Monday, January 20, 2014

NOTRE DAME

John Arthur Farrell, fotorreportero de profesión y vocación, cuarenta y cuatro años. Lo suyo era retratar ciudades y publicar reportajes sobre las mismas en The National Geographic o cualquier otra revista que le comprase sus materiales. Estaba bien cotizado su trabajo. Era bueno, muy bueno. Exploraba las ciudades como quien explora las selvas, siempre pertrechado de un chaleco lleno de bolsillos y una cámara de fotos de última generación. Últimamente también se acompañaba de un móvil inteligente con GPS.
Aunque John conocía sobradamente París, nunca le había dedicado un reportaje. Ya eran horas, pensó. Al tercer día decidió dedicar a la catedral toda su atención. ¿Por qué tan tarde? Ni él mismo lo sabía. Quizás el beaujolais tenía la culpa. La cuestión era que había preferido dejar la visita para el anochecer. En aquellos primeros días de enero, la noche, pensaba él, traería más magia a la catedral de París. Se lo habían recomendado. ¿Quién? Daba igual.
Se aproximó desde el oeste, siguiendo el río. Lo atravesó en el Pont Neuf. Siguió luego por la orilla izquierda del río. Según se acercaba, comezó el repique de campanas. Era ensordecedor. De hecho, en el paseo junto al río, por debajo de las calles, no conseguía oír el tráfico urbano. John sintió un cierto atontamiento, pero eso no rebajó su fascinación. Frente a él se alzaba la catedral impresionante. Subió a nivel de la calle, atravesó el Pont Saint Michel y avanzó hacia la fachada. Los turistas acudían en masa. John no lo dudó y comenzó a captar imágenes de aquella fachada centenaria que lo entusiasmaba. Por un instante pensó en captar, gracias a su teleobjetivo la imagen de Quasimodo en el campanario. Sonrió ante aquel pensamiento. El zum de su cámara le permitía acercar las imágenes enormemente. Y por eso captó aquella mancha de aspecto humano.
En la torre izquierda, sobre uno de los miradores, a bastante altura del suelo, había algo. Enfocó aún más. La iluminación era espléndida, por tanto se podía captar la imagen. Se trataba de un ser humano, sí. Era una mujer. Estaba allí arriba, sola. ¿Qué hacía? ¿Acaso quería suicidarse? El instinto periodístico de John se impuso a cualquier otro sentimiento. Tenía que hablar con aquella mujer. Se abrió paso a empujones entre la multitud que entraba a visitar la catedral. Peste de gente. Oía protestas a sus espaldas. John siguió impertérrito, solo buscaba la puerta de acceso a los miradores de las torres. Cuando las encontró, se precipitó hacia arriba. Nadie lo seguía, pero él se precipitaba hacia arriba, intentando calcular dónde estaba el mirador donde había visto a la mujer.
Lo encontró. Tuvo que empujar una puerta secular. Y allí estaba. La mujer. Pálida. Hermosa. Triste.
 Salut... saludó John.
Ella se giró, envuelta en un chal.
 Qui êtes-vous? preguntó ella.
 John Farrell, photographe américain... Et je me demandais si je peux vous tirer une photo...
Ella lo miró. Su tristeza era contagiosa, mezclada con la melancolía. Su cabello oscuro era corto. La mezcla de tristeza y melancolía de la mujer realzaba su belleza. John no se hizo esperar y la fotografió, tres, cuatro veces.
Vous vous appelez comment, madame?
 Georgina.
 Ce n’est pas français ça...
 Non. Je suis anglaise.
 May I know why you are here?
Ella se viró y volvió a mirar el horizonte de París, quizás hacia el río. Hubo unos momentos de silencio, luego dijo:
 I’m waiting...
 For anybody?
 For something.
El tono de ella sonaba cada vez más enigmático. Por alguna extraña razón, él se sintió fascinado por aquella triste belleza. Pensó que podría enamorarse de ella allí mismo, justo entonces, aun sin conocerla de nada, pero el enigma que envolvía a aquella mujer lo había atrapado mucho más que cualquier instantánea que hubiera hecho en toda su carrera.
What are you waiting for? insistió él, temiendo que le dijese: “for you”, pero no lo dijo, sino que aún mantuvo silencio.
Al cabo de unos segundos, sin volverse, ella comenzó a recitar:

