Monday, January 20, 2014

NOTRE DAME

John Arthur Farrell, fotorreportero de profesión y vocación, cuarenta y cuatro años. Lo suyo era retratar ciudades y publicar reportajes sobre las mismas en The National Geographic o cualquier otra revista que le comprase sus materiales. Estaba bien cotizado su trabajo. Era bueno, muy bueno. Exploraba las ciudades como quien explora las selvas, siempre pertrechado de un chaleco lleno de bolsillos y una cámara de fotos de última generación. Últimamente también se acompañaba de un móvil inteligente con GPS.
Aunque John conocía sobradamente París, nunca le había dedicado un reportaje. Ya eran horas, pensó. Al tercer día decidió dedicar a la catedral toda su atención. ¿Por qué tan tarde? Ni él mismo lo sabía. Quizás el beaujolais tenía la culpa. La cuestión era que había preferido dejar la visita para el anochecer. En aquellos primeros días de enero, la noche, pensaba él, traería más magia a la catedral de París. Se lo habían recomendado. ¿Quién? Daba igual.
Se aproximó desde el oeste, siguiendo el río. Lo atravesó en el Pont Neuf. Siguió luego por la orilla izquierda del río. Según se acercaba, comezó el repique de campanas. Era ensordecedor. De hecho, en el paseo junto al río, por debajo de las calles, no conseguía oír el tráfico urbano. John sintió un cierto atontamiento, pero eso no rebajó su fascinación. Frente a él se alzaba la catedral impresionante. Subió a nivel de la calle, atravesó el Pont Saint Michel y avanzó hacia la fachada. Los turistas acudían en masa. John no lo dudó y comenzó a captar imágenes de aquella fachada centenaria que lo entusiasmaba. Por un instante pensó en captar, gracias a su teleobjetivo la imagen de Quasimodo en el campanario. Sonrió ante aquel pensamiento. El zum de su cámara le permitía acercar las imágenes enormemente. Y por eso captó aquella mancha de aspecto humano.
En la torre izquierda, sobre uno de los miradores, a bastante altura del suelo, había algo. Enfocó aún más. La iluminación era espléndida, por tanto se podía captar la imagen. Se trataba de un ser humano, sí. Era una mujer. Estaba allí arriba, sola. ¿Qué hacía? ¿Acaso quería suicidarse? El instinto periodístico de John se impuso a cualquier otro sentimiento. Tenía que hablar con aquella mujer. Se abrió paso a empujones entre la multitud que entraba a visitar la catedral. Peste de gente. Oía protestas a sus espaldas. John siguió impertérrito, solo buscaba la puerta de acceso a los miradores de las torres. Cuando las encontró, se precipitó hacia arriba. Nadie lo seguía, pero él se precipitaba hacia arriba, intentando calcular dónde estaba el mirador donde había visto a la mujer.
Lo encontró. Tuvo que empujar una puerta secular. Y allí estaba. La mujer. Pálida. Hermosa. Triste.
 Salut... saludó John.
Ella se giró, envuelta en un chal.
 Qui êtes-vous? preguntó ella.
 John Farrell, photographe américain... Et je me demandais si je peux vous tirer une photo...
Ella lo miró. Su tristeza era contagiosa, mezclada con la melancolía. Su cabello oscuro era corto. La mezcla de tristeza y melancolía de la mujer realzaba su belleza. John no se hizo esperar y la fotografió, tres, cuatro veces.
Vous vous appelez comment, madame?
 Georgina.
 Ce n’est pas français ça...
 Non. Je suis anglaise.
 May I know why you are here?
Ella se viró y volvió a mirar el horizonte de París, quizás hacia el río. Hubo unos momentos de silencio, luego dijo:
 I’m waiting...
 For anybody?
 For something.
El tono de ella sonaba cada vez más enigmático. Por alguna extraña razón, él se sintió fascinado por aquella triste belleza. Pensó que podría enamorarse de ella allí mismo, justo entonces, aun sin conocerla de nada, pero el enigma que envolvía a aquella mujer lo había atrapado mucho más que cualquier instantánea que hubiera hecho en toda su carrera.
What are you waiting for? insistió él, temiendo que le dijese: “for you”, pero no lo dijo, sino que aún mantuvo silencio.
Al cabo de unos segundos, sin volverse, ella comenzó a recitar:

 «When I am dead, my dearest,

Sing no sad songs for me;
Plant thou no roses at my head,
Nor shady cypress tree»

