Monday, May 21, 2012

EL BONZO QUE NO ARDÍA PORQUE SÍ


— ¿Qué querías enseñarme en la tele?
— Pues a ese pobre bonzo... Mira cómo arde.
— Qué desgracia... Se quema.
— Pues no, en realidad se está fumando a sí mismo...
— Coño, ¿tú nunca te cansas de intentar convencerme para que deje de fumar?


© Frantz Ferentz, 2012

EL GRAN SOÑADOR

Sí, siempre fui una persona que presumía de ser un gran soñador, afirmaba que mis sueños eran como películas que corrían por mi mente mientras dormía, hasta aquel día en que, contando uno de mis sueños en el bar a los amigos, se me acercó un tipo trajeado que se identificó como inspector de la propiedad intelectual. Me dijo, ante mi asombro y el de mis amigos, que yo sobrepasaba con mucho la producción de sueños para consumo propio y que, por tanto, tendría que pagar un canon. Lógicamente, tras nuestra primera sorpresa, todos nos reímos de aquel tipo por lo que nos pareció una broma estupenda. El tipo encorbatado y trajeado se alejó de mala leche y yo me olvidé del asunto hasta que, al ir a cobrar la nómina, vi que esta se había reducido drásticamente y que habían incluido un concepto de descuento que rezaba: «canon onírico». Desde entonces, sufro insomnio.



© Frantz Ferentz, 2012

Sunday, May 20, 2012

DE LA MAGIA DEL DINERO

Lawrence Rothschild IV fue el único de aquella familia de banqueros que desentrañó el verdadero sentido de las palabras de su bisabuelo, quien en una ocasión había afirmado: «El dinero te hará volar». Por eso, Lawrence Rothschild IV fue el único que supo montarse en un billete de 500 y salir volando por la ventana sentado en él.


© Frantz Ferentz, 2012

EL HEREJE


El filósofo escribió: «En el sur, la religión obliga a las víctimas a casarse con sus violadores y permite a los hombres estar casados con varias mujeres. En el norte, la religión permite que la banca viole a sus clientes cuanto quiera y que estos estén irremisiblemente casados con ella por una ceremonia llamada hipoteca. Pero nadie entiende que la religión del sur y la del norte son en el fondo lo mismo...»
Pocos minutos después de publicar aquel texto en su blog, el filósofo sufrió la ira divina: su tarjeta de crédito se deslizó sigilosamente desde su bolsillo en la camisa y llegó hasta su cuello, rebanándoselo limpiamente al grito de "¡No hay más dios que la Banca y la Hipoteca es su profeta!".


© Frantz Ferentz, 2012

Saturday, May 19, 2012

LA MINISTRA Y EL SEXO


Me encontré de repente con aquel bigardo de dos metros de alto orinando a mi lado. No soporto los urinarios públicos porque yo necesito intimidad para esas cosas. Encima, aquellos baños no tenían separación entre los miccionarios, allí se veía todo, para espanto mío. Por eso, acabé mi micción estresado intentando ignorar a mi vecino y volví a la sala de conferencias. Tomé asiento en la mesa y me dispuse a ejercer mi labor de intérprete junto a la ministra. Primero se sentó, maldita casualidad, el bigardo de 2 metros y luego la ministra. El bigardo vestía una especie de túnica holgadísima y una melena lacia le caía hasta los hombros que ejercía como cortina sobre su rostro. La ministra inició su discurso en inglés "about the worldwide figure of doctor Nikita Sokol", que yo traduje, lógicamente como el "mundialmente famoso doctor Nikita Sokol". Y justo al decir aquello, sentí una patada en la espinilla por debajo de la mesa. Había sido la propia ministra. Después, al llegar el momento del discurso de Sokol, la ministra me pasó disimuladamente una nota amenazante por mi "error" traductológico de confundir a la doctora con un doctor, que era una vergüenza por mi parte en un acto institucional con la ministra (cretina de ella que solo leyó el discurso en inglés por darse importancia). No me gustan las amenazas y me jodía el grado de incultura de la ministra de cultura que interpretó que Nikita era nombre de mujer (¡de verdad que se lo creía porque acababa en "a"!) fomentado por las vestimentas y la voz asexuales del tipo en cuestión. Por eso, que la ministra, convencida de la feminidad de Sokol, me amenazase... No, eso sí que no. 
Cuando las sesiones de tarde se reiniciaron y me tocó de nuevo hacer de intérprete del inglés macarrónico de la ministra, antes de empezar su discurso le pasé un sobre disimuladamente. Ella lo abrió enseguida, era curiosa por naturaleza. Dentro le había puesto una foto impresa rápidamente en papel corriente que, en cuanto la vio, le causó tanto impacto que se echó para atrás, tanto que casi se cae con la silla de espaldas. 
— ¿Qué es esto? —me preguntó susurrando, pero se notaba que estaba indignada.
— El pene de Sokol —le expliqué también susurrando—. Es lo malo de los baños de este sitio, que no tienen intimidad. Solo tuve que ir a mear a su lado y sacar el móvil con cámara para conseguir la prueba irrefutable. Con que, ya ve, yo tenía razón, señora ministra, es doctor Sokol, no doctora...

© Frantz Ferentz, 2012

DESACOSO SEXUAL


Nemesia le había parecido siempre a Luis una tipa desagradable. Compañera de trabajo, rival en potencia, persona a evitar. Esos eran los datos que tenía Luis en la cabeza de ella. Por eso, cuando después de la cena de empresa, decidieron hacerse una foto de grupo, Luis no podía entender por qué ella, que se había colocado a su lado, intentando primero atraerlo hacía sí para que no quedase fuera de la foto, pero enseguida la mano de ella se desplazó desde la cadera de él hasta su culo. Luis dio un respingo. Nemesia disimuló perfectamente. La mano se mantuvo allí un rato. Era evidente que ella era muy consciente de lo que hacía. Luis permanecía tieso y así estuvo mientras se hicieron las más de doce fotos del grupo, donde, con certeza, la mano de ella en el culo de él pasó desapercibida. Cuando el grupo se deshizo, el se separó. Ella se quedó donde estaba.No sabía o no quería interpretar aquel gesto de aquella mujer que le resultaba repulsiva. Además, para colmo, tenía fama de monja en el sentido de que no debía conocer varón. ¿Y aquel gesto? ¿Y por qué con él? ¿Podría considerarlo acoso? Se fue al baño para despejarse. Empezó a echarse agua en la cara para refrescarse, pero al mirar en el espejo, allí la vio, detrás de él, con los ojos clavados en su culo. Luis se giró y le preguntó: «¿Qué quieres?». «Ya lo sabes, tu culo, me fascina tu culo, lo quiero todo para mí. O es para mí, o no es para nadie». «Estás loca». Pero ella ya se había lanzado sobre su culo, había metido las manos por debajo de la cintura y había accedido a sus glúteos que le extrajo de una forma indolora... Se frotó con ellos las mejillas ante la absoluta perplejidad de Luis, que era incapaz de articular una palabra. Ella le dijo: «No es cosa de sexo, ni de acoso sexual, no pienses mal de mí, soy muy casta, es solo que me fascina tu culo» y salió feliz del baño con las nalgas de Luis bajo los brazos, como si aquello, definitivamente, lo explicase todo.


© Frantz Ferentz, 2012