 «When I am dead, my dearest,

Sing no sad songs for me;
Plant thou no roses at my head,
Nor shady cypress tree»

John se quedó helado. No sabía qué decir. Pero al cabo de unos segundos masculló:
━ Christina Rossetti...
━ You know her? ━y ella se giró para preguntar.
━ Sure.
Entonces John tuvo la sensación de que era ese poema, quizás algunos más, lo que Georgina quería oír. John se sacó el móvil del bolsillo y comenzó a apuntar aquellos versos y el nombre de la autora. No quería olvidarla. Tardó apenas un minuto. Luego alzó los ojos. Georgina ya no estaba allí.
John se mordió el labio inferior. Recordó que, precisamente, a menos de un kilómetro de la catedral, estaba la librería Shakespeare. Volvió por donde había venido, a toda velocidad, saltando escalones abajo. Volvió a empujar a todo ser viviente que se interponía en su camino. Su temor era que la librería cerrase. Atravesó el Pont Neuf y enseguida alcanzó la librería Shakespeare, Rue de la Bucherie 37. Sus temores de que estuviese cerrada a aquellas horas eran infundados, al contrario, el ajetreo de gente no cesaba. John entró. Allí dentro acababa Francia. Todo era inglés. Pese a ser su lengua, John se sentía a gusto hablando cualquier idioma que no fuera el suyo propio, de hecho adoraba el francés. Allí dentro, entre paredes de libro, ya intentó no abrirse paso a codazos, intentó por sí mismo encontrar un libro de poemas de Christina Rossetti. 
Tras media hora de intentarlo, se rindió. Encontró una de las personas que trabajaba allí, una pelirroja altísima.
I’m looking for Christina Rossetti.
Does she work here? preguntó la chica.
Actually she doesn’t. She died more than a century ago. She was a British poet.
Estaba sorprendido de la estupidez de aquella muchacha. Ella se dio cuenta del patinazo. Hizo un gesto a John para que la siguiese. Ella lo condujo hasta la caja, donde un joven casi imberbe se encargaba de cobrar. Ella le hizo un gesto para que preguntase al joven.
Please comenzó John, I’m looking for Christina Rossetti’s...
El joven no lo dejó terminar. De repente comenzó a recitar:

 «The hope I dreamed of was a dream,
Was but a dream; and now I wake
Exceeding comfortless, and worn, and old,
For a dream's sake.

I hang my harp upon a tree,
A weeping willow in a lake;
I hang my silenced harp there, wrung and snapt
For a dream's sake.

Lie still, lie still, my breaking heart;
My silent heart, lie still and break:
Life, and the world, and mine own self, are changed
For a dream's sake».

John sonrió. Efectivamente, reconoció aquel poema como de Christina Rossetti. Algunos de los clientes que estaban cerca comenzaron a aplaudir ante aquel inesperado recital y el talento del librero, quien, a continuación, salió de tras la caja, se metió entre el laberinto de pasillos y estanterías y regresó al cabo de dos minutos con una vieja edición, de la década de 1890, de poemas de la poeta británica.
 This is all we have, unless you have the patience until...

