Friday, October 17, 2014

CONSEJOS DE VIEJO PROFESOR

Aquella había sido su primera tesis de máster. La experiencia de participar como miembro del jurado de aquella tesis sobre la comunicación entre saltamontes a través de los élitros pensó que lo impulsaría en su carrera universitaria. Quiso ser serio y dijo que aquella tesis de máster era indigna, que había leído trabajos de alumnos de bachillerato que eran mejor que aquella tesis y que, en su modesta opinión, aquella tesis de máster había que suspenderla. Pero al catedrático no le gustó aquel juicio de valor, según él, sonaba a prepotente. Se temió lo peor cuando el catedrático le dijo «Tú tienes mucho que aprender todavía». Era evidente que tenía que aprender sobre jerarquías y que las tesis no se juzgaban por quién las escribía, sino por quién las dirigía. Por eso, cuando estuvo de vuelta en su despacho, mientras sostenía entre sus manos aquella copia de la tesis de máster que tan mal rato le había hecho pasar, se acordó de las palabras de su auténtico profesor durante sus estudios en la carrera, cuando siempre le repetía: «Siempre quédate con lo mejor». Se quedó pensativo. Sí, aquel trabajo tenía algo bueno. Sacó las hojas de la funda de plástico y se quedó en la mano con la carpeta con una pinza lateral que sujetaba las hojas. A continuación tiró los 30 folios del trabajo al contenedor de papel y guardó la carpeta en la mesa del despacho. Sí, se había quedado con lo mejor de aquel trabajo. Qué sabio era aquel profesor suyo, qué sabio.


Frantz Ferentz, 2014

Thursday, October 16, 2014

LA INSPIRACIÓN DE LAS ALAS

Le gustaba la experiencia de sacarse cera del oído todos los días. Producía mucha. Además, se dio cuenta que la miel era su principal alimento y que su modo de hablar sonaba casi a zumbido. Solo le faltaba aprender a volar para ser completamente feliz. Ella se sentía totalmente realizada así, no le había hecho falta nada más. Sabía lo que quería ser; por eso, estaba encantaba con la idea de llegar a convertirse en escarabajo.



Frantz Ferentz, 2014

Friday, October 10, 2014

SECRETO AL DESCUBIERTO

A Pepe, el churrero, la petición lo pilló con el pie cambiado.
— Que quieren que eche unas cuantas cenizas de esa caja en el aceite y fría tres docenas de churros para todos ustedes?
Ante él se concentraba aproximadamente una docena de personas, todos de riguroso negro. Solo la mujer que iba al frente hablaba con Pepe el churrero.
— Efectivamente. No se preocupe. Solo serán para nosotros. Le daré cien euros.
Cien euros por tres docenas de churros. Bien podía saltarse todas las normas sanitarias. Pepe accedió. Echó tres puñados de cenizas en el aceite hirviendo y a continuación la masa de los churros. 
Sin más, las tres docenas de personas se fueron repartiendo por la cafetería y en silencio se comieron más o menos tres churros por cabeza, mojados en chocolate. Luego, fueron saliendo del local en silencio, cabizbajos, aunque alguno se relamía los labios.
— Tenga, sus cien euros —dijo la mujer al churrero.
Pero al churrero se lo comía la curiosidad.
— Dígame, señora, ¿por qué querían que echase cenizas en el aceite?
— Para cumplir la última voluntad de mi difunto esposo.
— No entiendo.
— Verá, mi marido venía aquí a desayunar todos los días...
— ¿Sí? ¿Quién era?
— Mire su foto.
— Pero hombre, claro que lo conozco...
— Y él —prosiguió la viuda— adoraba sus churros, por eso, como homenaje, nos pidió antes de morir que viniéramos aquí a comer churros mezclados con sus propias cenizas después de la cremación.
— Ya, ya, pero es un capricho un poco extraño, ¿no? Y respeto al máximo por su difunto marido, señora.
— No se crea. Él descubrió cuál es el secreto que hace que sus churros sean los mejores de toda la provincia.
— ¿Ah, sí? ¿Y cuál es, si se puede saber?
— La ceniza que constantemente se le cae a usted de su cigarro y que va a parar al aceite de sus churros. Si usted supiera cuánto le gustaban sus churros con ceniza, si usted supiera...



Frantz Ferentz, 2014