— Y ahora, ¿qué? —preguntó su mujer Blanka Mikac cuando aquella mole de aspecto feroz, casi asesino, estuvo acabada—. ¿La usarás para vigilar la casa y evitar que nos asalten en este pueblo de ladrones?
Sin embargo, Mladen Mikac no respondió. Simplemente puso en marcha el robot con un mando a distancia e invitó a su mujer a sentarse en la mesa del jardín. Diez minutos más tarde volvió el robot con dos platos donde había un par de huevos fritos en cada uno, que sirvió todo diligente.
— Vaya, qué sorpresa, has construido un robot cocinero… —dijo ella.
— Quería darte una sorpresa —respondió él sonriendo.
— Ya. Se nota que es obra tuya. Podrías por lo menos haberle enseñado a cocinar, porque es tan negado en la cocina como tú, que solo sabes hacer huevos fritos y freír panceta…
© Frantz Ferentz, 2011



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