Saturday, May 02, 2015

LAS ADICCIONES INCONFENSABLES



El jefe de la policía local acabó la llamada que acababa de recibir y, sin esperar un segundo, marcó otro número. Eran las 3:35 de la madrugada
━ La alcaldesa vuelve a tener síndrome de abstinencia, se le ha acabado eso que la tiene enganchada. Ya sabes qué tienes que hacer...
Una voz entre dormida y furibunda al otro lado de la línea respondió:
━ El hecho de que me hayáis salvado de ir a la cárcel, de que me tengáis pillado por los huevos, no os autoriza a usarme para satisfacer los vicios de la alcaldesa.
El jefe de policía se pasó la lengua por los labios y replicó:
━ Ya sabes que si en uno de estos ataques la alcaldesa se echa a perder y la oposición se entera de su dependencia, ella caerá y yo perderé mi puesto y ya no podré protegerte. Ten la seguridad que alguien abrirá cajones en el ayuntamiento y tú irás a la cárcel. Será mejor que obedezcas y te calles.
Y colgó. El tipo del otro lado de la línea, un ladrón de pisos de la localidad, se vistió rápidamente y diez minutos después ya había asaltado el negocio donde sabía que estaba el producto que causaba tanta dependencia a la alcaldesa, aquella sustancia que era su droga. Actuó según el protocolo. Llamó al timbre del piso de la alcaldesa con tres toques rápidos y uno largo. Luego se fue discretamente, dejando colgada en la cancela de la entrada una bolsa de plástico sin marcas comerciales.
Dos minutos después, bajaba la oronda alcaldesa en bata y zapatillas, temblando, con un aspecto atroz, aunque antes comprobó que nadie la estuviera observando. Se acercó a la cancela y recogió la bolsa con ansiedad. Pero ya no pudo resistir su síndrome de abstinencia. Metió la mano y sacó una de aquellas roscas con azúcar a las que era tan adicta y le dio un bocado que casi hizo ruido. 

Frantz Ferentz, 2015

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