Friday, January 03, 2014

LA MUJER QUE ABRAZABA A UN ÁRBOL

Libuška había adquirido una costumbre, que al cabo de los meses se había convertido en una necesidad, ciertamente anímica, pero quizás incluso fisiológica.
Todos los viernes, al acabar la semana laboral, pasaba por el parque de delante de su oficina y abrazaba un enorme platanero justo antes de emprender rumbo a la estación del ferrocarril. 
Desde que un viejo amigo le había recomendado que abrazase árboles, Libuška había encontrado en aquel platanero un verdadero amigo, un ser fiel como ningún humano. Siempre lo hacía en viernes, para recibir el abrazo y que el árbol sintiera que la entendía, que la quería y que la semana quedaba atrás, que tenía un fin de semana por delante.
Pero a partir de un cierto momento, la relación comenzó a ser mutua. Libuška notaba que el árbol le hacía saber que había sufrido el desprecio de otros seres de su especie, que se había sentido incomprendido y hasta tenía la sensación de que el alma del árbol almacenaba cada vez más soledad. Sí, Libuška sentía que la relación con el platanero era cada vez más profunda, compartían sentimientos y hasta ella lo apretaba más fuerte cuando él mostraba tristeza durante los abrazos.
No solía estar más de diez minutos los viernes, pero aquello le bastaba.
Hasta aquel día. Hubo una ocasión en que el viernes era festivo, por lo que no tendría que trabajar. De ese modo, Libuška decidió cambiar su rutina. Abrazaría a su platanero el jueves, al salir del trabajo, antes de ir a la estación.
Pero lo que vio la sorprendió. Y mucho. Había un hombre abrazando al árbol. Hacía lo mismo que ella, abrazaba al platanero. Por los gestos de la cara del hombre, Libuška casi podía saber las sensaciones que tenía el hombre. Y entonces entendió que el hombre y el árbol se comunicaban.
Al cabo de unos minutos, el hombre se fue, con cara de satisfacción, mirando al cielo. No había notado que Libuška lo había observado de lejos.
La mujer se acercó al árbol, pero no lo abrazó. Al contrario, se mantuvo a una cierta distancia y lo miró fijamente, mientras le decía:
— Y tú, mal amigo, ¿qué le has contado a ese tipo de mi? ¿Eh? ¿Qué le has contado?

Frantz Ferentz, 2014



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