Saturday, November 30, 2013

TRATADO SIMPLÍSIMO SOBRE LA FELICIDAD

— ¿Qué lees? —preguntó él a entrar, al tiempo que se inclinaba sobre la mesa para ver la pila de facturas llegadas durante el día.
El Principito... Y sabes, aquí está mi frase favorita: «L'essentiel est invisible pour les yeux», que significa...
— No me lo digas, que yo ya sabía francés mucho antes de que tú nacieras... Y deja de hacerme cosquillas en la oreja.
— No, no he sido yo, estoy aquí sentada, no me he movido.
Él se giró y comprobó que, efectivamente, ella seguía sentada en el sofá leyendo el libro, con una manta tapándole las piernas hasta el pecho.
Él gruñó ligeramente, siguiendo la tónica de su enfado perpetuo.
Ella, que había notado todo, sonrió y dijo:
— Mira que si fuera cosa de un ángel travieso invisible a tus ojos que te hace cosquillas con las alas...
Él se fue del salón sin decir palabra, pero sin atraverse a rascarse la oreja, no fuera que...

Frantz Ferentz, 2013

Sunday, November 24, 2013

EL LADO SENSIBLE Y FEMENINO DE TODO MACHO

— No me gusta el macho bestia e insensible que veo en ti. Sé que hay una parte de ti que es tierna, hasta me atrevería a decir que es femenina. Si la encuentras, avísame y volveremos a salir —le dijo ella con lágrimas en los ojos al tiempo que abandonaba el bar.
Fuera, llovía.
Él no cejó de pensar en aquellas palabras. 
Le gustaba a rabiar aquella mujer. 
Haria cualquier cosa por recuperarla. 
Pasaron dos semanas de reflexión.
Al final encontró su parte sensible y, por tanto, femenina.
Resultaron ser sus genitales.
Allí residía su máxima sensibilidad.
Se ató un bonito lazo rosa alrededor del pene y sonrió emocionado.


Frantz Ferentz, 2013

Tuesday, November 19, 2013

MIENTRAS CAMINABA, NOTÉ UN RUIDO A MIS ESPALDAS

Mientras iba caminando, noté un ruido a mis espaldas, como de algo que se caía al suelo. 
Quizás se me había caído a mí, quizás fuera una moneda.
Quizás, pero no me importaba, no tenía importante que recoger si es que se me había caído.
Seguí caminando.
Pero entonces unos dedos me golpearon suavemente en el hombro.
Me giré.
Una niña me tendía algo en la mano que no alcanzaba a distinguir.
La niña me dijo:
— Señora, se le ha caído esto.
Y me lo devolvió poniéndomelo en la mano.
Entonces pudo verlo.
Era mi sonrisa.
Se me había caído la sonrisa.
Probablemente había caducado en mi boca por no usarla.


Frantz Ferentz, 2013

USTED NO SABE QUIÉN SOY YO


Él, famosa celebridad nacional, se encaró al guardia que lo había obligado a detenerse y le estaba poniendo una multa, preguntándole:
— ¿Usted no sabe quién soy yo? —le espetó la celebridad en tono arrogante.
El guardia se pasó la lengua por los labios y dejó de escribir para preguntar:
— No, no lo sé ¿Y usted sabe quién soy yo?
— Pues no.
— Pues menudo problema tenemos, porque ninguno sabemos quiénes somos —respondió el guardia y siguió rellenando la multa.

