Tuesday, March 08, 2011

EL MILAGRO COTIDIANO




Un cierto día, él empezó a notar que cada vez veía peor. La cosa fue en aumento cada mañana, cuando, al ponerse las gafas (sin ellas tan solo percibía manchas borrosas), notaba que perdía visión. Durante una semana, aquello fue a peor. Le aterraba ir al oftalmólogo. ¿Y si tenía cualquier enfermedad? No sabía qué hacer, pero lo cierto es que cada veía peor. ¿Se quedaría ciego? Al cabo de una semana, veía lo mismo con gafas que sin ellas.
    
Pero entonces, allí, en aquella cafetería, le llegó aquel perfume. Era un efluvio de diosa. ¿Rosas, jazmines, o ambos aromas juntos? Él cerró los ojos. Era una diosa. De repente, alguien le quitó las gafas. Era la diosa del perfume. Al cabo de unos momentos, ella le volvió a colocar con sumo cuidado las gafas. Él volvía a ver. Ante él, su diosa, una mujer a punto de jubilarse; su fragancia procedía del ambientador para el baño que llevaba en la mano. Ella le sonrió y le dijo:
    
— ¿Ya vuelve a ver? Perdone que me tomase la molestia de limpiarle las gafas... También lo hago con mis hijos, pero llega un momento en que en los cristales ya no cabe más mierda, ¿sabe usted?

© Frantz Ferentz, 2011
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1 comment:

Lagare said...

Que bueno, que bueno. Se visualiza la escena, y con pocas pinceladas que bien están armados los personajes. ¡Qué envidia, hijo mío!
Un abrazo