John se quedó helado. No sabía qué decir. Pero al cabo de unos segundos masculló:
━ Christina Rossetti...
━ You know her? ━y ella se giró para preguntar.
━ Sure.
Entonces John tuvo la sensación de que era ese poema, quizás algunos más, lo que Georgina quería oír. John se sacó el móvil del bolsillo y comenzó a apuntar aquellos versos y el nombre de la autora. No quería olvidarla. Tardó apenas un minuto. Luego alzó los ojos. Georgina ya no estaba allí.
John se mordió el labio inferior. Recordó que, precisamente, a menos de un kilómetro de la catedral, estaba la librería Shakespeare. Volvió por donde había venido, a toda velocidad, saltando escalones abajo. Volvió a empujar a todo ser viviente que se interponía en su camino. Su temor era que la librería cerrase. Atravesó el Pont Neuf y enseguida alcanzó la librería Shakespeare, Rue de la Bucherie 37. Sus temores de que estuviese cerrada a aquellas horas eran infundados, al contrario, el ajetreo de gente no cesaba. John entró. Allí dentro acababa Francia. Todo era inglés. Pese a ser su lengua, John se sentía a gusto hablando cualquier idioma que no fuera el suyo propio, de hecho adoraba el francés. Allí dentro, entre paredes de libro, ya intentó no abrirse paso a codazos, intentó por sí mismo encontrar un libro de poemas de Christina Rossetti. 
Tras media hora de intentarlo, se rindió. Encontró una de las personas que trabajaba allí, una pelirroja altísima.
I’m looking for Christina Rossetti.
Does she work here? preguntó la chica.
Actually she doesn’t. She died more than a century ago. She was a British poet.
Estaba sorprendido de la estupidez de aquella muchacha. Ella se dio cuenta del patinazo. Hizo un gesto a John para que la siguiese. Ella lo condujo hasta la caja, donde un joven casi imberbe se encargaba de cobrar. Ella le hizo un gesto para que preguntase al joven.
Please comenzó John, I’m looking for Christina Rossetti’s...
El joven no lo dejó terminar. De repente comenzó a recitar:

 «The hope I dreamed of was a dream,
Was but a dream; and now I wake
Exceeding comfortless, and worn, and old,
For a dream's sake.

I hang my harp upon a tree,
A weeping willow in a lake;
I hang my silenced harp there, wrung and snapt
For a dream's sake.

Lie still, lie still, my breaking heart;
My silent heart, lie still and break:
Life, and the world, and mine own self, are changed
For a dream's sake».

John sonrió. Efectivamente, reconoció aquel poema como de Christina Rossetti. Algunos de los clientes que estaban cerca comenzaron a aplaudir ante aquel inesperado recital y el talento del librero, quien, a continuación, salió de tras la caja, se metió entre el laberinto de pasillos y estanterías y regresó al cabo de dos minutos con una vieja edición, de la década de 1890, de poemas de la poeta británica.
 This is all we have, unless you have the patience until...

John le arrebató el libro de las manos. Pese a tener más de un siglo, el libro se conservaba en perfecto estado. No, no tenía paciencia. Pagó sin rechistar el abultado precio, salió y corrió de nuevo a la catedral. 
Demasiado tarde. Estaba ya cerrada al público.
John se sintió decepcionado. No quería perder el contacto con aquella mujer. En aquel momento no podía hacer nada. Aprovechó para sacar algunas fotos de los alrededores del río de noche, luego regresó a su hotel en el distrito 5, no muy lejos de allí, no sin antes pararse a tomar varias copas de güisqui que lo entonaron.
A la mañana siguiente regresó a Notre Dame. No era tan pronto como hubiera querido, pues quería estar de guardia todo el día si era preciso, pero el efecto de los güisquis lo había mantenido más tiempo dormido de lo deseado. No obstante, se vistió corriendo, se tomó tan solo un café una porquería de café, según él, porque los franceses no sabían hacer un café en condiciones, como los italianos y se plantó en la explanada de de delante de la catedral. A simple vista buscó en los miradores de arriba a la mujer. No estaba. De hecho no había nadie. Hubiera sido demasiado fácil, demasiado bonito.
Se sintió descolocado. ¿Dónde la encontraría? Entró en el templo. Esta vez no se dedicó a dar empujones a los turistas. Intentó mantener la calma. Dentro, los carteles en varios idiomas pedían silencio. Había misa matinal. Se fijó entonces en el lema de la catedral: Via viatores quaerit. Lo entendió sin problemas, pero durante un instante intentó traducirlo mentalmente al inglés de un modo elegante.
 I am the Way which seeks Travellers susurro en su oído por detrás una voz de mujer.
John se volvió. Era ella. Tan solo fue capaz de musitar:
 Georgia...
Ella no sonrió. Se mantuvo seria. Sus ojos seguían transmitiendo melancolía, una melancolía inmensa. Fue visto y no visto, la mujer se perdió entre el gentío. No obstante, John tuvo la sensación de que, si volvía al mirador del día siguiente, la encontraría. Volvió a lanzarse escaleras arriba. Alcanzó el mirador. Sí, ella estaba allí, sola, mirando al horizonte. Era tan hermosa. El corazón de John latía desbocado. 
 I’ve brought you something le dijo.
Ella no se movió. Él leyó en voz alta todo el poema del que el día anterior tan solo había leído la primera estrofa:

«When I am dead, my dearest,
Sing no sad songs for me;
Plant thou no roses at my head,
Nor shady cypress tree:
Be the green grass above me
With showers and dewdrops wet;
And if thou wilt, remember,
And if thou wilt, forget.

