Monday, September 23, 2013

DOBLEMENTE DESAHUCIADO


Los cuatro fornidos agentes de policía y el secretario judicial entraron sin resistencia en el piso del que iban a tomar posesión en nombre del banco. La puerta, de hecho, solo estaba entornada. No hizo falta siquiera que participase el cerrajero, el cual se quedó fuera y respiró aliviado.
El secretario judicial se acercó a un hombre sentado en un sofá en el salón. Tenía una mascarilla de oxígeno conectado a una bombona y estaba entubado. El secretario judicial quiso ser profesional:
— Señor García, vengo en representación del juzgado nº 13, en relación al expediente...
— Corte el rollo y llame al director de la sucursal y al juez ahora mismo... — interrumpió mordaz el enfermo.
— ¿Qué dice?
El enfermo se abrió la bata y mostró una carga de explosivos. Los cuatro agentes echaron mano de sus pistolas reglamentarias. Pero dudaron. El enfermo desahuciado, todo tranquilo, les dijo:
—  Tranquilitos, ¿eh? Yo me voy a ir de este mundo en cuestión de horas, ¿saben? Y quiero que vengan el director del banco y el juez aquí o ustedes también se irán antes de la hora. A mí me da igual, no tengo nada que perder, ustedes verán, porque pa lo que me queda...
El secretario judicial sudaba, pero quería dar la impresión de controlar la situación:
— Señor García, no empeore las cosas...
— Venga usted a echarme —le espetó el enfermo.
Calma, se necesitaba calma, sangre fría. No había más opción que ceder. El secretario judicial llamó al director de la sucursal bancaria y al juez. Les explicó rápidamente lo que sucedía. No quería rogarles que viniera, pero su tono de voz se había vuelto lastimero. Mientras, en la calle, se oían cada vez más fuerte el tráfico.
Media hora después entraron el juez y el banquero.
— Señor García, esto es un error... —empezó diciendo el juez, mientras los policías, visiblemente nerviosos, seguían empuñando sus armas.
El señor García sostenía una especie de mando con dos botones en la mano derecha, con un cable que iba directamente a los explosivos que rodeaban todo su cuerpo. 
— Puede ser un farol —se atrevió a opinar uno de los agentes.
— Podría —respondió el enfermo—. ¿Por qué no lo comprueba, agente?
Pero el agente no se movió de su puesto.
— Señor banquero, ¿usted no dice nada?
El banquero no separó los labios.
— ¿Saben ustedes que van a morir?
Hubo aún más silencio en el interior, aunque el ruido del tráfico de fuera iban en aumento. A pesar de estar en un octavo piso, el barullo de la calle llegaba perfectamente por la ventana abierta.
— Ustedes, todos ustedes, son unas ratas. Yo voy a morir. Tengo un cáncer terminal, estoy doblemente desahuciado. El médico me dijo que ya tendría que estar muerto, pero que sería cuestión de días... o de horas. He decidido morir en este piso porque es mío. Y ustedes van a verme morir. Sí, van a verme morir, quieran o no. Usted, señor juez, levantará mi cadáver cuando esté muerto y usted, señor banquero, tendrá el honor de haber solicitado el desahucio de un desahuciado, qué juego de palabras tan gracioso, ¿verdad?
Durante el discurso, uno de los policías se había ido moviendo hacia la puerta. Se la encontró cerrada. Imposible de abrir desde dentro. El desahuciado tenía un cómplice. Estaban todos encerrados en aquel apartamento. No había escapatoria.
— Pónganse cómodos y esperen mi muerte... Y no se me acerquen mucho, porque si alguno de ustedes llega a ponerse a un metro de mí, hago estallar la bomba... Pero tranquilos, probablemente es cuestión de horas. Ah, y mientras tenga constantes vitales, no intenten desactivar la bomba. Si la temperatura de mi cuerpo está por encima de 32º y se toca, explota... Ventajas de haber sido artificiero en la mili...
La tensión se mascaba en el ambiente.

— Como creo que no me creen, les he preparado una muestra —dijo el enfermo y pulsó uno de los dos botones del mando.

En el descansillo sonó una explosión.

— Ya no hay escaleras para bajar... —y el enfermo reprodujo un estertor parecido a una risa—. Y hay otra bomba en la ventana, por si tienen tentaciones... ya me entienden.

El banquero, el juez, el secretario judicial y los cuatro agentes optaron por sentarse en el suelo, pues no había más mobiliario. Solo deseaban que aquel tipo se muriese enseguida.

— Señor García —comenzó diciendo el secretario judicial—, mire, tengo familia, dos hijos, y pago una hipoteca...

