Friday, June 01, 2012

MUJER A LA CAZA


Ella coincidió en pasar por debajo de aquel hotel en apariencia en restauración. Se detuvo un momento en la acera. Sus fosas nasales se abrieron, sus pupilas se dilataron, sus dientes de arriba mordieron sus labios de abajo. Y a continuación buscó la puerta. Aparentemente estaba cerrada. Aparentemente. Dentro una especie de vigilante dormitaba, pero cuando quiso reaccionar ante la entrada repentina de ella, ya era demasiado tarde, porque la mujer subía decidida las escaleras, ágilmente, hasta que alcanzó la segunda planta. Corrió por el pasillo y alcanzó enseguida la puerta donde sabía que encontaría lo que encontraría. La abrió de una patada y, efectivamente, allí se encontró a su marido en plena faena con una prostituta. El marido cazado y la prostituta interrumpieron la fiesta. Otros huéspedes del hotel en restauración, en realidad un prostíbulo en pleno centro, acudieron tímidos a ver qué pasaba.

El marido se levantó y se acercó a ella. Lo que más le fascinaba no es que lo hubiera descubierto, sino cómo lo había descubierto, por eso no se cortó a la hora de preguntarle:
— Vale, soy un putero sin remedio lo reconozco, pero ¿podrías decirme cómo me has descubierto?
Ella se dio la vuelta y se volvió por donde había venido. Se guardaría para sí aquel pequeño secreto: nunca exageraba cuando afirmaba que era capaz de oler el hedor de los pies de su marido a medio kilómetro de distancia.
© Frantz Ferentz, 2012

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