Saturday, October 12, 2013

DÉJEME QUE NO LO CUENTE


Me coloqué pacientemente en la cola. En el aeropuerto de Oporto tienen la costumbre de hacer embarcar a pie a los pasajeros de cierta aerolínea de bajo coste. Paciencia. Venía con mi suegra, mi cuñada y mi esposa. Hablábamos, como no podía ser de otro modo, en checo, pues ellas tres son de Chequia. El tipo que estaba justo antes de mí, español, ya había tenido que soportar, justo antes de atravesar la puerta de embarque, que su mujer dijese ante la pareja amiga que era un tonto del culo porque se había ido en mitad de la fila al servicio con los billetes. Sin embargo, cuando estábamos fuera, esperando subir al avión al borde de la pista, la señora la emprendió de nuevo con el señor. Lo llamo inútil, anormal, estúpido, le echó en cara no sé qué cantidad de cosas. Todo ante la misma pareja de amigos.Yo lo miraba de reojo. No quería darle a entender que entendía todo cuanto decían, como si yo no compartiera nacionalidad con él. De hecho, yo hablaba en checo con mi familia, no tenía forma de saber que yo también era español. Aquel hombre me daba pena, mucha pena. Quizás me recordaba a alguien... Sí, claro que me recordaba. Y justo antes de que fuéramos a embarcar, el hombre me miró tan solo dos segundos con infinita tristeza. Leí sus ojos. Me dijo: «Gracias por no entender lo que me dice mi esposa».
Pero sí lo había entendido. Con inmensa pena. Por eso, señor, quienquiera que usted sea, aquí y ahora cuento su historia, porque, aunque usted no lo quisiera, yo sí hablaba su idioma y el de su tristeza.

Frantz Ferentz, 2013


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