— Yo también tengo familia —añadió el juez—. Precisamente iba a acudir a la graduación de mi hija esta tarde. Estoy tan orgulloso de ella —su voz sonó totalmente emocionada.

— Señor García —terció entonces uno de los policías, aquel que podría parecer más humano—, esto no tiene por qué acabar así. Yo tengo que acompañar a mi hijo a su partido de fútbol... Va a ser un campeón, estoy seguro. Estoy muy orgulloso de él.

El señor García solo sonreía de medio lado.

— ¿Y entonces, por qué son tan hijoputas? —largó de repente el enfermo—. Yo ya no tengo nada: ni esposa, ni hijos, ni pensión... y ahora ni salud ni casa. Y a propósito, señor banquero, ¿usted qué?

Pero el banquero callaba. Tenía dos billetes de avión a Jamaica, pero no iría siquiera con su mujer, lo justificaría como uno de tantos viajes del banco...

*   *   *

La espera fue angustiosa. Después de 36 horas, el señor García daba su último suspiro. Uno de los policías se lanzó hacia él, pero sus compañeros lo retuvieron:
— Espera, hay que esperar a que su cuerpo se enfríe...
Continuó la espera aún un par de horas.
— Voy allá... —dijo el agente finalmente y empezó a manipular el explosivo.
Pero entonces la explosión llegó inesperadamente. El apartamento desahuciado del señor García dejó de existir y dio paso a una especie de terraza en lo alto del edificio que lo había albergado hasta unos minutos antes. Los cadáveres de todos los presentes en el apartamento se desparramaron en tres kilómetros a la redonda en fragmentos minúsculos.
Si el señor García hubiera estado vivo, habría reconocido a aquella caterva que él no había jugado limpio, que la bomba estaba preparada para estallar en cualquier caso y llevarse por medio a todos los que allí estuviesen, porque los otros tampoco habían jugado limpio, nunca lo hacían, no era una cuestión de justicia, nunca lo sería. Pero a él los desahucios ya le daban igual y había conseguido que, por una vez, al banquero, al juez, al secretario judicial o a los ex-robustos policías también les diesen igual.

Frantz Ferentz, 2013

USTÉ NO SABE CON QUIÉN ESTÁ HABLANDO...



El presidente iba a hacer pis por primera vez desde que era presidente. Había hecho pis cuatro horas antes, pero entonces era solo líder de la oposición. Ahora, con el cargo ya jurado, entraba en el baño del palacio presidencial todo dispuesto a hacer pis. Era un baño de presidente, allí no orinaba cualquiera, solo presidentes... ¡Qué importante se sentía! Justo entonces, se desabrochó la bragueta, se bajó ligeramente el calzoncillo, cogió el pene suavemente con la mano derecha (no se la había lavado previamente, si tal, ya lo haría después, no importaba el olor a puro habano que desprendía, pues, total, pensó, lo que le gusta a mi boca, le gusta a mi pene...). Y soltó la presión del esfínter.
— ¡Alto!
Era una voz de mujer, pero sonaba con una autoridad indiscutible. No obstante, el efecto de aquel chorro de voz fue que el chorro de orina se detuviese ipso facto. Ni una gota acabó surgiendo del pene con aroma a puro habano del presidente, que seguía sosteniéndose el pene con la mano diestra.
Pero él era el presidente. Muchos millones de ciudadanos lo habían votado a él como líder de la nación.
— Oiga, šeñora, ¿cómo še atreve? —dijo en el tono más potente que pudo, lo cual tampoco era mucho.— ¿Eš que no šabe ušté con quién eštá hablando?
Pero la señora en cuestión le respondió en un tono infinitamente más autoritario que no dejaba lugar a réplicas:
— Me da igual quien sea usté. Solo le digo que en este baño ningún hombre va a mear nunca de pie. Usté mea sentao, ¡porque lo digo yo! No soy la esclava de nadie... ¿me entiende? Usté mea sentao siempre, que no estoy dispuesta a limpiar gotas de pis por tol baño. Y no me lo haga repetir porque le corto el pito y se queda sin cerebro, ¿m'ha entendío?
La señora de la limpieza no espero una respuesta. Simplemente, salió del baño presidencial pegando un portazo.
Cuando tres años después la señora de la limpieza se jubiló, no contó a nadie aquel incidente, como tampoco el presidente. Por eso, la nueva señora de la limpieza nunca llegó a entender cómo era posible que el retrete que usaba el presidente nunca estuviera salpicado de manchas de orina alrededor, si hasta parecía que orinase sentado...

Frantz Ferentz, 2013