Friday, February 19, 2016

OTRA VEZ UN PRÍNCIPE AZUL



Ella se enjugó las lágrimas ante el espejo y se colocó la corona que tenía a su lado de cartulina y papel charol amarillo.
— Soy una princesa —le dijo a su imagen—. Pero no necesito ningún príncipe azul.
Toda decidida, salió a la calle, con la corona en la cabeza. Fuera ya era de noche. Paró el primer taxi que se encontró y dijo al taxista:
— Al centro.
— Donde tú quieras, mi linda, y si quieres, te acompaño, que puedo ser tu príncipe azul...
Ella no lo pudo evitar. Le salió su auténtica naturaleza. Otra vez. Ella aulló y a la vista quedaron dos colmillos a ambos lados de su boca. Luego, la garra de su dedo meñique derecho sesgó limpiamente el cuello del huevón del taxista, que empezó a sangrar y chillar a partes iguales. Ella no tuvo más remedio que bajarse del taxi, se estaba llenando todo de sangre y aquel cretino no paraba de gritar. Ya fuera, se dijo mirándose en el espejo retrovisor del carro:
— Soy una princesa, pero no necesito un príncipe azul. Pero ellos solo quieren que saque a la loba que llevo dentro, solo eso. Soy una princesa, soy una princesa…
Consiguió tranquilizarse y hacer desaparecer sus rasgos de licántropa, se volvió a ajustar la corona de cartulina y papel charol y se fue caminando en dirección al centro de la ciudad, otra vez enjugándose las lágrimas, otra vez odiando a los príncipes azules. ¿Por qué habría tantos?

Frantz Ferentz, 2016

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