Tuesday, September 16, 2014

HIJOS DE PAPEL

— Tengo unos mil quinientos libros en mi casa —dijo ella—. Ellos son mis hijos. Por eso te pido que, cuando vengas a verme, los respetes como si fueran personas.
Creí que exageraba. Sé que hay gente que vive para los libros, pero no, no exageraba. Todas las paredes de su casa estaban cubiertas de anaqueles y en todas había libros, de todos los colores y tamaños. Había libros también por el suelo en montones. Realmente, no había prácticamente espacio por la casa para moverse, pues hasta en la mesa del comedor había libros formando pequeñas torres.
Después de la cena, nos sentamos en el sofá, también rodeados por libros. Ella también tenía un gato, al que acariciaba lentamente en su regazo mientras bebía una copa de rioja. La conversación, como no podía ser de otro modo, iba de libros, hasta que, de repente, se oyó un llanto, un llanto de bebé en algún lugar remoto de la casa, quizás detrás de una pared de libros, un llanto que sonaba a despertarse en mitad de la noche y llorar implorando a la madre que viniese.
— Vaya, no sabía que tuvieras un bebé —le dije sorprendido.
Ella me sonrió mientras se levantaba del sofá y apartaba unos libros de la mesa para dejar espacio para la copa.
— Ya te lo dije.
— ¿Cómo?
— Pues eso —me explicó ella—, el que llora es un libro nuevo que compré esta mañana. El pobre aún no se ha acostumbrado a la casa y por eso llora. Ya te dije que los libros son mis hijos...


Frantz Ferentz, 2014