Sunday, February 26, 2017

LA REUNIÓN

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A Lorena Zeggane
Cuando Alexandra acudió a la entrevista de trabajo, quiso saber de entrada si aquel era un empleo en que tendría que acudir a innúmeras reuniones. Estaba harta de participar en reuniones y reuniones, varias por semana, que no servían para nada, salvo para robarle tiempo.
— No señorita, aquí solo hacemos una reunión —le dijo el jefe de personal.
Alexandra firmó el contrato y fue invitada a participar inmediatamente en esa única reunión.
Cuando Alexandra murió, treinta y siete años después, la reunión aún no había acabado. Durante la misma, aún había visto morir a setenta y cuatro compañeros. Lo triste fue que no tuvo ni tiempo de despedirse de nadie antes de fallecer, sobre todo de un nieto que había tenido una semana antes, según había sabido por un mensaje de su hija.

Frantz Ferentz, 2017

Friday, February 24, 2017

LA PESADILLA

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Aquella noche, Ana tuvo el más extraño sueño que recordaba de los últimos años. Estaba sentada a la cena con su madre, quien le sirvió una especie de patata de un tamaño descomunal. Ana sabía que tenía que comérsela, pero no le cabía en la boca. Su madre la ayudó empujando. A Ana le vinieron ganas de vomitar, pero no podía. Finalmente, tras una angustia inconmensurable y gracias a los empujones de su madre, aquel extraño alimento se lo tragó.
Despertó sobresaltada, sudando. Todo había sido una pesadilla. Se levantó, se puso las zapatillas y fue a la cocina. Su madre la esperaba con el desayuno encima de la mesa. Ana se sentó sin más, mientras su madre aún freía algo.
— Mamá, ¿qué me has puesto para desayunar? —inquirió al ver aquella especie de enorme patata que flotaba en el plato con un extraño caldo y que, curiosamente, era igual que la que había tenido que tragarse en sueños.
Su madre, sin rostro, se giró hacia ella y le dijo:
— Eso se llama orgullo. Así que cómetelo ya antes de que se enfríe...

Frantz Ferentz, 2017

Thursday, February 23, 2017

EL APRENDIZ DE SPIDERMAN

Resultado de imagen para caja juegos spidermanBernhard había arrastrado aquel maldito juguete de Spiderman, una caja de juegos, con un álbum de cromos incluido más una careta del superhéroe por medio planeta, desde su Wolfsburg natal hasta Bogotá. El regalo, además de salirle bastante caro, se le comió una tercera parte del equipaje y le impidió llevarse su chaqueta de cuero preferida. 
El regalo de Spiderman era para el hijo de aquella mujer con que se había estado mensajeando durante casi un año por internet, alguien a quien ansiaba conocer. Se había encaprichado de ella y había cedido a sus peticiones de un regalo traído de Europa. Sin embargo, aquel no era el Spiderman-Potato que el niño quería. Simplemente, no lo había. Pero aquel era el juguete más educativo de Spiderman, de hecho era el único juguete educativo de Spiderman.

***

El encuentro con la mujer no fue todo lo afectuoso que él se esperaba. Se había traído al niño a recogerlo al aeropuerto.
— Es que yo sin mi Michael Jackon no voy a ningún lado —le explicó ella.
Michael Jackson resultó ser un salvaje que enervó a Bernhard en cuestión de minutos. Arrebataba el celular a su madre, la obligaba a llevarlo en brazos con cinco años, se sentaba entre los dos asientos del carro, gritaba como si Belcebú lo poseyera, comía con los pies en la mesa, se tiraba por el suelo y hacía el ángel, pero sin nieve, además boca abajo...
Bernhard intentó imaginarse la vida con aquella mujer al lado de tamaña criatura mal criada. Por un instante pensó que no había sido buena idea precipitarse en volar a Colombia para conocerla.
— Dale ya el regalo —dijo ella entre susurros en el parqueadero de un centro comercial del centro de la ciudad.
Bernhard accedió. Sacó el regalo de su mochila. Michael Jackson lo cogió con avidez.
— ¿Cómo se dice? —inquirió la mamá.
— Gracias...
En cuanto el niño hubo desenvuelto el regalo, sin llegar a abrirlo, dijo:
— No me gusta, no lo quiero. Esto no es lo que yo pedí.
Ahí ya Bernhard abandonó los buenos modales y se quedó mirando al niño todo serio, Una voz con marcado acento alemán, muy enojada, le dijo al niño que era un malcriado, un consentido, un pequeño tirano y que no se merecía ni ese ni ningún regalo.
La mamá se asustó ante aquel tono de voz que había dejado a su hijo quieto y en silencio:
— No te consiento que abronques a mi hijo, aunque tengas razón en lo que dices —se explayó ella.
Bernhard se volvió hacia la mujer y le dijo:
— No he sido yo, ha sido el propio juguete. Es un juguete educativo de Spiderman, por eso está realizando su papel, educa a tu hijo, así que le regaña...
Dicho lo cual, Bernhard salió del auto, besó a la mujer en la mejilla, llamó a un taxi y pidió al conductor que lo llevase de vuelta al aeropuerto.

