Friday, June 23, 2017

VIOLETA ENAMORADA

Resultado de imagen de black violetPavel conoció a Violeta de una manera fortuita, en un recital de poesía que él había organizado y al cual había faltado una poeta invitada por un inoportuno accidente de tráfico. Otro de los poetas, Antón Kirchen, se la presentó. "¿Vos escribís poesía?", le preguntó él. "Sí", respondió ella tras dudar un instante. "¿Querés hoy leer poesía acá con nosotros?". Ahí ella ya no dudó. "Sí". Desde ese momento, fueron dos meses de una relación intensa que se inició al ladito mismo de la avenida Corrientes y que transcurrió casi toda en Reconquista, en el apartamento que él había alquilado para su estancia en Buenos Aires. Fueron dos meses en los que ella escribió en su diario que aquel extranjero se había enamorado de ella y de su poesía, que creía que nunca iba a salir de aquel agujero que sus parejas anteriores se habían ocupado de cavar concienzudamente. Y en dos meses, él le publicó un libro y le permitió participar en otro. Aquel extranjero la llevó nuevamente a recitar poesía a un local de la calle Viamonte y la dejó en la cresta de la ola. "Me has hecho sentir mejor que nunca. Sos un milagro, un ser superior, mi alma gemela...", le dijo Violeta. Aquel centroeuropeo se derretía ante aquella mujer morena, hubiera dado cualquier cosa por ella, de hecho lo estaba arreglando para que ella fuera a vivir con él en Europa. Sabía que, a través de la literatura, había reconstruido la autoestima de Violeta. Él, para ella, era un ángel y así se lo hizo saber en varios poemas que le escribió.


Y de repente, nada. Ella fue silencio. Violeta no respondió más a sus llamadas. No hubo lecturas de mensajes. No hubo nada. Hasta los boletos pagados a Europa fueron papel mojado. Ella desapareció. Él la esperó inútilmente en el aeropuerto y regresó sin ella a Europa. Pavel no obtuvo respuestas. Pensó en ataques de locura, en presiones de la familia, en un secuestro, en malinterpretaciones de algo que no alcanzaba a entender... cualquier cosa, pero nunca obtuvo una respuesta, pues nunca llegó a ver la mañana antes de la partida cómo, de repente, a Violeta se le caía el mundo encima. Pavel no era aquel ser superior, aquel ser de luz, aquel ángel que ella había creído. Pavel era un ser vulgar de carne y hueso, como demostraba el último mensaje de voz que él le había dejado, donde, además de decirle que la amaba, de fondo se escuchaba el sonido de la orina evacuada en el váter y un sonoro pedo que cerraba el proceso fisiológico. Y es que aquellos sonidos de humanidad, para Violeta, no había poesía que los justificara.

© Frantz Ferentz, 2017

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