I shall not see the shadows,
I shall not feel the rain;
I shall not hear the nightingale
Sing on, as if in pain:
And dreaming through the twilight
That doth not rise nor set,
Haply I may remember,
And haply may forget».

Y entonces ella se volvió. La melancolía de sus ojos había dado luz a una especie de hálito de esperanza.
 Please, read something else le dijo ella.
John lo hizo. Leyó como mejor supo, pues lo suyo no era declamar poesía. De hecho, de aquella misma poeta ni siquiera conocía tanto su poesía, pero sí aquel poema porque lo habían obligado a aprenderlo de memoria en el instituto, allá en su tierra natal, durante la adolescencia. Recitó como mejor pudo.

«I loved you first: but afterwards your love
Outsoaring mine, sang such a loftier song
As drowned the friendly cooings of my dove.
Which owes the other most? my love was long,
And yours one moment seemed to wax more strong;
I loved and guessed at you, you construed me
And loved me for what might or might not be –
Nay, weights and measures do us both a wrong.
For verily love knows not ‘mine’ or ‘thine;’
With separate ‘I’ and ‘thou’ free love has done,
For one is both and both are one in love:
Rich love knows nought of ‘thine that is not mine;’
Both have the strength and both the length thereof,
Both of us, of the love which makes us one».

Al acabar, miró a Georgina. Ella le dijo:
 Gracias.
La hubiera besado entonces. No entendía por qué, pero aquella mujer morena de cabello corto lo fascinaba.
 Let me give you my address just in case you want to contact me empezó a decir mientras escribía en un trozo de papel sus datos, cosa que hizo en pocos segundos, pero bastaron para que, al alzar los ojos, ella hubiera vuelto a desaparecer. 
John sintió entonces una mezcla de rabia y de frustración. Allí estaba él con el libro en las manos. De repente, un pétalo de rosa, salido de ninguna parte se posó en la portada del libro. Había ido cayendo lentamente. John lo cogió con sus dedos, de la forma más tierna que fue capaz con la idea de dejarlo bajo la cubierta. 
Al abrirla, se encontró una dedicatoria escrita a mano que hasta entonces no había visto. Decía así:

To John Arthur Farrell. 
Thanks for making my last will possible, 
thanks for reading those poems 
where I always wanted them to be read,
 in Notre Dame. Now I can finally rest. 
In London, 29th December 1894. 
Christina Georgina Rossetti

Y debajo, la huella de un pétalo de rosa, como el que aún sostenía entre sus dedos.

Frantz Ferentz, 2014

Friday, January 17, 2014

EL VALOR FINAL

En el fondo, después de haber matado a su marido Alfredo, Eloísa hubo de reconocer que malo del todo no era, pese a haber sido un maltratador y un delincuente de la peor calaña. Después de muerto y rodeado de sus amigos, en su marido aún se podía reconocer algo bueno. Tal vez fuera la salsa al limón que tan bien le salía a la propia Eloísa, o, quién sabe, acaso la carne de Alfredo con albahaca e hinojo era lo que hacía que Alfredo tuviese valor, al menos en su carne. En cualquier caso, Eloísa estaba contenta de que los colegas criminales de Alfredo también encontrasen algo bueno en su amigo, algo tan difícil mientras estuvo vivo, aquel cabrón.


Frantz Ferentz, 2014

Thursday, January 16, 2014

EN LA HERENCIA

Amelio dejó una herencia de 80 mil euros, pero 60 mil de ellos fueron para una asociación benéfica, lo cual sorprendió a sus tres herederos directos, pero su asombro fue en aumento cuando el notario les leyó el conceptó escrito en la herencia: "a la Asocación Ángeles de la Infancia dono 60 mil euros en concepto de aparcamiento". ¿De aparcamiento? ¿Qué broma era esa? Ninguno de ellos lo sabía. Lejos estaban aquellos tres infelices de intuir siquiera que Amelio quería pagar de alguna manera a sus ángeles el haberle encontrado siempre sitio para aparcar durante cuarenta años.


