Monday, October 14, 2013

SOSTIENE DON QUIJOTE

La madre se dio cuenta de la cara desencajada del hijo de diecisiete años al entrar en casa para comer. Algo había pasado. Su instinto materno se lo decía.
— ¿Te ha pasado algo en clase, hijo? —preguntó la madre preocupada.
— No, nada...
— A ti te ha pasado algo, que lo sé yo.
— Bueno, sí —acabó reconociendo el hijo—, que he visto un molino ahí fuera, con las aspas girando.
La madre se tranquilizó. Era normal que su hijo hubiera visto un molino, dado que vivían en un pueblo manchego. Por su parte, el hijo se sentó a comer e intentó olvidar al molino que había conocido en las afueras del pueblo y que intentó hacerse su amigo moviendo los brazos.
Mientras, un gigante se sentaba totalmente solo en la colina que dominaba el pueblo y dejaba caer una lágrima porque todos los habitantes de aquel pueblo manchego se empeñaban en creer que él era un molino, porque ver gigantes donde hay molinos solo le pasaba a Don Quijote. Por eso, el gigante sabía que allí nunca llegaría a tener amigos.

© Texto: Frantz Ferentz, 2013
© Foto: Nataša Frías, 2012

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