Monday, June 13, 2016

EL ALMA DE KEVIN


A Karen y su celular

Me encontré a Carla taciturna ante un café ya frío, extrañamente vestida de colores oscuros y con ojeras que quedaron a la vista en cuanto se quitó las gafas de sol.
— Kevin ha muerto —me dijo entre susurros.
Yo no sabía quién era Kevin. Pero sin duda era alguien importante para ella.
— Se ha suicidado...
Ahí el corazón me dio un vuelco. 
— O al menos eso creo —añadió a continuación.
En ese momento pensé que Kevin quizá no era una persona, sino una mascota, pero también a los animales de compañía se los quiere como a personas.
— ¿Quieres contarme cómo fue? —le pregunté con la voz más cálida que fui capaz de producir.
Ella se enjugó una lágrima y me dijo:
— Verás, creo que se hartó de mí. Ya no me soportaba...
Yo le acaricié la cabeza. Su pelo olía a camomila.
— Por eso, en un descuido mío, saltó desde mi mano. Quizá no era consciente de a dónde saltaba, pero cayó y se ahogó.
— ¿Dónde se ahogó?
— En el váter... Es que estos celulares modernos son tan inteligentes que ya hasta se hartan de sus dueños y toman sus propias decisiones, pero aún los fabricantes no los ha programado para entender que los móviles pueden morir... 

* * *

Una semana después me enteré de que Kevin había vuelto con su dueña. Un cartero y una nota de envío contrarreembolso devolvían a Kevin a las manos de mi amiga. Lo que ella ignoraba era que su celular era sumergible y que, en cuanto se perdía, aparecía un mensaje en la pantalla con la dirección de ella y un mensaje que decía: «Si me devuelves a mi dueña, ella te recompensará con 200$, gastos de envío aparte».

Frantz Ferentz, 2016

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