Frantz Ferentz, 2014

Sunday, January 12, 2014

MOULIN ROUGE

João Almeida se hospedaba en un hotel muy cerca del bulevar Rochechouart. Le gustaba el sitio en que pasaría varios días en París, tan cerca de Sacre Coeur. Valía la pena formar parte de un tribunal de tesis en la Sorbona y pasarse varios días en aquella ciudad. Desde lo alto, al pie de la iglesia, rememoró los momentos mágicos de su película preferida, Amélie. Aquel primer día se lo pasó visitando el barrio de los artistas, se dejó incluso hace un retrato en la Place du Tertre, aunque no habría manera de cargar aquellos 30 euros como gastos a su departamento...
Descendió hasta el bulevar Rochechouart aquella misma mañana. Buscó un lugar para comer. Casi todos eran kebabs. Eligió uno al azar, ya cerca de Pigalle. El dueño tenía una de esas barbas largas típicas de los islamistas, aunque con el bigote afeitado. Nunca le había gustado aquel tema, pero la comida —en realidad mucha comida rápida— era barata y él tenía un presupuesto muy limitado. 
El camarero permanecía en pie tras el mostrador, atendiendo a los clientes cuando era requerido, pero se dedicaba a ver los documentales sobre naturaleza en la tele. Tan solo un par de veces salió de la cocina la que supuso que sería su mujer, totalmente vestida de negro, con guantes negros... No se le veía ninguna parte de su cuerpo, salvo aquellos inmensos ojos castaños, probablemente los más hermosos ojos de mujer que había contemplado nunca. 
Después de comer, aún impactado por la visión de aquella mujer, sobre todo de sus ojos, que se le antojó encarcelada en una vestimenta, siguió caminando en dirección oeste. Maldita la gana que tenía de seguir leyendo la tesis. Y allí se topó el célebre Moulin Rouge. No es que el cabaré fuera su tipo de espectáculo favorito, pero Nicole Kidman había sido su amor platónico ya desde la adolescencia y no podía dejar de ver el mítico lugar. No obstante, era muy temprano para que hubiera espectáculos a aquellas horas. Así, João regresó al hotel y siguió con la lectura de la tesis, hasta la noche.
Volvió a cenar al mismo kebab. Mismo dueño, misma comida, misma rutina, salvo que la mujer no se dejó ver. João echó de menos aquellos ojos. 
Dentro del Moulin Rouge, João solo se pudo permitir la entrada más barata, 50 euros con derecho a un zumo de naranja. Qué miseria. Tampoco se lo podría cargar al departamento. Aun así, gozó del espectáculo. Se sentó bastante cerca del escenario. La sala no estaba llena, había sitio de sobra. Le gustaba el cabaré, le gustaba el espectáculo. Había bailarinas de todas las procedencias. Mujeres hermosísimas. Se podría enamorar de cualquiera de ellas. Se sintió solo. Quizás ya era hora de que encontrase una mujer. Después del divorcio, su vida se había vuelto demasiado académica.
El segundo día, João se lo pasó en la universidad. Tuvo una reunión con unos colegas. Pero João no hacía más que recordar el Moulin Rouge. No obstante, difícilmente podría permitirse pasar una segunda velada allí.
— ¿Qué tal te lo estás pasando en París? —le pregunto Jean Jacques Fournier, colega parisino a João.
— Bien, bien, gracias.
— Habrás visto ya la torre Eiffel, ¿no?
— Claro —mintió João.
— Oye, mañana, después de la lectura de la tesis, vamos a ir al Moulin Rouge —le dijo Jean Jacques—. Lo pagamos con fondos del departamento. Estás invitado. ¿Vendrás?
— Claro...
Solo volvió a Montmartre a cenar. Fue caminando desde el bulevar Saint-Michel hasta el bulevar Rochechouart, cargando con aquella maldita tesis que tiraba de su espalda dentro de la mochila como una pesa de gimnasio. Volvió a cenar en el mismo kebab habitual —era hombre de costumbres y ya se había acostumbrado a aquel local cutre pero que le era familiar. Volvió a pedir dos porciones de pizza. Aquella noche el pequeño local estaba vacío. Mientras cenaba, el camarero veía la televisión, como de costumbre.
S'il vous plaît... —iba a pedir una cerveza, le apetecía una cerveza, pero en aquel local islámico no servían alcohol—. Un thé froid.
El camarero se movió, con su barba por delante. Le trajo la bebida en un vaso con hielo. Pero tropezó. El vaso cayó encima de João. El hombre lanzó una imprecación en árabe, al tiempo que se deshacía en excusas. Corrió tras la barra por un paño, pero no encontró ninguno bastante limpio. Entonces llamó:
Samira, Samira, ta3áli hena bisura3.
Y entonces acudió la mujer, vestida igual, toda de negro, aunque con un mandil blanco que rompía la monotonía de su uniforme. El hombre le dio unas órdenes. Ella, Samira, dijo a João:
