:
– Nos están enseñando a comunicarnos por telepatía. Es fantástico.
Pero Gloria, vieja luchadora, veterana de tantas guerras en favor de la libertad de elección, no se fiaba. Por eso le preguntó:
– Ya, ¿pero eso de la telepatía, es en gallego o en castellano?

© Frantz Ferentz

Friday, February 25, 2011

OLVIDAR

Álex quería olvidar. Pero no quería olvidar cualquier triste experiencia pasada, no, lo que Álex quería olvidar era un idioma. Precisamente conocer el alemán le había traído problemas, muchos problemas. Desde que había comenzado a estudiarlo, todo habían sido esfuerzos, pero sobre todo desde que una vez alcanzado cierto nivel, había empezado a hacer traducciones de ese idioma. 
Ganaba poco, porque estaba mal pagado, pero se tiraba horas y horas traduciendo con todos los medios a su alcance delante del ordenador, incluso pidiendo favores a conocidos para que lo ayudasen en momentos concretos, que a veces requerían llamadas de madrugada.
Por eso, Álex había llegado a la conclusión de que saber alemán tan solo le había causado problemas, muchos problemas. Ni siquiera dominaba el idioma, pero además se gastaba un dineral en materiales para su estudio.
Mientras paseaba por la vera del río recordó cómo había empezado a aprender aquel idioma cuando se enamoró (más platónica que realmente) de una espectacular alemana de Berlín (¿o era de Dresden?). Tanto esfuerzo para nada.
Sin embargo, Álex no sabía cómo se podía olvidar un idioma. Había leído que cuando una lengua no se usa, esta se acaba olvidando, pero lo cierto es que eso le había pasado con el francés, que a fuerza de no usarlo se le iba olvidando, pero a un ritmo tan lento que calculó que necesitaría doscientos cincuenta años para olvidar el alemán.
Mientras se rompía la sesera intentando pensar en el modo de olvidar aquel maldito idioma, de sacarlo de su cabeza, contemplaba la corriente del río, un tanto sucia, seguir su sempiterno recorrido hacia el mar, hacia una lejana ciudad en otro país. Y justo en ese momento, una idea vino a su mente: la hipnosis.

* * *

Cuando Álex se despertó de la sesión, el hipnotizador se lo quedó mirando con su perilla y sus ojos aumentados por las lentes de hipermétrope.
– ¡Che, Álex! ¿Recordás por qué estás acá?
Pero Álex no respondió, solo miraba.
El hipnotizador, un experto psicoanalista, le explico:
– Te hice una limpieza cerebral. Fue como borrar y reformatear el disco duro, ya me entendés, ja, ja, ja...
Pero Álex no entendía lo que le decían. De hecho no entendía el lenguaje humano, fuere el que fuere. Aquel hipnotizador, que previamente había sido técnico informático, había hecho una limpieza a conciencia, tanto que Álex, cuando se levantó del diván comenzó a aullar como un mono, a correr a cuatro patas como un simio y saltar por las lámparas de la consulta del psicoanalista buscando un árbol en que iniciar una nueva vida.

© Frantz Ferentz

ANTÍDOTO CONTRA LA MAGIA

Cuando Fortunato se mudó a vivir a aquel pueblo manchego, lo primero que le dijeron fue:
– No escuche nunca las campanadas de la capilla fantasma. A medianoche, toca trece veces. Quien las escucha, a la mañana siguiente no se vuelve a levantar.
Por eso, todas las noches, los habitantes de la villa manchega se tapaban los oídos y evitaban oír las trece campandas de la media noche. Cuando alguien amanecía muerto, por el pueblo corría la voz de que, o se descuidara, o alguien le quitara los algodones de los oídos para que muriese.
Pero Fortunato no se ocupó de aquella superstición. Él tenía cosas más interesantes que hacer. Por eso, cuando las campanadas sonaban a media noche, él dejaba la ventana abierta. Las campanadas llegaban a todos los rincones de la casa, pero nunca pareció que a Fortunato le afectasen.
Aquello hizo creer a todos en el pueblo que Fortunato tenía algún remedio contra el mal de las campanadas. Pensaron eso antes que pensar que aquella historia fuese una superchería.
Pero no, no era ninguna superchería, era una maldición auténtica... aunque mal entendida.
La maldición de las campanadas mataba a quien contaba todas las campanadas, las trece. La cuestión era que Fortunato, pobre diablo, a penas sabía contar. Después de diez ya se perdía, porque no le quedaban dedos en las manos por los que seguir la cuenta...



