Wednesday, December 28, 2016

EL CONCEJAL Y SU KARMA


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El concejal se disponía a abandonar su despacho en el ayuntamiento, cuando, ya en el pasillo, tropezó con una anciana gitana mal vestida. Ella llegó a caerse, pero él tan solo la miró con desprecio. Sin embargo, la mirada de la anciana desde el suelo se clavó en la retina del concejal, quien no pudo evitar recibirla. Además, la mujer le dijo:
— Tras una esquina, te las verás con la peor especie de karma...
El concejal, hombre hecho a sí mismo, curtido en lides políticas, ambicioso, sin cortapisas morales, amante del dinero, no habría hecho caso a aquellas palabras, pero con la compañía de aquella mirada no pudo evitar sentir un escalofrío. Salió a la calle. Intentó que el aire fresco lo aliviase, pero no. Estaba temblando. ¿Temblando él? Siguió caminando. Iba a girar a la izquierda. Pero alto, aquella era una esquina. Aquella vieja le había metido el miedo en el cuerpo. ¿Acaso no podría aquella maldita gitana haberle echado un mal de ojo, como le habían ya echado tantas veces, sin resultado alguno? Pero no, la gitana le auguraba mal karma.
Por eso siguió siempre por la calle adelante, sin tomar ninguna esquina. No se atrevía. Si seguía así, acabaría saliendo de la ciudad, o topándose con un muro infranqueable. Tenía que romper con su miedo. El karma era una pantomima. En cuanto llegó a la primera esquina, giró.
Y no pasó nada.
El concejal sonrió. Suspiró y se apoyó en la pared. Se encendió un cigarro y se aflojó el nudo de la corbata. Su barrigón comenzó a soltar gritos que sonaban como "hurra, hurra". Prosiguió andando, ensimismado en sus pensamientos, medio satisfecho pero también medio enfadado consigo mismo. Por eso, precisamente, no vio a la hermosísima mujer que surgió de repente tras una esquina. Se golpeó con ella. Ambos cayeron al suelo, rodaron. Él notó el olor a jazmín que emanaba de ella. Un perfume caro, sin duda. Quiso ser caballeroso. La ayudó a levantarse. Le pidió disculpas, lo hacía con la misma gracia que pedía el voto) y le preguntó:
— ¿Está bien, señorita? 
— Sí, sí, gracias —dijo ella con un marcadísimo acento catalán.
— Espero que nos volvamos a ver —dijo el concejal todo galante, mientras se alejaba de la mujer, sin darse cuenta de que, en la caída, la mujer le había robado con total limpieza la cartera, las llaves, el móvil, la tableta y los cuarenta mil euros en efectivo que llevaba en el bolsillo de la americana, aunque, a cambio, le había dejado un sugerente tanga en el bolsillo de la americana que la esposa del concejal no tardaría en descubrir, con una nota que decía: «Saludos de la Carme, justiciera del universo».
Y entonces, solo entonces, el concejal se daría cuenta quién era realmente aquella Carme, cuyo nombre, como todo el mundo sabe, se pronuncia "karma" en catalán. 

© Frantz Ferentz, 2016

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