Saturday, March 02, 2013

LA FE DE EMMO

— Según eso —dije yo a Emmo—, tu religión es muy práctica. Puedes ser un hijo de puta total, un asesino incluso, pero no pasa nada, porque después te confiesas, se te perdonan tus faltas y vuelta empezar, ¿no?

— Cierto —me admitió Emmo con una amplia sonrisa en aquella boca suya donde una pipa ondulada parecía a punto de caer por un extremo, pero no se caía.
— Eso explica tu devoción al pontífice, tu amor a la tradición, tu interés por el ritual en latín, tu teología del Concilio de Trento... al fin y al cabo, el rey es rey por la gracia de Dios, según tú.
— Exacto.
— Y bueno, vives esa realidad y luego te vas de putas cuando quieres, aunque engañes a tu novia cada dos por tres, pero no pasa nada, porque luego te confiesas y quedas limpio.
— Lo has entendido, ¿ves? ¿Por qué no te conviertes? Si te conviertes, te salvarás —me dijo en tono amigable Emmo.
Yo me lo quedé mirando. Luego le pregunté:
— Pero para convertirse, ¿hay que creer?
Él me contempló anodadado. La pipa no llegó a caérsele de la boca porque antes la agarró con la mano y se quemó, pero sus labios no soltaron una mínima queja.
En mi interior pensaba que, puestos a creer en un barniz, prefería someterme a una sesión de pintura corporal. Sentía curiosidad qué le inspiraría mi barriga planetaria a uno de esos artistas de la piel. Quizás un jardín del Edén, quizás...


Frantz Ferentz, 2013

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