Frantz Ferentz, 2013

Monday, November 18, 2013

VERITAS DURA, SED VERITAS

— Verá, doctor —empezó a decir Gilberto a su nuevo psiquiatra—, creo que mi problema es que tengo una autoestima tan baja, tan baja, que me siento una mierda.
El psiquiatra tomaba notas seriamente, con las piernas cruzadas, mientras oía hablar a Gilberto tumbado en el diván.
— Si usted ahora me dijese que mi voz le suena ridícula, por ejemplo, me sentiría tentado de tirarme por la ventana...
El psiquiatra tomo buena nota de aquello y escribió en su bloc de notas: «Su voz suena a flauta, pero no se lo puedo decir o me quedo sin paciente».
— Necesito que no todas las personas que me miran me vean como un cretino, doctor. No lo resisto más.
La charla continuó una hora y media, con Gilberto hablando y el psiquiatra tomando notas y haciendo dibujitos en los márgenes, aunque lo de los dibujitos no había vuelto a hacerlo desde sus tiempos de estudiante en la universidad, cuando se aburría tomando apuntes.
De repente, Gilberto se interrumpió y se incorporó en el diván.
— Perdone, doctor, ¿puedo ir al baño?
— Sí, claro, cómo no. Salga por el pasillo y la segunda puerta a la derecha.
— ¿Y tiene espejo allí?
— Eh... sí. ¿Por qué lo pregunta?
— Porque si hay espejo, entonces veré mi imagen. Y si veo mi imagen, entonces lo poco que hemos avanzado en esta hora y media se irá a la mierda... —explicó Gilberto.
— No entiendo por qué —quiso razonar el psiquiatra—. Tiene usted un buen aspecto.
— No es eso, doctor. Es que, si me ve, mi imagen se echa a reír y me llama pringao, ¿sabe usted? Y eso, francamente, me mina la moral...


Frantz Ferentz, 2013

Saturday, November 09, 2013

EL GRAN HERMANO... MIOPE


Germán García estaba tranquilamente delante de su ordenador, en su estudio de casa, trabajando como siempre, como un esclavo, impasible al correr del tiempo, sintiendo que el ordenador era una prolongación de sí mismo y que, si se lo proponía, él llegaría a navegar por internet.
De repente sonó un golpe en la puerta.
«Los animales de los vecinos», pensó Germán, creyendo que estarían moviendo un mueble.
Pero no, justo a continuación, la puerta fue abierta violentamente con una especie de ariete.
En cuestión de dos segundos, veinte policías con la cara cubierta lo apuntaban con sus armas reglamentarias.
Germán levantó instintivamente los brazos, abandonando el tacto vicioso del teclado.
Unos instantes después entró un hombre vestido de negro, con gafas de sol negras y fumando un cigarrillo americano de una marca cara.
— Señor García —empezó a decir el tipo de negro—. Nuestros agentes han detectado que usted lleva todo el día buscando en el buscador palabras como CIA, yihad, al-Qaeda, Mossad, y otras muchas más, todas en alemán. Por tanto, hemos concluido que está usted intentando contactar con grupos terroristas en Alemania para preparar atentados, o simplemente para unirse a ellos...
Y el tipo de negro soltó una bocanada de humo sobre el pobre Germán García.
— ¿Algo que alegar en su defensa? —preguntó con una medio sonrisa el tipo de negro.
— Sí, que las buscaba en alemán porque necesitaba su género...
Al tipo de negro se le quitó la sonrisa de la cara, mientras los veinte agentes lo miraban atentamente con un ojo por si daba orden de abrir fuego.
— Explíquese y convénzame si quiere salir de aquí vivo.
— Fíjese en ese diploma que cuelga en la pared.
El de negro se fijó, era un título de graduado en traducción e interpretación.
—¿Y? —siguió preguntando el hombre de negro.
— ¿No lo entiende? Llevo todo el día buscando ese tipo de palabras en el Google porque no conozco su género en alemán. No sé si llevan artículo der, die o das, porque estoy traduciendo un texto sobre lucha antiterrorista. ¿Quiere usted verlo?
El hombre de negro lanzó con furia el cigarrillo al suelo, lo pisó aún con más furia e hizo un gesto seco con la mano a los veinte agentes para que salieran de allí.
En tres segundos el piso de Germán García estuvo vacío.
La colilla aplastada en el suelo y la puerta rota eran los únicos restos visibles de aquella invasión frustrada.
Pero Germán hubo de reconocer que se lo había pasado en grande, le había gustado la experiencia, pues había roto su rutina infernal de traductor esclavo y hasta le había quitado una buena porción de estrés.
Además, sabía que el gobierno tendría que indemnizarlo por los destrozos de la puerta.
Pero lo cierto es que le hacía falta cambiar la vieja estantería de los libros, que era herencia de su abuelo... necesitaba que el gobierno se la echase abajo —la usaría temporalmente de puerta— y él entonces no tenía dinero para ello.
Por eso, se olvidó por un momento de la traducción que tenía entre manos y con una sonrisa picarona en la boca empezó a teclear en Google: "bomba, asesinar, presidente del gobierno".