S'il vous plaît, monsieur, accompagnez-moi.
João la siguió por el pasillo que daba a los servicios, pero luego continuaba. Estaba oscuro. Ella, en un momento dado, cogió la mano de él. João sintió el tacto del guante, pero no de la mano. Pero ella no lo metió en la cocina, como él imaginaba, sino en una sala que parecía de usos múltiples, con una alfombra y un corán en medio. Samira le pidió que se quitase la camisa. João obedeció. Ella la frotó con el paño, salió de la sala y volvió al cabo de unos minutos. Había lavado la mancha del té y hasta la había secado con un secador, porque João pudo oír de fondo el ruido del aparato.
Merci —agradeció João cuando ella le devolvió su camisa limpia y seca.
Pas de quoi, monsieur. C'était la faute de mon frère.
João volvió a fijarse en aquellos ojos hermosísimos. También la voz de la mujer en francés sonaba a melodía. Él espero que ella se despojase del velo, que dejase al menos al descubierto su rostro, tenía que ser bellísimo. Por la cabeza de João comenzó a forjarse un sueño de amor imposible. Qué estúpido, pensó. Pensó por un momento en decirle: Voulez-vous que je vous libère de cette prison et vous emporte avec moi loin d'ici, pour que vous deveniez ma princesse?
João volvió a la realidad al oír la risa cantarina de Samira. ¿De qué se reía?
— ¿Lo dice en serio? —preguntó ella.
— ¿El qué?
— Lo de sacarme de aquí y convertirme en su princesa.
João comprendió que había dicho en voz alta lo que pensaba. Se sintió morir de vergüenza. Se mordió el labio inferior.
— Gracias por lavarme la camisa. Tengo que irme —dijo João sin levantar la vista del suelo.
Volvió al hotel. Acabó de redactar las últimas notas de la tesis. Al día siguiente, estuvo muy anodino durante la defensa de la tesis para la que había acudido a París. Se sentía avergonzado de haber dicho lo que había dicho a aquella mujer, más bien se sentía ridículo. Por suerte comería con los colegas ese día e incluso cenaría con ellos. A la mañana siguiente ya tomaría un avión de vuelta a Lisboa. Sería el fin de su aventura parisina.
La segunda velada en el Moulin Rouge, ya con la cena incluida y pagada por la universidad que lo acogía, consiguió animarlo. Adorable. Se deleitó en el espectáculo, aunque volvió a sentir su soledad. Sus serios colegas sabían mantener la compostura, pero él, João, hubiera querido saltar al escenario y acompañar a las bailarinas. Se rio de sí mismo ante tal pensamiento. 
Por la noche, después aún de haber tomado unas copas con los colegas, llegó al hotel a las 3 de la madrugada. No es que estuviera borracho, pero sí algo alegre. Nada más llegar, el recepcionista le dijo que una mujer llevaba un rato esperándolo. João acudió al fondo del vestíbulo, donde, efectivamente se divisaba una figura de mujer sentada en la penumbra, fumando. Por un momento había pensado que fuera Samira, pero enseguida desechó el pensamiento. 
— Buenas noches, me han dicho que me está esperando.
— Sí —dijo una voz femenina, al tiempo que la mujer se levantó y se adelantó dejando ver su cuerpo espléndido y su rostro de diosa, con una melena corta de color azabache.
Se trataba de una de las bailarinas del Moulin Rouge. La reconoció al instante, aun sin plumas. De hecho era una de las que había llamado su atención todo el tiempo que duró el espectáculo. 
— Se le ha olvidado a usted esto —le dijo la mujer y le tendió su propia cartera.
João ni se había dado cuenta que la había perdido. Todo el día con los colegas, sin tener que pagar, le habían impedido darse cuenta.
— Muchas gracias, es usted muy amable. No sé cómo agradecerle...
Ella sonrió. Sus dientes brillaron aun en penumbra. Le dio un suave beso en los labios. No dijo nada, se fue lentamente, sin hacer ruido. 
A la mañana siguiente, João tomó el avión bastante pronto en el aeropuerto Charles de Gaule, terminal 2D. Cuando ya el avión despegaba, recordó el episodio de la noche anterior. Qué estúpido, perder así la cartera... ¿Cómo había podido perderla? Y entonces un flash surgió en su cerebro. La cartera no podía haberla perdido en el Moulin Rouge, tuvo que perderla antes. Cierto, la cartera se le había caído de la camisa cuando Samira le dijo que se la quitara para lavársela. Había perdido la cartera en el kebab. Por tanto, la mujer que había acudido al hotel la noche anterior era...
João se aflojó el nudo de la corbata y vio desde la ventanilla del avión cómo París se diluía bajo las nubes, mientras pedía mentalmente a París que lo esperase allí donde estaba.

