Sunday, October 20, 2013

VALOR DE VALORES

Maria Carlota había recibido el encargo personal del recién nombrado ministro de educación, el conservador I. Del Valor, para educar verdaderamente a aquellos alumnos, un grupo brutalmente adoctrinado por la ley escolar del gobierno anterior. El ministro le había dicho a ella, y a toda aquella primera hornada de maestros recién incorporados al cuerpo público de maestros, que su misión era transmitir los verdaderos valores a la infancia. Qué bonita la palabra valores, que hasta la llevaba el ministro en su apellido. Por lo demás, María Carlota siempre la tenía en la boca, en la mente, en el corazón: valores.
El primer día de clase, al margen del programa, sus alumnos de seis años le preguntaron:
— Profesora, ¿de dónde vienen los niños?
María Carlota encajó el golpe. Había de ser pedagógica. Iba a coger el toro por los cuernos. Comenzaría a trasmitir valores:
— A los niños los trae la cigüeña —explicó María Carlota.
— ¿De dónde?
— De París —la segunda respuesta fue automática, estaba almacenada en lo más profundo de la memoria de la maestra, de su más tierna infancia, de su más tierno tabú sexual.
— ¿Pero puede una cigüeña volar desde París a Tokio?
— ¿Y puede volar una cigüeña al Polo Sur? ¿No se congelaría?
— ¿Y hay cigüeñas para llevar tantos niños que nacen cada día?
María Carlota se echó las manos a la cabeza. Comprendió que el mal estaba hecho, que aquellos niños de seis años ya estaban adoctrinados, que el gobierno de izquierdas anterior ya los había corrompido. Lloró, lloró valores.
Por eso, cuando aquella noche su marido se le insinuó besándole el cuello y quitándole las cintas del camisón, ella se volvió bruscamente, lo empujó lejos de ella y le espetó:
— ¡Si quieres follar sin compromiso, búscate una cigüeña!


Frantz Ferentz, 2013

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