Frantz Ferentz, 2013

Thursday, November 07, 2013

UNA CRIATURA MAGNÍFICA RECORRE LAS SOMBRAS BAJO LOS PUENTES DE BROOKLYN

John tenía un síndrome de abstinencia insoportable.
Pero, en su caso, resistirse era inútil, porque de lo que se abstenía era de su propio alimento.
Sabía que atacar en la ciudad era peligroso, muy peligroso.
Si lo descubrían, no solo pondría en peligro su propia existencia, sino la de todo el clan.
Pero o se arriesgaba, o caía inánime en la acera, donde, quizás, unos barrenderos simplemente lo recogerían y su pobre cuerpo acabaría en un vertedero.
Qué triste fin para una criatura tan magnífica como él.
Bajo los puentes de Brooklyn encontraría la víctima propicia.
Tendría todo el cuidado, y aún más.
La encontró enseguida.
Se trataba de un hombre obeso, muy alto, que contaba billetes amparándose en la sombra.
Era perfecto.
Ágil como un gato, se acercó hasta el hombre obeso sin ser notado.
Cuando el tipo quiso darse cuenta, ya dos colmillos estaban clavados en su cuello.
Y John sorbió.
Sorbió con ganas.
Pero enseguida escupió lo sorbido y exclamó:
— ¿Pero qué mierda es esta? ¿Esto no es sangre?
El hombre obeso sonrió estúpidamente y explicó:
— Bueno, no es sangre natural... Es sangre artificial. Llevo siete litros en el cuerpo, ¿sabe usted? Es que, como soy testigo de Jehová, no me podían transfundir sangre. Por eso, mandé fabricar esta sangre sintética, funciona muy bien, ¿sabe usted?
John, pese a todo, había tragado un poco de aquel líquido.
Ya era demasiado tarde, su cabeza empezaba a darle vueltas.
Antes de abandonar la realidad, John pensó que aquella sangre artificial colocaba de lo lindo, mejor que la cocaína...
— ¿Le importa si tomo un poco más de eso? —preguntó al hombre obeso—. Ya es solo por vicio... 


Frantz Ferentz, 2013

Wednesday, November 06, 2013

CURSO SUPERIOR DE USO DE UN CAJERO AUTOMÁTICO


El tipo tocaba con parsimnia las teclas en el cajero. Luego se paraba. Volvía a teclear. Hasta que finalmente dejó de teclear. Y solo se dedicó a mirar la pantalla. A veces tecleaba rápidamente con los dedos en la pared del cajero, pero no en el teclado.
Fonso, desde fuera, se estaba poniendo cada vez más nervioso.
"¿Ese hijo puta a qué juega?", le pregunto a su novia Toñi.
Pero Toñi no respondió solo se encogió de hombros e hizo una pompa con el chicle que le estalló en la cara.
El tipo de dentro seguía inmóvil, observando la pantalla, como si nada. Transcurrieron al menos cinco minutos. Fonso había ya soltado toda su retahíla de tacos, por lo que tuvo que volver a empezar. También fuera se iba formando una fila cada vez mayor. Finalmente, el tipo de dentro sacó la tarjeta y retiró unos billetes. Luego, con toda la calma, se dirigió hacia el exterior.
"Ahora no seas una mala bestia", pidió Toñi a Fonso. "No le partas la cara que te conozco".
Fonso quiso demostrar que él era un tipo con clase.
Ironía. Sí, ironía, actuaría con ironía. Cuando el tipo estaba saliendo, con la cabeza gacha, Fonso le dijo:
"¿Qué pasa, colega, que has tardao tanto porque estaban fabricando el dinero?"
Pero el tipo siguió de largo, asintiendo con la cabeza, sin responder, como si aquello no fuera con él.
Fonso entró en el habitáculo del cajero acompañado de Toñi. Metió la tarjeta en el cajero. Se trataba de una caja de más de dos metros de alta por medio metro de ancha y también de honda, pegada a la pared, de un feo color amarillo roñoso.
En ese momento, en el visor del cajero apareció una frase:
«Este cajero está en fase de automantenimiento. Espere unos minutos o acuda al cajero más próximo».
Ahí ya Fonso perdió los nervios.
"¡Unos cojones!", gritó fuera de sí y empezó a dar patadas y manotazos al cajero, al tiempo que lo insultaba.
De repente, una pequeña puerta se abrió en un lateral. Por ella salió un gnomo que llevaba una lente de aumento, a modo de lupa, sobre un ojo y un pincel en la mano. Vestía una bata de pintor, que estaba toda llena de manchas de colores.
El gnomo se plantó ante Fonso al tiempo que le dio una patada en la espinilla, pese a su pequeño tamaño. Fonso se lo quedó mirando sin dar crédito a sus ojos. Luego el gnomo le dijo:
"Pero animal, si das esos mamporros, ¿cómo quieres que fabriquemos el dinero sin que se nos corra la tinta?"


