Friday, June 17, 2011

LECCIONES DE MADRE


Tras mi divorcio y a mis cuarenta años, mi madre comenzó a venir a casa a ocuparse de mí. La buena anciana no soportaba mi desorden, especialmente en el baño, donde llevaba acumulando revistas, libros y documentos desde que me había mudado a aquella casa, hacía más de veinte años. Allí hasta colgaba algún que otro instrumento musical de la pared. Mi madre, consciente de lo que había, me amenazó con ir tirando cada día que viniera una carretada de papeles del baño. Era una amenaza que mi ex, con todo lo arpía que era, no se había atrevido nunca a hacerme, pero mi madre sí, mi madre era mi madre y bien se lo podía permitir.
Por eso, obedecí. Me dediqué una semana entera a vaciar el baño, encontré auténticas reliquias cuya existencia había olvidado, lo fui organizando por el resto del piso, pero también tiré muchas cosas. Por eso, cuando al cabo de los siete días vino mi madre y entró en el baño, su rostro se iluminó de emoción porque su niño había sido obediente. Me dio un beso y me dijo:
— ¿Lo ves? El baño es ahora el triple de grande.
Lo malo es que tenía razón, era el triple de grande. Lo peor es que aquello no tenía ninguna magia. Tendría que volver a casarme para volver a llenar tanto hueco, en mí y en el baño.



© Frantz Ferentz, 2011

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