John le arrebató el libro de las manos. Pese a tener más de un siglo, el libro se conservaba en perfecto estado. No, no tenía paciencia. Pagó sin rechistar el abultado precio, salió y corrió de nuevo a la catedral. 
Demasiado tarde. Estaba ya cerrada al público.
John se sintió decepcionado. No quería perder el contacto con aquella mujer. En aquel momento no podía hacer nada. Aprovechó para sacar algunas fotos de los alrededores del río de noche, luego regresó a su hotel en el distrito 5, no muy lejos de allí, no sin antes pararse a tomar varias copas de güisqui que lo entonaron.
A la mañana siguiente regresó a Notre Dame. No era tan pronto como hubiera querido, pues quería estar de guardia todo el día si era preciso, pero el efecto de los güisquis lo había mantenido más tiempo dormido de lo deseado. No obstante, se vistió corriendo, se tomó tan solo un café una porquería de café, según él, porque los franceses no sabían hacer un café en condiciones, como los italianos y se plantó en la explanada de de delante de la catedral. A simple vista buscó en los miradores de arriba a la mujer. No estaba. De hecho no había nadie. Hubiera sido demasiado fácil, demasiado bonito.
Se sintió descolocado. ¿Dónde la encontraría? Entró en el templo. Esta vez no se dedicó a dar empujones a los turistas. Intentó mantener la calma. Dentro, los carteles en varios idiomas pedían silencio. Había misa matinal. Se fijó entonces en el lema de la catedral: Via viatores quaerit. Lo entendió sin problemas, pero durante un instante intentó traducirlo mentalmente al inglés de un modo elegante.
 I am the Way which seeks Travellers susurro en su oído por detrás una voz de mujer.
John se volvió. Era ella. Tan solo fue capaz de musitar:
 Georgia...
Ella no sonrió. Se mantuvo seria. Sus ojos seguían transmitiendo melancolía, una melancolía inmensa. Fue visto y no visto, la mujer se perdió entre el gentío. No obstante, John tuvo la sensación de que, si volvía al mirador del día siguiente, la encontraría. Volvió a lanzarse escaleras arriba. Alcanzó el mirador. Sí, ella estaba allí, sola, mirando al horizonte. Era tan hermosa. El corazón de John latía desbocado. 
 I’ve brought you something le dijo.
Ella no se movió. Él leyó en voz alta todo el poema del que el día anterior tan solo había leído la primera estrofa:

«When I am dead, my dearest,
Sing no sad songs for me;
Plant thou no roses at my head,
Nor shady cypress tree:
Be the green grass above me
With showers and dewdrops wet;
And if thou wilt, remember,
And if thou wilt, forget.

I shall not see the shadows,
I shall not feel the rain;
I shall not hear the nightingale
Sing on, as if in pain:
And dreaming through the twilight
That doth not rise nor set,
Haply I may remember,
And haply may forget».

Y entonces ella se volvió. La melancolía de sus ojos había dado luz a una especie de hálito de esperanza.
 Please, read something else le dijo ella.
John lo hizo. Leyó como mejor supo, pues lo suyo no era declamar poesía. De hecho, de aquella misma poeta ni siquiera conocía tanto su poesía, pero sí aquel poema porque lo habían obligado a aprenderlo de memoria en el instituto, allá en su tierra natal, durante la adolescencia. Recitó como mejor pudo.

«I loved you first: but afterwards your love
Outsoaring mine, sang such a loftier song
As drowned the friendly cooings of my dove.
Which owes the other most? my love was long,
And yours one moment seemed to wax more strong;
I loved and guessed at you, you construed me
And loved me for what might or might not be –
Nay, weights and measures do us both a wrong.
For verily love knows not ‘mine’ or ‘thine;’
With separate ‘I’ and ‘thou’ free love has done,
For one is both and both are one in love:
Rich love knows nought of ‘thine that is not mine;’
Both have the strength and both the length thereof,
Both of us, of the love which makes us one».

Al acabar, miró a Georgina. Ella le dijo:
 Gracias.
La hubiera besado entonces. No entendía por qué, pero aquella mujer morena de cabello corto lo fascinaba.
 Let me give you my address just in case you want to contact me empezó a decir mientras escribía en un trozo de papel sus datos, cosa que hizo en pocos segundos, pero bastaron para que, al alzar los ojos, ella hubiera vuelto a desaparecer. 
John sintió entonces una mezcla de rabia y de frustración. Allí estaba él con el libro en las manos. De repente, un pétalo de rosa, salido de ninguna parte se posó en la portada del libro. Había ido cayendo lentamente. John lo cogió con sus dedos, de la forma más tierna que fue capaz con la idea de dejarlo bajo la cubierta. 
Al abrirla, se encontró una dedicatoria escrita a mano que hasta entonces no había visto. Decía así:

To John Arthur Farrell. 
Thanks for making my last will possible, 
thanks for reading those poems 
where I always wanted them to be read,
 in Notre Dame. Now I can finally rest. 
In London, 29th December 1894. 
Christina Georgina Rossetti

Y debajo, la huella de un pétalo de rosa, como el que aún sostenía entre sus dedos.

Frantz Ferentz, 2014

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