Monday, December 19, 2011

EL COLECCIONISTA

Mladen Mikac se había pasado toda su vida coleccionando piezas mecánicas. De hecho, su jardín se había convertido en un inmenso desguace, aunque ella no permitía ni un solo tornillo dentro de casa. Por eso, cada vez que él metía alguna de sus extrañas adquisiciones en casa, ella lo tiraba a la basura sin contemplaciones. Mladen Mikac llevaba más de cuarenta años almacenando —coleccionando, según él— piezas de todo tipo procedente de las máquinas más diversas. Por eso, había sido capaz de construir una especie de robot de dos metros con una fuerza descomunal. 
— Y ahora, ¿qué? —preguntó su mujer Blanka Mikac cuando aquella mole de aspecto feroz, casi asesino, estuvo acabada—. ¿La usarás para vigilar la casa y evitar que nos asalten en este pueblo de ladrones? 
Sin embargo, Mladen Mikac no respondió. Simplemente puso en marcha el robot con un mando a distancia e invitó a su mujer a sentarse en la mesa del jardín. Diez minutos más tarde volvió el robot con dos platos donde había un par de huevos fritos en cada uno, que sirvió todo diligente. 
— Vaya, qué sorpresa, has construido un robot cocinero… —dijo ella. 
— Quería darte una sorpresa —respondió él sonriendo. 
— Ya. Se nota que es obra tuya. Podrías por lo menos haberle enseñado a cocinar, porque es tan negado en la cocina como tú, que solo sabes hacer huevos fritos y freír panceta…


© Frantz Ferentz, 2011


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