Frantz Ferentz, 2013

USTED NO SABE CON QUIÉN ESTÁ HABLANDO

A la famosa y mediática periodista no le gustaba nada que la contrariasen y menos aún que le cerrasen el paso.
Aquellos repugnantes izquierdistas —¿quién sería el mal nacido que imbuía aquellas ideas demenciales?— se daban unos aires intolerables. 
Ella, Nieves Iriarte Valor no iba a permitirlo. 
Sin quitarse las gafas de sol —no era cuestión de que se notasen sus ojeras después de la juerga— sacudió un manotazo que sonó a metálico a aquella mole que se interponía en su camino impidiéndole pasar, al tiempo que lanzaba el ataque verbal más fulminante que conocía:
— Usted no sabe con quién está hablando.
Y la mole, tras recibir el brutal impacto de la famosa y mediática periodista, solo dijo con voz femenina:
— Su tabaco, muchas gracias...
E infamemente dejó caer un paquete de tabaco de sus entrañas. 
Eso sí, sin clase alguna, como corresponde a un rojo de mierda.


Frantz Ferentz, 2013

Tuesday, November 05, 2013

JEHOVITAS (2)


Llamaron a mi puerta.

No me esperaba a nadie a las 8 de la tarde. 
Fisgué por la mirilla.
Olían a jehovitas.
Eran jehovitas.
Él con la corbata torcida y el traje desconjuntado.
Ella con la falda hasta el tobillo y más allá.
Me dieron pena.
Abrí, no obstante.
— Hola, venimos a traerle una buena noticia —empezaron a decirme... —empezó el hombre.
— Un momento. ¿Ustedes son testigos de Jehová?
— Eh... sí —volvió a hablar el hombre, porque él llevaba la voz cantante, ella era comparsa.
— Verán, yo conozco lo de los 144.000 seres humanos que se salvarán, pero es que yo no soy humano...
Ellos abrieron ojos como platos.
Entendí que no iban a creerme por mera fe, así que me despojé de la careta que me daba aspecto humano y les mostré mi rostro de alienígena, con dos grandes ojos y totalmente calvo.
Ellos seguían mirándome, paralizados.
— Así que, mientras no me sepan decir si para los extraterrestres hay un grupo de 144.000, no puedo unirme a su iglesia...
A él le temblaba el labio inferior.
Ella se agarró al brazo de él para no caerse al suelo.
Los pobres tenían que haber pensado que era jalouín.
Pero no lo pensaron.
No obstante, no han vuelto a darme la tabarra.
Probablemente se trate de un problema teológico para el que todavía no ha encontrado respuesta.