Frantz Ferentz, 2016

Tuesday, February 21, 2017

EL TAXISTA

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Cada vez que el taxista pasaba por delante de una iglesia, se santiguaba. El centro de Quito estaba lleno de ellas, por tanto, no sé la cantidad de veces que el buen hombre se santiguó durante el trayecto a la calle La Gasca desde la plaza Grande. Todo ello me hizo pensar en esa herencia española que unos tanto ponderan y otros tanto critican, pero que es evidente en lo religioso y que también funciona a la hora de dirigir la vida de tanta gente.
Cuando llegamos al destino, el taxímetro marcaba algo más de dos dólares, pero el taxista me dijo:
— Son tres dólares con veinte, señor.
No había motivo que justificase aquel aumento. Me pareció un robo, por eso le dije:
— ¿Eso también es herencia española?
El taxista no entendió, lógicamente. Le di lo que me pedía y salí del taxi sintiendo la mirada del taxista taladrándome la nuca, mientras oía sus pensamientos gritarme "español de mierda", aunque él era, sin saberlo, mucho más español que yo.

Frantz Ferentz, 2017

EL MALTRATADOR

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Estaba atravesando Brandýsek como atajo a la autopista a Dresde. El día era cálido, agosto se manifestaba en su esplendor. Había conducido por aquella travesía urbana ya tres veces aquella semana, pero solo entonces vi a aquel tipo tirando del pelo de la mujer, obligándola a seguirlo. Además, le gritaba, mientras ella lloraba de dolor, de rabia, de desesperación o de todo a la vez. No pude evitarlo, me lancé hacia él con el auto. El golpe que propiné al hombre fue brutal, con el choque cayó hacia atrás, por un puentecillo donde, tal vez, aún corriera agua. Salí del auto y me acerqué a la mujer. Le pregunté:
— ¿Está bien?
Ella estaba en choque, pero no sé si por lo que estaba viviendo, si por cómo arrollé a su maltratador o por todo junto. Cuando, al cabo de unos segundos, pudo reaccionar, me dijo:
— Le has hecho daño, animal —me espetó—. Él me ama. ¿Qué voy a hacer yo ahora sin él?
Era lo que me faltaba. Me di la vuelta y volví a dirigirme al auto, no sin antes aún decirle:
— No te preocupes, a los hijos de puta los fabrican en serie. Verás como enseguida encuentras otro igual o mejor que este.

Frantz Ferentz, 2017

Monday, February 13, 2017

LA CALLE 12


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El probo ciudadano descendía en su bicicleta por la calle 12 de Bogotá en dirección a la plaza de Bolívar, cuando, de repente, vio aquellas dos jóvenes abrazadas, caminando embelesadas por la acera en la contemplación mutua. El probo ciudadano, hombre de bien y de sanas costumbres morales, no dejó de mirarlas mientras les recriminaba aquellas muestras de amor contra natura, gritándoles que parasen, soltando para ello una de sus manos del manillar de la bicicleta a fin de poder gesticular. Las jóvenes sonreían divertidas. Y también la calle, La calle 12 sonreía a su manera, por eso la tapa de alcantarillado no estaba puesta y se tragó la bicicleta. Y el probo ciudadano ciclista le gritó ya sin dos dientes a la calle que se equivocaba, que no era él quien merecía ser castigado, pero es que a la calle 12 aquello le hacía tanta gracia...

© Frantz Ferentz, 2017