Saturday, May 19, 2012

LA MINISTRA Y EL SEXO


Me encontré de repente con aquel bigardo de dos metros de alto orinando a mi lado. No soporto los urinarios públicos porque yo necesito intimidad para esas cosas. Encima, aquellos baños no tenían separación entre los miccionarios, allí se veía todo, para espanto mío. Por eso, acabé mi micción estresado intentando ignorar a mi vecino y volví a la sala de conferencias. Tomé asiento en la mesa y me dispuse a ejercer mi labor de intérprete junto a la ministra. Primero se sentó, maldita casualidad, el bigardo de 2 metros y luego la ministra. El bigardo vestía una especie de túnica holgadísima y una melena lacia le caía hasta los hombros que ejercía como cortina sobre su rostro. La ministra inició su discurso en inglés "about the worldwide figure of doctor Nikita Sokol", que yo traduje, lógicamente como el "mundialmente famoso doctor Nikita Sokol". Y justo al decir aquello, sentí una patada en la espinilla por debajo de la mesa. Había sido la propia ministra. Después, al llegar el momento del discurso de Sokol, la ministra me pasó disimuladamente una nota amenazante por mi "error" traductológico de confundir a la doctora con un doctor, que era una vergüenza por mi parte en un acto institucional con la ministra (cretina de ella que solo leyó el discurso en inglés por darse importancia). No me gustan las amenazas y me jodía el grado de incultura de la ministra de cultura que interpretó que Nikita era nombre de mujer (¡de verdad que se lo creía porque acababa en "a"!) fomentado por las vestimentas y la voz asexuales del tipo en cuestión. Por eso, que la ministra, convencida de la feminidad de Sokol, me amenazase... No, eso sí que no. 
Cuando las sesiones de tarde se reiniciaron y me tocó de nuevo hacer de intérprete del inglés macarrónico de la ministra, antes de empezar su discurso le pasé un sobre disimuladamente. Ella lo abrió enseguida, era curiosa por naturaleza. Dentro le había puesto una foto impresa rápidamente en papel corriente que, en cuanto la vio, le causó tanto impacto que se echó para atrás, tanto que casi se cae con la silla de espaldas. 
— ¿Qué es esto? —me preguntó susurrando, pero se notaba que estaba indignada.
— El pene de Sokol —le expliqué también susurrando—. Es lo malo de los baños de este sitio, que no tienen intimidad. Solo tuve que ir a mear a su lado y sacar el móvil con cámara para conseguir la prueba irrefutable. Con que, ya ve, yo tenía razón, señora ministra, es doctor Sokol, no doctora...

© Frantz Ferentz, 2012

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