Frantz Ferentz, 2014

Saturday, January 11, 2014

BOULEVARD SAINT-MICHEL

Basilio había anhelado desde siempre perderse por París con una bonita mujer que lo hiciese sentirse más joven. A sus 60 años, él creía que aún tenía mucho que ofrecer a cualquier mujer y eso era, precisamente, lo que estaba haciendo en aquellos días en París, él, un reconocido novelista de Madrid, que tenía que ganarse, no obstante, el pan como representante de una entidad financiera. 
Lo cierto es que le había costado bastante conseguir que su jefe lo mandase a París para una operación financiera, alargando la estancia con tres días extras, y al mismo tiempo engañando a su esposa con que donde realmente había ido era a Barcelona. Pero con su esposa, bien lo sabía él, no se podía ir más allá de Valladolid, era una arpía miserable que solo intentaba tenerlo amarrado y bien amarrado como un silencioso cajero automático que satisfacía todos sus caprichos económicos, que no sexuales, porque aquella bruja seguramente ya se había convertido en un ser asexual. Su Matilde era su karma, lo sabía él, pero desde que había conocido a Franca, treinta y cinco años más joven, su vida había vuelto a cobrar sentido y hasta se sentía más fértil desde el punto de vista literario. Quizás hasta se animase a escribirle unos poemas de amor...
— Basilio, ¿no es esta una de tus novelas?
Se habían detenido en el Boulevard de Saint-Michel entre tantas y tantas librerías que había en aquella calle, cerca del Boulevard de Saint-Germain, en el distrito 6. Había libros por tan solo 20 céntimos, usados. Y fue ahí donde Franca se percató de que uno de los títulos de su amante estaba en francés allí, su Silencio en el barrio maldito sonaba en francés Silence au quartier maudit. No había que ser un genio para entender el título, máxime cuando su nombre allá figuraba.
Sin embargo, su sorpresa fue que, rebuscando en el montón de libros a 2 euros, salieron aún tres novelas suyas más. ¡Y él no sabía nada de aquello! ¿Cómo era posible? 
— ¿Matilde López Leclerc no es tu mujer? —preguntó Franca.
Claro que era su mujer.
— ¿Por qué lo preguntas?
— Porque figura aquí como traductora...
En la cabeza de Basilio todo comenzó a cobrar sentido. Su mujer, Matilde, era hija de madre francesa, por tanto, bilingüe, su familia materna procedía de Marsella. Por su cuenta, ella había gestionado la edición de los textos de su marido a su sombra, probablemente había falsificado su firma, y había conseguido ganarse un dinero con los derechos de autor que se había guardado para ella. ¿Con cuántos libros suyos habría hecho eso?
— Deberías pedirle explicaciones a tu mujer —opinó Franca.
Basilio no respondió. Para enterarse de que sus obras estaban publicadas en Francia, él tendría que estar en Francia, cuando en teoría estaba en Barcelona. Para descubrir la jugada de la mujer, tendría que descubrir su propia jugada, que estaba en París con su querida.
— ¿Has probado los macarrones? —preguntó Basilio intentando cambiar de tema.
— Muchas veces, sobre todo a la carbonara.
— Me refiero a esos dulces redondos que aquí llaman macarrones...
— Ah, no, esos no... 
— Pues vamos a probarlos al otro lado del Sena... —dijo él ya caminando, con una copia de una de sus novelas en francés escondida en el abrigo, contento de habérsela llevado sin pagar los dos euros que costaba.

