Thursday, July 07, 2016

MI PATRIA, MI COLMENA

Al orador se le quebraba la voz al hablar con tanta pasión de la patria. Sí, la patria, aquel pedazo de tierra que era más que tierra, era tierra sagrada, la tierra donde había nacido él y todas las generaciones que lo habían precedido, aquel polvo con rocas y vegetación que compartía con aquel enjambre de patriotas que seguían su discurso sin pestañear, que se emocionaban con él, que hacían coro a sus suspiros y gritos. La patria, sí, la patria, la mejor patria del mundo tocada por la mano de Dios.
No, no iban a permitir que un puñado de refugiados mancillaran aquella sacrosanta patria, que una manada de desharrapados atravesara sus fronteras y respirasen el mismo aire que ellos, los patriotas, respiraban. El orador no odiaba al diferente, simplemente no lo quería en su patria. No hablaba de matarlos, solo decía que debían quedarse fuera, donde los matarían, ah, mala suerte, que hubiesen sabido elegir a sus gobernantes. Problema suyo si sus niños solo podían comerse los mocos, pero la patria era la patria. Y los patriotas expulsaron a los refugiados, porque no eran parte de su patria ni estaban tocados por la mano de Dios, ni siquiera hablaban su lengua, ah, su lengua…
El apicultor se sintió un dios, se quitó los lentes de protección y sonrió satisfecho mientras observaba con placer cómo sus propias abejas expulsaban sin miramientos a aquellas abejas errantes que llegaban de fuera a la colmena de sus abejas. Por suerte, no miró al cielo, ni se preguntó si no habría allí arriba un hominicultor que lo observaba sonriente a él y a toda su especie de compatriotas.

© Frantz Ferentz, 2016

3 comments:

JOSEP Mª Panades said...

La parábola del apicultor y sus abejas. Genial.
Un abrazo.

Xavier Frias Conde said...

Gracias, José María. Un abrazo

Xavier Frias Conde said...

Gracias, José María. Un abrazo