Friday, March 18, 2011

CUANDO FLUYEN LAS LETRAS


— Explíquemelo, doctor. Mi marido está en esta clínica para no escribir ni una línea más, para que no pueda seguir creando novelas como churros y me dice usted ahora que, por un fallo, ha sido capaz de publicar una... ¿cómo lo ha llamado...? ¿nanonovela?
El médico se secó el sudor con el pañuelo. Sabía que se jugaba no solo su reputación, sino también su puesto como director del psiquiátrico.
— Verá, señora Smith —explicó el psiquiatra, su marido descubrió que el vigilante se iba a tomar un café todas las noches entre las 4 y las 4 y 10. En ese tiempo, él se colaba en el ordenador, abría su cuenta de Twitter y cada día enviaba un nanocapítulo.
La señora Smith lo fulminó con la mirada. Si su marido no era declarado incapaz, ella no podría administrar su inmensa fortuna. Era claro que si él escribía y ganaba premios, no estaba loco, o no lo suficientemente loco. Al menos ahora le habían cortado el acceso al ordenador.
Lo que la señora Smith ignoraba era que su previsor y astuto marido había conseguido un móvil inteligente y seguiría escribiendo nanonovelas por SMS.

© Frantz Ferentz, 2011

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