— ¡Yolanda, ven, corre!
Yolanda se despertó asustada por los gritos del marido. Acudió al salón y encendió la luz. Fue entonces cuando Higinio comprobó que se había dado de morros contra una estatua de sí mismo allí plantada en medio del salón.
Higinio, más chocado que dolorido, apuntó hacia la estatua y le preguntó a su mujer:
— ¿Y eso de ahí?
Ella, con lágrimas en los ojos le dijo:
— Es que eres tan buen marido, que te mereces una estatua… y en fin, quería darte una sorpresa…
© Frantz Ferentz, 2011



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