© Frantz Ferentz

Thursday, February 24, 2011

ALGUIEN SIEMPRE TIENE LA CULPA

En la cabeza de Leonardo resonaba aquel «es un tío negativo y siempre está de mala leche» que su ya ex mujer había declarado aquella misma mañana durante la última sesión del divorcio. De toda la sarta de mentiras que ella había dicho sobre él para obtener el divorcio después de veintisiete años de matrimonio, aquellas palabras habían sido lo más doloroso.
En medio de aquella vorágine de pensamientos, el chino del bazar le fue a cobrar:
– Sinqo con sinqo.
Leonardo pagó con un billete de diez euros. Por un momento pensó que el chino le perdonaría cinco céntimos y le devolvería un billete de cinco. Se equivocó. Le devolvió exactamente cuatro con noventa y cinco.
"Y yo soy el negativo", pensó.
Con la bolsa de plástico en la mano, Leonardo se dirigió a su bar de costumbre. Necesitaba un chato de vino. Necesitaba despotricar de todo un rato. Al llegar a la puerta recordó que el maldito gobierno había prohibido fumar en los bares.
– Hijoputas... –dijo en voz baja–. Eso es también por mi negativismo...
Y lanzó al aire la colilla encendida con todas sus fuerzas, que fueron muchas, antes de entrar en el bar.

* * *

Una semana más tarde, Leonardo recibió una citación judicial. Una cámara de videovigilancia lo había captado tirando una colilla encendida a un solar, pasando por encima de la alta tapia. A consecuencia de aquel hecho negligente, se había producido un incendio cuyos destrozos ascendían a veinte mil seiscientos euros en materiales de construcción.
Por un momento, Leonardo se preguntó si "negligente" no significaba "negativo". La culpa era, sin duda, o de su ex mujer o del gobierno. O quizás de ambos.

© Frantz Ferentz

EXPERIENCIA

La vieja editora devoraba el manuscrito del escritor novel a una velocidad pasmosa. Los 213 microrrelatos de que se componía el libro le duraron exactamente dieciocho minutos y cuarenta y cuatro segundos. Todos los microrrelatos tenían una longitud de entre tres y cinco líneas excepto los numerados como 45 y 73.
Precisamente en estos dos se fijó la veterana editora. Miró al escritor novel por encima de las gafas de concha y le dijo:
— Se nota que los microrrelatos 45 y 73 los escribió en momento de atasco intestinal. Son más largos que el resto.
El escritor novel se sintió azorado.
— ¿Por qué lo dice? —preguntó sonrojándose.
— Vamos, no se haga el importante —sonrió por fin la vieja editora—, ¿dónde se cree usted que crean el 90% de los artistas sino en el baño?

© Frantz Ferentz 

SECRETOS DE HOMBRE SANTO

—Eminencia —preguntó el periodista inoportuno al presidente de la conferencia episcopal al final de la reunión—, se dice que lleva usted ropa interior totalmente inadecuada para una persona de su rango.
El arzobispo supo mantener el tipo ante la pregunta. Sabía que aquel maldito rumor se extendía, pero le bastó sentir cómo el tanga le apretaba en sus partes y le impedía la circulación sanguínea.
— Mi ropa interior es una ropa pensada para promover en mí la santidad. Me hace recordar mi calidad de hombre y me sirve para castigarme por mis múltiples pecados. De hecho, es una ropa interior que viene a ser un cilicio moderno.
El arzobispo, no obstante, lamentó no poder meterse la mano bajo la sotana y ajustarse la cinta fuera de sus partes mucho más de lo que lamentaba cualquier pregunta mal intencionada de un periodista izquierdista y anticlerical.

