Sunday, January 12, 2014

MOULIN ROUGE

João Almeida se hospedaba en un hotel muy cerca del bulevar Rochechouart. Le gustaba el sitio en que pasaría varios días en París, tan cerca de Sacre Coeur. Valía la pena formar parte de un tribunal de tesis en la Sorbona y pasarse varios días en aquella ciudad. Desde lo alto, al pie de la iglesia, rememoró los momentos mágicos de su película preferida, Amélie. Aquel primer día se lo pasó visitando el barrio de los artistas, se dejó incluso hace un retrato en la Place du Tertre, aunque no habría manera de cargar aquellos 30 euros como gastos a su departamento...
Descendió hasta el bulevar Rochechouart aquella misma mañana. Buscó un lugar para comer. Casi todos eran kebabs. Eligió uno al azar, ya cerca de Pigalle. El dueño tenía una de esas barbas largas típicas de los islamistas, aunque con el bigote afeitado. Nunca le había gustado aquel tema, pero la comida —en realidad mucha comida rápida— era barata y él tenía un presupuesto muy limitado. 
El camarero permanecía en pie tras el mostrador, atendiendo a los clientes cuando era requerido, pero se dedicaba a ver los documentales sobre naturaleza en la tele. Tan solo un par de veces salió de la cocina la que supuso que sería su mujer, totalmente vestida de negro, con guantes negros... No se le veía ninguna parte de su cuerpo, salvo aquellos inmensos ojos castaños, probablemente los más hermosos ojos de mujer que había contemplado nunca. 
Después de comer, aún impactado por la visión de aquella mujer, sobre todo de sus ojos, que se le antojó encarcelada en una vestimenta, siguió caminando en dirección oeste. Maldita la gana que tenía de seguir leyendo la tesis. Y allí se topó el célebre Moulin Rouge. No es que el cabaré fuera su tipo de espectáculo favorito, pero Nicole Kidman había sido su amor platónico ya desde la adolescencia y no podía dejar de ver el mítico lugar. No obstante, era muy temprano para que hubiera espectáculos a aquellas horas. Así, João regresó al hotel y siguió con la lectura de la tesis, hasta la noche.
Volvió a cenar al mismo kebab. Mismo dueño, misma comida, misma rutina, salvo que la mujer no se dejó ver. João echó de menos aquellos ojos. 
Dentro del Moulin Rouge, João solo se pudo permitir la entrada más barata, 50 euros con derecho a un zumo de naranja. Qué miseria. Tampoco se lo podría cargar al departamento. Aun así, gozó del espectáculo. Se sentó bastante cerca del escenario. La sala no estaba llena, había sitio de sobra. Le gustaba el cabaré, le gustaba el espectáculo. Había bailarinas de todas las procedencias. Mujeres hermosísimas. Se podría enamorar de cualquiera de ellas. Se sintió solo. Quizás ya era hora de que encontrase una mujer. Después del divorcio, su vida se había vuelto demasiado académica.
El segundo día, João se lo pasó en la universidad. Tuvo una reunión con unos colegas. Pero João no hacía más que recordar el Moulin Rouge. No obstante, difícilmente podría permitirse pasar una segunda velada allí.
— ¿Qué tal te lo estás pasando en París? —le pregunto Jean Jacques Fournier, colega parisino a João.
— Bien, bien, gracias.
— Habrás visto ya la torre Eiffel, ¿no?
— Claro —mintió João.
— Oye, mañana, después de la lectura de la tesis, vamos a ir al Moulin Rouge —le dijo Jean Jacques—. Lo pagamos con fondos del departamento. Estás invitado. ¿Vendrás?
— Claro...
Solo volvió a Montmartre a cenar. Fue caminando desde el bulevar Saint-Michel hasta el bulevar Rochechouart, cargando con aquella maldita tesis que tiraba de su espalda dentro de la mochila como una pesa de gimnasio. Volvió a cenar en el mismo kebab habitual —era hombre de costumbres y ya se había acostumbrado a aquel local cutre pero que le era familiar. Volvió a pedir dos porciones de pizza. Aquella noche el pequeño local estaba vacío. Mientras cenaba, el camarero veía la televisión, como de costumbre.
S'il vous plaît... —iba a pedir una cerveza, le apetecía una cerveza, pero en aquel local islámico no servían alcohol—. Un thé froid.
El camarero se movió, con su barba por delante. Le trajo la bebida en un vaso con hielo. Pero tropezó. El vaso cayó encima de João. El hombre lanzó una imprecación en árabe, al tiempo que se deshacía en excusas. Corrió tras la barra por un paño, pero no encontró ninguno bastante limpio. Entonces llamó:
Samira, Samira, ta3áli hena bisura3.
Y entonces acudió la mujer, vestida igual, toda de negro, aunque con un mandil blanco que rompía la monotonía de su uniforme. El hombre le dio unas órdenes. Ella, Samira, dijo a João:
S'il vous plaît, monsieur, accompagnez-moi.