Frantz Ferentz, 2013

Sunday, November 03, 2013

SUEÑOS ERÓTICOS CON LA VECINA

Enrique entró en el ascensor con su mujer. 
Justo cuando se cerraba la puerta, entró Quira, la vecina joven y guapa de enfrente. 
Puso el pie entre las puertas y sonrió a modo de saludo y disculpa. 
Luego se colocó de espaldas a Enrique y su mujer. 
Durante el trayecto de descenso, Enrique miraba de reojo aquella espalda que se abría en un generoso escote hasta la mitad y que se le antojaba una estepa salvaje hecha solo para cabalgarla.
Le parecía estar oyendo los gemidos de Quira mientras él le besaba al galope la espalda.
El aroma de ella le resultaba más que familiar, le parecía incluso parte de su vida.
Entonces se dio cuenta de que su mujer lo miraba con cara de perro.
Tal vez adivinase sus fantasías eróticas con la vecina.
Dejaron salir a Quira que se despidió con un suave hasta luego.
Enrique solo le dijo a su mujer cuando ella estuvo ya fuera del portal:
"Te juro que no tengo nada con esa señora, si es lo que estás pensando".
"Ya, pero no será por falta de ganas", le soltó ella.
Salieron juntos.
Una vez fuera, volvió a recordar aquella espalda.
Recordó aquel lunar que él besaba con fruición como si fuese un cráter...
Pero, alto, ¿cómo sabía él lo del lunar?
Enrique, en ese momento, tuvo una pequeña taquicardia.
Ató cabos.
Él era sonámbulo.
Y de vez en cuando, caminando en sueños, viajaba en ascensor en mitad de la noche.
Sospechó, sí, sospechó, que Quira también era sonámbula.
Eso explicaba muchas cosas.
Como que realmente cabalgaba con sus labios la espalda de ella y conocía todos sus recovecos.
Según abría la puerta del coche y sin mirar a su mujer a los ojos deseó en el fondo de su alma despertar la siguiente noche cuando estuviese con Quira en el ascensor.
Deseó que su mujer nunca se enterara y, si fuera posible, despertar una noche en medio del sexo fogoso con Quira.
Ya en el auto, él metíó la llave en el arranque del coche y puso el motor en marcha; mientras tanto, ella sonreía para sus adentros felicitándose por su idea de hacerse pasar por la vecina durante las noches de sonámbulo de su marido.

Aquellas noches tenía el mejor sexo del mundo.

Frantz Ferentz, 2013

Saturday, November 02, 2013

LA VENGANZA

Leila había decidido cumplir su sueño: presentarse a un concurso de literatura erótica de su propia ciudad. 
Tras mucho meditarlo, decidió que lo haría. 
Era su afán, su ilusión, su mayor deseo y sabía que era un estilo en el que se desenvolvía bien. 
Llegó incluso a enviar tres relatos al concurso. 
En el caso hipotético de que ganase, el hecho de que fuese un concurso de relato erótico no iba a influir en su vida. 
Vivía en Europa, no en un país islámico donde la lapidarían por algo así.
Eso pensaba ella.
Leila ganó el concurso. 
Lo hizo con el acuerdo unánime del jurado por la sensualidad de sus descripciones y las reacciones humanas ante el sexo.
Se hizo público su nombre. 
Y ahí comenzaron sus problemas. 
Ella no se esperaba aquella reacción de su propia ciudad. 
Cuchicheos en la calle, mujeres que la miraban mal al cruzarse con ella y luego murmullos, gritos anónimos de guarra, puta, viciosa, zorrona... desde cualquier esquina. 
La acusaban de ser prostituta con la pluma, cuando era de todos sabidos que las putas, si lo son, hacen su trabajo en silencio.
Leila tuvo que aguantar aquel acoso durante medio año hasta que se supo públicamente que había ganado otro concurso literario de la ciudad. 
Aquel no era erótico. 
Ni falta.
El relato ganador de Leila comenzaba con este párrafo: 
«Tras meses llamándola puta por las esquinas, la mujer decidió llevar a cabo su venganza. 
Una mañana, la estatua de un antiguo alcalde amaneció con un collar de testículos frescos. 
Los testículos eran humanos. 
Aquellas partes íntimas habían estado colgando, hasta unas horas antes, de los vecinos de la ciudad, sus legítimos propietarios».
A partir de ahí, se desarrollaba toda una trama sagaz y magistralmente escrita.
Al día siguiente, nadie en la pequeña ciudad volvió a señalar a Leila.
Leila causaba terror.
Sí, terror por si acaso pasaba de la pluma a los hechos.

Frantz Ferentz, 2013