Saturday, August 27, 2011

SUEÑO TRUNCADO



Al final, ella hizo realidad el sueño de su vida: casarse con un príncipe azul. Sin embargo, el príncipe, por muy azul que fuera, llegó a ser rey y enseguida empezó a meterse en política —como jefe de estado que era—. Ella descubrió entonces que estaba en las antípodas ideológicas de él.
Se divorciaron a los tres meses. Ella se casó más tarde con un criador de cangrejos que olía a pescado y no mandaba nada, pero que al menos no era azul.



© Frantz Ferentz, 2011

Wednesday, August 17, 2011

LAS CIRCUNSTANCIAS


Aquella espléndida mañana de agosto, el pesimista no tuvo más remedio que suicidarse. Era la primera vez en su vida que no tenía absolutamente nada de qué quejarse.


© Frantz Ferentz, 2011

Sunday, August 14, 2011

SERES INTELIGENTES


Hans P. llevaba años sospechando que los mosquitos tenían una inteligencia comparable al menos con la humana. Durante el invierno consiguió colocar una minicámara en el respiradero de su baño, lugar adonde los mosquitos se retiraban de día.
Cuando llegó el verano, los mosquitos surgieron en tromba. Y sí, la cámara oculta de Hans P. registró una partida de póquer de cinco mosquitos, que, además de apostar, fumaban. Pero, inexplicablemente, los mosquitos descubrieron que estaban siendo espiados.
Al día siguiente, Hans P. fue encontrado muerto plagado de picaduras tóxicas. Además, las grabaciones que había guardado en su ordenador acerca de los mosquitos fueron hábilmente borradas.
Hans P. se llevó su descubrimiento a la tumba. Ahora intenta explicárselo a los médium que lo invocan, pero ninguno le hace caso.

© Frantz Ferentz, 2011

LA GITANA DE LOS MALACATONES


— Malacatone, vendo malacatone...
John Smith se enamoró a los diez años de aquella gitanilla malagueña que vendía fruta. La palabra malacatone quedaría para siempre grabada en su mente, porque, con once años, sus padres se lo llevaron de vuelta a Boston, donde creció y se formó. Con veintitrés años volvió a Málaga dispuesto a encontrar a la gitana de los malacatones. Volvió al barrio de la infancia y buscó a todas las gitanas que vendieran malacatones.
Encontró una hermosa muchacha descalza, de aire salvaje y mirada penetrante que en el mercadillo anunciaba:
— Melocotones, vendo melocotones... 
Era ella. Pero era ya no decía malacatone.
— ¿Por qué ya no dices malacatones? —le preguntó John Smith con su marcado acento norteamericano.
Ella, sonriendo, le dijo:
— Es que ya soy estudiá...
John Smith se dio la vuelta y se volvió a Boston. Él hubiera querido a la muchacha de los malacatones.

© Frantz Ferentz, 2011

Thursday, August 04, 2011

EL TIPO MÁS POSITIVO || NEJPOZITIVNĚJŠÍ ČLOVĚK


Hermann era el tipo más positivo del mundo, pero todo le iba fatal: sin trabajo, sin casa, sin dinero... El problema era —comentaba él— que sus amigos le absorbían toda la positividad y a él, cuitado, no le quedaba nada.

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Hermann byl ohromně pozitivní člověk, ale nic se mu nedařilo: byl bez peněz, bez práce, bez střechy nad hlavou… Problém byl v tom – jak tvrdil – že jeho přátelé z něj vysávali všechnu jeho pozitivitu a na něj, na chudáka, pak žádná nezbývala.

© Text: Frantz Ferentz, 2011
© Překlad: Nataša Frias, 2011

LA DESCONOCIDA


Rodrigo estaba esperando a su mujer ante la puerta 2 de la terminal 1 del aeropuerto de Barajas. En ese momento, una nueva tromba de pasajeros salió por las puertas. Rodrigo hacía todo lo posible por detectar a su mujer. Mientras se esforzaba, una desconocida, una mujer espléndida, aproximadamente de la edad de su mujer se acercó a él y le clavó un beso en los labios. Qué bien besaba. Rodrigo se quedó descolocado. Pero mientras aquella extraña lo besaba, detectó a su mujer que corría a los brazos de otro hombre a unos metros de él y lo besaba también con pasión.
Rodrigo buscó una explicación con su mirada atónita. La desconocida sonrió y le dijo:
— Tranquilo, cariño, esa desconocida y yo hemos intercambiado nuestros cuerpos, pero tengo mi alma de siempre. Venga, vamos para casa, que quiero ver a los niños.
Cinco años después, Rodrigo seguía preguntándose si la desconocida se había realmente intercambiado su alma con su mujer o si realmente era un ingenuo que se lo tragaba todo.

© Frantz Ferentz, 2011



COMO TODOS LOS ESCRITORES

María querría haber vivido hacía cincuenta años, como todos aquellos escritores que, cuando algo que habían creado no les gustaba, rasgaban el papel, o hacían una pelota con él y lo tiraban, o bien hacían palomitas de papel con los textos desechados. Pero María nunca llegó a escribir en papel, siempre a ordenador. Por eso, tiene que contener sus ganas de tirar el portátil por la ventana cuando no le sale lo que quiere. Maldita generación digital...


© Frantz Ferentz, 2011