Friday, July 13, 2012

MUJER SENTADA EN EL BANCO DE UNA IGLESIA


La mujer entró en aquella iglesia con lágrimas en los ojos. La iglesia estaba vacía, aunque permanecía abierta. Se acercó lentamente hasta el altar, con las lágrimas rodando por su mejilla. Veía borroso, solo percibía manchas a causa de la inundación de sus ojos por el llanto. Quería orar, necesitaba orar en aquella penumbra arropada de silencio. Se sentó en el primer banco e invocó a Dios... Y enseguida notó el aliento del extraño a su lado. No lo había notado antes, pero a su lado había alguien. Quizás ya estaba allí cuando ella llegó pero ni se había dado cuenta. Percibió que vestía una especie de albornoz con capucha, quizás otra alma rota como la suya. La mujer, por algún motivo incomprensible, hizo la oración súplica llanto lamento en voz alta, contándole al extraño a su lado su impotencia de ver a aquellos representantes de la Iglesia llevarse millones y mancillar de aquella manera el mensaje del Evangelio. No podía evitar la rabia que laceraba su corazón, su impotencia por aquella camada de hipócritas vestidos de púrpura que le había vaciado la vida, le había deshilachado su fe, engañándola en su ser más íntimo.
— ¿Y nadie puede pararlos? —preguntó ella a Dios y al extraño a su lado.
Y el extraño, que en todo el tiempo no había dicho una palabra, solo meneó la cabeza de derecha a izquierda negando. Ella se lo quedó mirando. Poco a poco iba recuperando la vista al tiempo que sus lágrimas se secaban. El extraño, entonces, le acarició tiernamente la cabeza y se acercó al altar. Entonces, y solo entonces, ella se dio cuenta de que la cruz estaba vacía. El extraño se quitó el albornoz y subió a la cruz y enseguida quedó crucificado. Y antes de quedar inmóvil, como una estatua, le susurró a la mujer:
— Ni yo los puedo cambiar a esos obispos, ni yo...



© Frantz Ferentz, 2012

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