Monday, November 18, 2013

VERITAS DURA, SED VERITAS

— Verá, doctor —empezó a decir Gilberto a su nuevo psiquiatra—, creo que mi problema es que tengo una autoestima tan baja, tan baja, que me siento una mierda.
El psiquiatra tomaba notas seriamente, con las piernas cruzadas, mientras oía hablar a Gilberto tumbado en el diván.
— Si usted ahora me dijese que mi voz le suena ridícula, por ejemplo, me sentiría tentado de tirarme por la ventana...
El psiquiatra tomo buena nota de aquello y escribió en su bloc de notas: «Su voz suena a flauta, pero no se lo puedo decir o me quedo sin paciente».
— Necesito que no todas las personas que me miran me vean como un cretino, doctor. No lo resisto más.
La charla continuó una hora y media, con Gilberto hablando y el psiquiatra tomando notas y haciendo dibujitos en los márgenes, aunque lo de los dibujitos no había vuelto a hacerlo desde sus tiempos de estudiante en la universidad, cuando se aburría tomando apuntes.
De repente, Gilberto se interrumpió y se incorporó en el diván.
— Perdone, doctor, ¿puedo ir al baño?
— Sí, claro, cómo no. Salga por el pasillo y la segunda puerta a la derecha.
— ¿Y tiene espejo allí?
— Eh... sí. ¿Por qué lo pregunta?
— Porque si hay espejo, entonces veré mi imagen. Y si veo mi imagen, entonces lo poco que hemos avanzado en esta hora y media se irá a la mierda... —explicó Gilberto.
— No entiendo por qué —quiso razonar el psiquiatra—. Tiene usted un buen aspecto.
— No es eso, doctor. Es que, si me ve, mi imagen se echa a reír y me llama pringao, ¿sabe usted? Y eso, francamente, me mina la moral...


Frantz Ferentz, 2013

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