Entonces descubrió aquel medio euro tirado en el suelo bajo el asiento delante del suyo. Sí, medio euro de mierda que se le había caído a una de ellas. Estiró el pie y lo atrajo hacia sí. Luego lo recogió con disimulo. Justo medio euro era lo que le faltaba para unas míseras patatas fritas, que costaban tres euros y él solo tenía dos y medio.
— Azafata, por favor, unas patatas fritas…
— ¿Y agua? —preguntó ella.
Él bajó la mirada.
— No déjelo, no quiero nada —dijo entonces Eladio.
Apretó la moneda cincuenta céntimos con ganas de tirársela a la cara a las colombianas, pero sabía que ni se agacharían a recogerla. En vez de eso, se mantuvo firme en su decisión de usar la moneda para alimentarse. Se la llevó a la boca y se la tragó.
© Frantz Ferentz, 2011



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