João la siguió por el pasillo que daba a los servicios, pero luego continuaba. Estaba oscuro. Ella, en un momento dado, cogió la mano de él. João sintió el tacto del guante, pero no de la mano. Pero ella no lo metió en la cocina, como él imaginaba, sino en una sala que parecía de usos múltiples, con una alfombra y un corán en medio. Samira le pidió que se quitase la camisa. João obedeció. Ella la frotó con el paño, salió de la sala y volvió al cabo de unos minutos. Había lavado la mancha del té y hasta la había secado con un secador, porque João pudo oír de fondo el ruido del aparato.
Merci —agradeció João cuando ella le devolvió su camisa limpia y seca.
Pas de quoi, monsieur. C'était la faute de mon frère.
João volvió a fijarse en aquellos ojos hermosísimos. También la voz de la mujer en francés sonaba a melodía. Él espero que ella se despojase del velo, que dejase al menos al descubierto su rostro, tenía que ser bellísimo. Por la cabeza de João comenzó a forjarse un sueño de amor imposible. Qué estúpido, pensó. Pensó por un momento en decirle: Voulez-vous que je vous libère de cette prison et vous emporte avec moi loin d'ici, pour que vous deveniez ma princesse?
João volvió a la realidad al oír la risa cantarina de Samira. ¿De qué se reía?
— ¿Lo dice en serio? —preguntó ella.
— ¿El qué?
— Lo de sacarme de aquí y convertirme en su princesa.
João comprendió que había dicho en voz alta lo que pensaba. Se sintió morir de vergüenza. Se mordió el labio inferior.
— Gracias por lavarme la camisa. Tengo que irme —dijo João sin levantar la vista del suelo.
Volvió al hotel. Acabó de redactar las últimas notas de la tesis. Al día siguiente, estuvo muy anodino durante la defensa de la tesis para la que había acudido a París. Se sentía avergonzado de haber dicho lo que había dicho a aquella mujer, más bien se sentía ridículo. Por suerte comería con los colegas ese día e incluso cenaría con ellos. A la mañana siguiente ya tomaría un avión de vuelta a Lisboa. Sería el fin de su aventura parisina.
La segunda velada en el Moulin Rouge, ya con la cena incluida y pagada por la universidad que lo acogía, consiguió animarlo. Adorable. Se deleitó en el espectáculo, aunque volvió a sentir su soledad. Sus serios colegas sabían mantener la compostura, pero él, João, hubiera querido saltar al escenario y acompañar a las bailarinas. Se rio de sí mismo ante tal pensamiento. 
Por la noche, después aún de haber tomado unas copas con los colegas, llegó al hotel a las 3 de la madrugada. No es que estuviera borracho, pero sí algo alegre. Nada más llegar, el recepcionista le dijo que una mujer llevaba un rato esperándolo. João acudió al fondo del vestíbulo, donde, efectivamente se divisaba una figura de mujer sentada en la penumbra, fumando. Por un momento había pensado que fuera Samira, pero enseguida desechó el pensamiento. 
— Buenas noches, me han dicho que me está esperando.
— Sí —dijo una voz femenina, al tiempo que la mujer se levantó y se adelantó dejando ver su cuerpo espléndido y su rostro de diosa, con una melena corta de color azabache.
Se trataba de una de las bailarinas del Moulin Rouge. La reconoció al instante, aun sin plumas. De hecho era una de las que había llamado su atención todo el tiempo que duró el espectáculo. 
— Se le ha olvidado a usted esto —le dijo la mujer y le tendió su propia cartera.
João ni se había dado cuenta que la había perdido. Todo el día con los colegas, sin tener que pagar, le habían impedido darse cuenta.
— Muchas gracias, es usted muy amable. No sé cómo agradecerle...
Ella sonrió. Sus dientes brillaron aun en penumbra. Le dio un suave beso en los labios. No dijo nada, se fue lentamente, sin hacer ruido. 
A la mañana siguiente, João tomó el avión bastante pronto en el aeropuerto Charles de Gaule, terminal 2D. Cuando ya el avión despegaba, recordó el episodio de la noche anterior. Qué estúpido, perder así la cartera... ¿Cómo había podido perderla? Y entonces un flash surgió en su cerebro. La cartera no podía haberla perdido en el Moulin Rouge, tuvo que perderla antes. Cierto, la cartera se le había caído de la camisa cuando Samira le dijo que se la quitara para lavársela. Había perdido la cartera en el kebab. Por tanto, la mujer que había acudido al hotel la noche anterior era...
João se aflojó el nudo de la corbata y vio desde la ventanilla del avión cómo París se diluía bajo las nubes, mientras pedía mentalmente a París que lo esperase allí donde estaba.

Frantz Ferentz, 2014

2 comments:

Vichoff said...

Que le espere, por favor, que le espere...

Xavier Frias Conde said...

:-)