© Frantz Ferentz 

Sunday, February 20, 2011

LA ÚLTIMA FRONTERA

— ¿Y dice usted que, cuando abrió el emilio, es cuando recibió el golpe en el ojo que le ha provocado ese hematoma? —preguntó el agente de policía al denunciante. 
— Efectivamente —aseveró el segundo. 
El policía se le quedó mirando mientras jugueteaba con un bolígrafo que hacía botar sobre la mesa. Era evidente que no se lo creía. La víctima se dio cuenta de que el policía no lo tomaba en serio. 
— ¿No me cree? 
El policía solo sonrió levemente. 
— ¿Me permite acceder a mi correo electrónico desde aquí, desde su ordenador? —preguntó la víctima. 
El policía, aún sonriendo, giró el monitor y puso el teclado ante el denunciante, el cual, sin perder un momento, entró en su correo electrónico y en cuestión de segundos tuvo a la vista el correo que, desde Argentina, le había enviado un desconocido con un poema. 
— Ábralo, abra este emilio. —pidió la víctima. 
El policía, divertido —era domingo y, por tanto, tenía poco que hacer—, obedeció. Pinchó en el emilio que le indicaban. Y entonces apareció un poema escrito en fuente 140 puntos que saltó fuera de la pantalla materializado en un flujo de letras negro, como un chorro a presión, y que golpeó al agente en la frente, haciéndolo caer al suelo tirándolo de la silla. El flujo, después, se fue desvaneciendo en el aire, aunque algunos grupos de palabras se quedaron pegados a la pared. 
— ¿Me cree ahora? —preguntó el denunciante al policía que comenzaba a recuperarse del golpe intentando ponerse en pie—. Es lo que llaman poesía agresiva… Ya ve usted por qué, ¿verdad?


© Frantz Ferentz 

Saturday, February 19, 2011

POR FIN, JUSTICIA


Carla acabó de componer su poemario un viernes, pero el lunes ya lo tenía preparado para enviarlo a sesenta y siete editores de poesía distintos. Se había pasado todo el fin de semana buscando direcciones de editores de poesía (aunque uno era de gastronomía y otro de viajes exóticos, pero también aquellos tendrían su lado poético, pensaba Carla) y el lunes tenía listos los sobres con etiquetas y el manuscrito dentro.
Se dejó mucho dinero en el envío, pero no le importó. Por si eso no bastase, hizo un envío de su poemario en PDF a unas setecientas direcciones de correo electrónico.  Estaba convencida de que "quien la sigue, la consigue".
Ya el miércoles, dos días después, Carla comenzó a tener noticias. Ocurrió muy temprano, hacia las siete de la mañana, cuando ella aún dormía. Un grupo de policías de operaciones especiales, fuertemente armados, irrumpieron en su piso. A ella se la llevaron detenida a los juzgados y los agentes se incautaron de su ordenador y de una caja de galletas danesas de marca desconocida, por si acaso aquel producto de importación provocaba alucinaciones.
En cuestión de horas Carla fue juzgada en juicio rápido acusada de atentar contra la salud mental de casi un millar de personas por escribir unos versos que incitaban a la desesperación y en el caso concreto de un editor, a una tentativa de suicidio.
Como no tenía antecedentes, se le impuso una pena de 7.500 euros y orden de alejamiento del ordenador durante seis meses.


