Monday, January 28, 2013

EL RITUAL


Cuando me casé con María de las Américas sabía que su familia era de las más acaudaladas del país gracias a que su padre era un rico y próspero banquero, que provenía de una familia de banqueros igualmente ricos y prósperos; por lo visto llevaba siendo así desde hacía generaciones. Tanto era así que los hijos varones de la familia eran sometidos a un ritual al llegar a la adolescencia —según me explicó María de las Américas—, muy semejante a lo que les sucedía a judíos y musulmanes, aunque a los miembros masculinos de la familia no les extirpaban el prepucio, sino que eran sometidos a otro ritual.
Personalmente lo había interpretado como una especie de religión de la familia. Yo no iba a participar en ello, solo estaba casado con María de las Américas, pero en mi contrato matrimonial había aceptado que mis futuros hijos varones serían sometidos al rito en cuestión.
Cuando mi primer hijo, Elvis Gregorio, alcanzó la edad de doce años, mi suegro me puso la mano en el hombro y, mientras se fumaba un habano asqueroso, me colocó en el ventanal del piso sesenta y nueve, donde tenía su despacho para decirme:
— Ha llegado la hora de que mi nieto, tu hijo, sea un Libermann como yo y todos los que me precedieron.
Aunque temía a mi suegro, sabía que mi hijo era su primer nieto y, por tanto, el heredero de aquel imperio bancario, por lo que me atreví a preguntarle:
— ¿Pero por qué ese ritual a un crío?
Él me miró condescendiente, dándole una calada profunda al puro, y me dijo mientras me ponía la mano en el hombro:
— Querido yerno, ¿cómo crees que puedo ser el banquero más importante de este país?
Yo me encogí de hombros.
— Muy sencillo, porque no tengo conciencia —me dijo riendo—. Y así ha sido desde hace generaciones en mi familia. Por eso, cuando nuestros hijos llegan a los doce años los sometemos a una lobotomía que llamamos el ritual de la desculpabilización... En fin, les extirpamos la conciencia...
Y entonces me mostro la pequeña cicatriz que tenía en el cráneo detrás de la oreja, inapreciable a simple vista.


Frantz Ferentz, 2013

APRENDIZ DE POETA


Desde hacía muchos años, tenía la intención de participar en alguno de esos cursos de escritura creativa que tanto se prodigaban. El hecho de quedarme en paro me lo tomé como una ocasión para poder hacer uno de ellos. No quería estresarme por haber perdido el trabajo, de modo que quise aprovechar el tiempo. Busqué cursos por internet. Enseguida encontré uno que me llamó la atención. Anunciaban cursos de poesía según la personalidad de cada uno. No tenía nada que perder, además eran relativamente baratos para lo que son estos cursos. En la primera clase, el profesor nos dijo que el secreto de la poesía estaba en nuestro interior. Lo primero que teníamos que descubrir era el tipo de poeta que llevábamos dentro. Por eso, primero probamos el ególatra con superego, a base de escribir "yo" con rima y ritmo. Algunos de mis compañeros se sintieron muy bien, descubrieron su verdadero ser poético y no quisieron probar más. Los pocos que seguimos adelante experimentamos el poeta visionario, para lo cual comenzamos a escribir versos con humo de marihuana que soltábamos en el aire. Ahí se quedaron el resto de mis compañeros de curso. Pero yo no.
El profesor me miró compungido. Me dijo que yo pertenecía al 0,5% de posibles poetas, los que ni se nutren del ego ni de las drogas. Por tanto tendría que dar el paso al tercer tipo.
— ¿Y cuál es? —le pregunté curioso.
Él no respondió. Solo me tomo de la mano y me señaló algo fuera de la ventana. Yo me asomé para ver a qué se refería. Y entonces, sin previo aviso, me empujó hacia afuera. Según caía, aún le oí decirme:
— Mueva los brazos e intente volar. Si lo consigue, escriba en verso su experiencia y habrá triunfado como poeta...

Frantz Ferentz

Saturday, January 12, 2013

ALGO DE MÍ QUE NO ENTIENDO


Lo que aún no entiendo sobre mí es, como teniendo doble personalidad (quizás es cierto lo que comentan de que incluso la tenga triple),  puede cada una de mis personalidades tener el cumpleaños en fechas distintas.




Frantz Ferentz, 13/01/2013

Saturday, January 05, 2013

HACE TANTO TIEMPO...



— Creo que ya va siendo hora de que nos veamos —comentó él—. Tengo la impresión de que el imán de nevera que te compré de regalo hace tanto, tanto tiempo ya se ha desimantado...
— Vamos, no digas tonterías —dijo ella, consciente de que sí, que al final el tiempo había volado y ellos no se habían visto por culpa suya, de ella—. Venga, quedamos este fin de semana, no se hable más. Te invito a comer y me traes por fin ese suvenir del imán.
Cuando abrió la puerta de la casa, ella casi no lo reconoció a él. Sí, había pasado mucho tiempo. ¿De verdad tanto? Él le tendió un envoltorio minúsculo. El papel de regalo ya estaba descolorido. Ella lo abrió. Se encontró un pequeña imán de nevera con forma de nalgas.
— No creo que ya se te pegue a la nevera —le dijo él.
— Anda, trae... —replicó ella quitándoselo de las manos.
Se lo llevó a la cocina e intentó dejarlo pegado a la puerta del frigorífico. Pero no, él tenía razón, el imán estaba ya desimantado. Efectivamente, había pasado demasiado tiempo. Pero ella no se rindió, no iba a reconocerle que él tenía razón. Se sacó el chicle de la boca, separó un pedazo y lo pegó en la parte trasera del imán. Luego colocó el imán con forma de nalgas en la nevera. Se quedó pegado.
— Ven a verlo —le gritó ella—. ¡Verás como el imán sí se sujeta a la nevera, exagerado!

Frantz Ferentz, 2013