Frantz Ferentz, 2014

TOUR EIFFEL

El sueño de toda su vida había sido subir al alto de la Torre Eiffel y por fin iba a conseguirlo. A sus 66 años, justo siete meses después de jubilarse, Filippo había ahorrado lo suficiente como para permitirse una semana en París. Y lo primero que hizo fue acercarse al Champ de Mars en metro. Tuvo mucho cuidado de no pasarse de estación en el metro, aquella Bir Hakeim de sospechosa apariencia arábiga. Corrió casi como un chaval por el borde del Sena, a lo largo del Quai Branly, en dirección a la torre, dando codazos a todos los que se le interponían por el camino, evitando a jóvenes negros que intentaban venderle réplicas en miniatura de la torre.
Hasta que alcanzó la explanada. Se la quedó mirando unos minutos en silencio desde abajo. Por un momento, creyó que se le rompería el cuello de tanto forzarlo a mirar hacia arriba. Echó a caminar hacia la taquilla del pilar este, al tiempo que el corazón de Filippo aún se aceleraba más porque estaba a punto de cumplir su sueño de toda la vida. Los latidos de su corazón se le salían por la boca. Cerró los ojos y pensó:
Sono l'uomo più felice del mondo...
Volvió a abrir los ojos. Se sentía mejor que nunca. Se sentía ligero como un chaval de quince años. Y entonces se dio cuenta que en la taquilla no se daban cuenta de su presencia. Mejor, así no pagaría. Se dirigió directamente a las escaleras. Él mismo se sorprendió de su agilidad. Subía aquellos tramos de escaleras como un crío, adelantaba a todos, sin excepción. Llegó enseguida al primer piso, pero no quiso detenerse demasiado allí, quería seguir hasta el segundo. Aún así, las vistas desde allí eran sorprendentes, se observaba París en la distancia. Siempre había querido verlo así. 
Decidió proseguir hacia el segundo piso. Se dirigió hacia las escaleras, nuevamente con una agilidad pasmosa, parecía que ni siquiera sentía los escalones a sus pies a causa de aquella emoción almacenada durante toda una vida. Y ya estaba a punto de alcanzar el segundo piso, cuando sintió algo muy extraño. Duró décimas de segundo, en las cuales entendió que nunca llegaría a aquel segundo piso, de modo que su sueño no iba a ser completo.
Y de repente se vio tumbado en el suelo al pie de la torre, allí donde había sentido su corazón saltarle locamente.
Monsieur, ça va mieux? Combien de doigts est-ce que vous voyez ici? —un médico lo atendía en el suelo. Alrededor un corrillo de gente lo contemplaba curiosa—. Vous avez eu un infarctus, monsieur, et on a dû vous faire une réanimation. Votre coeur s'est fermé pendant des minutes, vous me comprennez?(1) 
Filippo asintió con la cabeza. Entonces comprendió que había subido a la torre con el alma, mientras el cuerpo se le había quedado abajo. Por eso, le hizo un gesto al médico que lo atendía y le susurró:
S'il vous plaît, arrêtez-moi le coeur encore deux ou trois minutes... Il ne me reste presque rien pour arriver au deuxième étage de la tour. Puis, faites ce que vous voulez... (2) 

Frantz Ferentz, 2014
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(1) Caballero, ¿está mejor? ¿Cuántos dedos ve aquí? Ha tenido un infarto, caballero, y hemos tenido que hacerle una reanimación. Se le ha parado el corazón unos minutos, ¿me entiende?
(2) Por favor, vuelva a pararme aún el corazón dos o tres minutos... No me queda casi nada para llegar al segundo piso de la torre. Luego, haga lo que quiera...


Tuesday, January 07, 2014

LE PONT DES ARTS

Le Pont des Arts, París. A Maruška le encantó aquel puente en cuanto ella y Jan empezaron a atravesarlo. Ella enseguida se fijó en los candados que formaban una auténtica pared en el enrejado del puente. Era parte de la tradición: los enamorados grababan sus iniciales en ellos y los cerraban en el enrejado. Había millares de ellos por todo el puente e incluso había algún vendedor ambulante de candados allí mismo.
 Pongamos el nuestro —pidió Maruška—. Nuestro amor será así perpetuo.
El vendedor ambulante les clavó 15 euros por el candado y el grabado de sus iniciales con tinta indeleble, según él. Lo malo era encontrar un hueco donde poner el candado. Maldita la gana que tenía Jan de poner el candado, pero Maruška no estaba dispuesta a cejar en su empeño. En la entrada al puente, todavía sobre la orilla, había hueco. Empezó a llover. Fue providencial, porque gracias a eso Jan consiguió que lo colocara allí. Después, ya cumplido el ritual, tiraron por la Rue de Seine, empapándose románticamente, que es igual que empaparse vulgarmente, solo que finges que no lo notas.
Tan solo cinco días después, justo al regresar, sin previo aviso, sin motivo aparente, Maruška dijo a Jan que lo abandonaba.
— ¿Por qué? —preguntó él.
— No lo sé, pero ya no te amo —fueron las palabras de ella.
Por un instante Jan pensó que tal vez aquello del candado tenía algún poder sobre ellos. No se contuvo las ganas y voló solo a París. Volvió al Pont des Arts. Buscó el candado. Quizás de vez en cuando quitaban algunos y eso hacía que se rompieran parejas. Quizás. Encontró el suyo, el de Maruška y de él. Seguía allí. Lo cogió en la mano, sopesándolo. No entendía nada. 
Entonces uno de los vendedores ambulantes, probablemente un senegalés, se le acercó y le dijo:
— Ton cadenas ne fonctionne plus [=tu candado ya no funciona]

Efectivamente. La tinta indeleble, no era tal. Las iniciales de Maruška se habían desdibujado, habían pasado de MB a MP.