© Frantz Ferentz, 2011 

Thursday, February 17, 2011

EL ASESINO DE SONETOS

Fernando Leitariegos me mandaba todos los días, excepto los domingos, un soneto a mi correo electrónico. Lo que al principio me hacía gracia, se acabó convirtiendo en un dolor de jaqueca. Primero, porque los sonetos no me dicen gran cosa con todos mis respetos; segundo, porque eran unos sonetos pésimos, un insulto al propio soneto. No obstante, Fernando estaba convencido de que era el mejor sonetista de la ciudad. 
Supe que aquel buen hombre, aniquilador de sonetos por vocación, no solo me mandaba sonetos a mí, si no a un montón de gente más por correo electrónico. Lo averigüé por casualidad en un café literario de Madrid durante una presentación de una novela, en medio de una nube de güisquis con limón.
Con ayuda de mi sobrino, pirata informático de vocación, conseguí la lista de víctimas del asesino de sonetos destripando no sé qué mensaje. Me quedé de piedra cuando supe que seiscientas veintitrés personas éramos víctimas de aquel pésimo poeta durante seis días a la semana.
Saber que tanta gente recibía aquella conspiración pseudopoética encima la rima estaba mal hecha la mayoría de las veces, me llevo a conspirar a mí también, pero en la sombra. Decidí mandar los sonetos a una página de internet de humor, donde los sonetos eran ofrecidos como una especie de chistes en verso. 
Inmediatamente la gente empezó a comentar cómo les gustaban aquellas composiciones jocosas con una forma parecida a los sonetos. Yo, por mi parte, hice llegar una nota a Fernando Leitariegos contándole, con todo mi pesar, que había descubierto aquello por casualidad, que alguien que se quería vengar de su arte, quería reírse de él, que no con él. Tenía la certeza de que aquel malhadado poeta dejaría de inundarme el correo de sonetos deficientes seis veces por semana.
Pero no. El vate se sintió todo halagado. Debió aplicarse aquel dicho de «hablen bien o hablen mal de uno no importa, lo importante es que hablen». Por eso, desde aquel día, Fernando Leitariegos nos empezó a mandar, junto con su sempiterno poema mutante, los comentarios que aparecían en la página web de humor.
Era desesperante. Lo había empeorado. Por suerte, mi sobrino el pirata vino a sacarme del atolladero. Me dijo tan solo:
 Tío, mira que eres simple. Si marcas esta pestaña, los emilios de este tío se borran automáticamente y no los descargarás más.
Él sí que sabe…

© Frantz Ferentz  

Thursday, February 03, 2011

EL ARTE POR EL ARTE

Samuel J. Corona se presentó en clase de arte de la facultad con la lámina recién acabada. La combinación de colores y formas, con matices sutilísimos, la superposición de claroscuros, los relieves buscando la luz, los desgastes de los bordes habrían hecho a cualquier entendido clasificar aquella lámina de obra maestra.
Sin embargo, la doctora Anaïs Liebermann no se dejó asombrar por aquella muestra. Ante sus dos ayudantes, espetó a Samuel J. Corona:
 Está usted suspendido. Dedíquese a explotar mejor sus sábados por la noche.
Samuel J. Corona, a punto de llorar, se dio la vuelta y salió del despacho.
Los ayudantes contemplaron a la doctora Liebermann estupefactos. Aun así, uno de ellos aún se atrevió a preguntar cuando el alumno hubo salido:
 Doctora, ¿cómo...?
Pero Anaïs Liebermann se adelantó:
 Yo estaba en la mesa de al lado de la discoteca donde ese tipo se puso a vomitar por el suelo el sábado por la noche, sobre el vestido de su novia, y vi cómo intentaba quitarle toda aquella mierda con la manga... Luego, el muy cretino, le hizo una foto a su obra... Ya ven, casualidades de la vida.

© Frantz Ferentz


  



Wednesday, February 02, 2011

PRECISIONES

Cogió el libro y lo lanzó con furia contra la pared. Por uno de los bordes, el libro sangró tinta, manchando no solo la portada sino también el suelo, dejando una mancha azul. Él recogió el libro. Quería ver si había aprendido la lección. Lo llevó hasta la ventana, para verlo con luz natural. Abrió una página al azar. Pero el libro, inasequible, volvió a mostrarle el mismo mensaje:
«Eres el mayor hijoputa»
Él, de nuevo, lo lanzó contra la pared. Esperaba que alguna vez, con el golpe, el mensaje se tradujese a su propio idioma.


© Franz Ferentz, 2011