Thursday, February 17, 2011

EL ASESINO DE SONETOS

Fernando Leitariegos me mandaba todos los días, excepto los domingos, un soneto a mi correo electrónico. Lo que al principio me hacía gracia, se acabó convirtiendo en un dolor de jaqueca. Primero, porque los sonetos no me dicen gran cosa con todos mis respetos; segundo, porque eran unos sonetos pésimos, un insulto al propio soneto. No obstante, Fernando estaba convencido de que era el mejor sonetista de la ciudad. 
Supe que aquel buen hombre, aniquilador de sonetos por vocación, no solo me mandaba sonetos a mí, si no a un montón de gente más por correo electrónico. Lo averigüé por casualidad en un café literario de Madrid durante una presentación de una novela, en medio de una nube de güisquis con limón.
Con ayuda de mi sobrino, pirata informático de vocación, conseguí la lista de víctimas del asesino de sonetos destripando no sé qué mensaje. Me quedé de piedra cuando supe que seiscientas veintitrés personas éramos víctimas de aquel pésimo poeta durante seis días a la semana.
Saber que tanta gente recibía aquella conspiración pseudopoética encima la rima estaba mal hecha la mayoría de las veces, me llevo a conspirar a mí también, pero en la sombra. Decidí mandar los sonetos a una página de internet de humor, donde los sonetos eran ofrecidos como una especie de chistes en verso. 
Inmediatamente la gente empezó a comentar cómo les gustaban aquellas composiciones jocosas con una forma parecida a los sonetos. Yo, por mi parte, hice llegar una nota a Fernando Leitariegos contándole, con todo mi pesar, que había descubierto aquello por casualidad, que alguien que se quería vengar de su arte, quería reírse de él, que no con él. Tenía la certeza de que aquel malhadado poeta dejaría de inundarme el correo de sonetos deficientes seis veces por semana.
Pero no. El vate se sintió todo halagado. Debió aplicarse aquel dicho de «hablen bien o hablen mal de uno no importa, lo importante es que hablen». Por eso, desde aquel día, Fernando Leitariegos nos empezó a mandar, junto con su sempiterno poema mutante, los comentarios que aparecían en la página web de humor.
Era desesperante. Lo había empeorado. Por suerte, mi sobrino el pirata vino a sacarme del atolladero. Me dijo tan solo:
 Tío, mira que eres simple. Si marcas esta pestaña, los emilios de este tío se borran automáticamente y no los descargarás más.
Él sí que sabe…

© Frantz Ferentz  

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