Jan se volvió a casa apesadumbrado. Maldita la hora en que había vinculado su amor a un candado. Maruška se había ido para siempre de su vida. Pero, la vida es impredecible, por eso, al poco tiempo se le declaraba Milena, compañera de trabajo y conocida de Jan desde hacía tantos y tantos años. Jan no pudo resistirse, estaba demasiado solo y Milena estaba dispuesta a consolarlo en su dolor. Cuánta casualidad que Milena estuviera allí en el momento justo. Por si acaso, Jan pensó que nunca llevaría a Milena a París.
Pero se equivocaba. Milena había estado en París tan solo dos días antes, durante el fin de semana, y le había bastado borrar un trozo de una B para transformarla en una P en un candado del Pont des Arts, para así cambiar el destino de un amor. Cuán astuta había sido aquella Milena Perniková, pero qué difícil era mantener a todas las mujeres de la oficina que tenían sus mismas iniciales MP a raya, lejos de su hombre.
Frantz Ferentz, 2014


INSUPERABLE


— ¿De dónde has salido tú?
— Vamos, ¿no me reconoces? Soy un producto de tu imaginación.
— Uf, pues pensé que eras real. Desde luego, cada vez me engaño mejor. Enhorabuena, ¿eh?
— Gracias...



Frantz Ferentz, 2014

Friday, January 03, 2014

LA MUJER QUE ABRAZABA A UN ÁRBOL

Libuška había adquirido una costumbre, que al cabo de los meses se había convertido en una necesidad, ciertamente anímica, pero quizás incluso fisiológica.
Todos los viernes, al acabar la semana laboral, pasaba por el parque de delante de su oficina y abrazaba un enorme platanero justo antes de emprender rumbo a la estación del ferrocarril. 
Desde que un viejo amigo le había recomendado que abrazase árboles, Libuška había encontrado en aquel platanero un verdadero amigo, un ser fiel como ningún humano. Siempre lo hacía en viernes, para recibir el abrazo y que el árbol sintiera que la entendía, que la quería y que la semana quedaba atrás, que tenía un fin de semana por delante.
Pero a partir de un cierto momento, la relación comenzó a ser mutua. Libuška notaba que el árbol le hacía saber que había sufrido el desprecio de otros seres de su especie, que se había sentido incomprendido y hasta tenía la sensación de que el alma del árbol almacenaba cada vez más soledad. Sí, Libuška sentía que la relación con el platanero era cada vez más profunda, compartían sentimientos y hasta ella lo apretaba más fuerte cuando él mostraba tristeza durante los abrazos.
No solía estar más de diez minutos los viernes, pero aquello le bastaba.
Hasta aquel día. Hubo una ocasión en que el viernes era festivo, por lo que no tendría que trabajar. De ese modo, Libuška decidió cambiar su rutina. Abrazaría a su platanero el jueves, al salir del trabajo, antes de ir a la estación.
Pero lo que vio la sorprendió. Y mucho. Había un hombre abrazando al árbol. Hacía lo mismo que ella, abrazaba al platanero. Por los gestos de la cara del hombre, Libuška casi podía saber las sensaciones que tenía el hombre. Y entonces entendió que el hombre y el árbol se comunicaban.
Al cabo de unos minutos, el hombre se fue, con cara de satisfacción, mirando al cielo. No había notado que Libuška lo había observado de lejos.
La mujer se acercó al árbol, pero no lo abrazó. Al contrario, se mantuvo a una cierta distancia y lo miró fijamente, mientras le decía:
— Y tú, mal amigo, ¿qué le has contado a ese tipo de mi? ¿Eh? ¿Qué le has contado?

Frantz Ferentz, 2014



Thursday, January 02, 2014

CENIZAS

Estaba desesperado después de un día sin fumar. 
Cuando acudieron los servicios de emergencias a su llamada, ya era demasiado tarde. 
Había muerto calcinado. 
El forense consideró que había sido un suicidio a lo bonzo. 
En realidad, en un acto desesperado, había intentado fumarse a sí mismo.


Frantz Ferentz, 2014

LA DURA LABOR DEL EDITOR

Durante el funeral del literato P. Rozpustný, un crítico literario comentaba con el editor del escritor recién fallecido:
— Era un autor extraordinario, capaz de mantener incluso personalidades literarias aparte, como Fernando Pessoa, con las que firmaba parte de sus obras. Será irrepetible. En mi opinión, firmó sus mejores novelas como Alfredo Prados y sus mejores poemas como John Clerq.
— Estoy totalmente de acuerdo con usted —dijo el editor—, pero ahora me toca lo más difícil a mí.
— ¿Qué quiere decir?
— Pues que, como editor, he tenido que dar la noticia de la muerte a hijos, cónyuges y progenitores de muchos autores, pero nunca a una personalidad literaria. Y, sinceramente, no sé cómo anunciarles a Alfredo Prados y John Clerq que Rozpusný ha muerto...

Frantz Ferentz, 2014