Monday, April 09, 2012

UNA COMPRA ARRIESGADA

La buena musulmana acudió al mercadillo del lunes por la mañana en Ocaña, donde se vendía lo mismo fruta que pantalones, pasando por zapatos y banderolas deportivas y gominolas. La buena musulmana comprobó, al acercarse al puesto de ropa barata del gitano que ningún musulmán estuviera cerca. La buena musulmana era la única en toda Ocaña que vestía rigurosamente islámica, donde no dejaba a la vista más que el óvalo de su cara, no en vano estaba casada con el musulmán más pío de Ocaña y probablemente de Toledo. La buena musulmana entró en el puesto de ropa diversa, toda a 2 euros. El gitano, por su parte, gritaba desgañitándose: "Todo a 2 euros, todo a 2 euros". La buena musulmana revolvió en el montón de braguitas y semejantes. La buena musulmana encontró el tanga que buscaba en aquel montón. Era un tanga minúsculo. La buena musulmana sintió con horror cómo el gitano, todavía gritando, le decía: "Muy buen tanga, ¿eh? Muy buen tanga. ¿Te lo quieres probar?". La buena musulmana miró alrededor por si algún musulmán del pueblo hubiese sido testigo de aquel atropello a su intimidad y a su fe, pero tuvo suerte, ningún musulmán se había percatado de ello. La buena musulmana se sacó una moneda de dos euros del intrincado laberinto que suponía su casto vestido islámico y se los dio al gitano. "¿Te doy una bolsita?", preguntó el gitano, pero ella no dijo nada, se escondió el tanga entre las capas y capas de vestido islámico y salió a toda velocidad del puesto del gitano, quien, por su parte, seguía gritando toda su mercancía.
Cuando llegó a casa, la buena musulmana dejó el tanga encima de la cama. Agradeció a Alá haberla sacado airosa de aquella compra y le pidió tan solo a su dios que ojalá le gustase aquel tanga a su pío marido, aunque, bien mirando, pese a respetar las costumbres de su santo esposo, no conseguía entender por qué a él le gustaba pasearse en tanga por casa...


© Frantz Ferentz, 2012


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