Saturday, July 22, 2017

SIN FIN

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A Lorena Zeggane

Lorena había perdido totalmente la noción del tiempo. Abrió un momento su celular y vio que tenía 12.780 mensajes sin leer, 3.346 correos sin abrir y 1.927 llamadas perdidas. No era posible, en pocas horas no podía haber acumulado tantas llamadas. Se disculpó y salió de la sala de reuniones. Primero marcó el número de su casa. Enseguida llamó a su hijo, que se había quedado con unas décimas de fiebre antes de ella ir al trabajo. En cuanto oyó la señal, dijo:
«Hola, mi amor, soy mamá...», pero enseguida una locución le dijo que aquel número estaba fuera de uso.
Inquieta por no saber qué hacer, se fue al baño. Allí se miró al espejo. Le costó reconocerse. Se vio al menos diez años mayor. ¿Qué estaba pasando? ¿Había perdido la noción del tiempo? Descolgó el espejo del baño y se lo llevó a la sala de reuniones. Lo colocó en frente de su jefe, para que se viera bien reflejado y le gritó:
«Pero no se da cuenta que esta reunión ya dura al menos diez años?».
El jefe no se inmutó. Interrumpió su exposición de ventas, llamó a su asistente y le dijo:
«Por favor, relaje a la señorita Medina...».
Lorena recibió un halo de luz que la hizo caer al suelo. Lentamente se levantó. Su jefe la miró con una sonrisa paternal y le dijo:
«Cálmese, no tiene nada mejor que hacer. Todas las personas que usted conocía hace ya cien años que murieron. No hay nada como vivir en este bucle de reuniones...»
Lorena perdió los nervios. Se lanzó sobre su jefe. Cogió a un cúter y le rebanó la garganta, pero en vez de sangre, solo le salieron ceros y unos, ceros y unos, ceros y unos, ceros y unos...

*  *  *

«Señorita Medina, despierte». La voz del jefe hizo despertar a Lorena. Sí, se había quedado dormida.
«Mire, como se vuelva a dormir en una reunión como esta, tan importante, la boto a la calle, ¿me entendió? Que parece que nuestras reuniones duren cien años», añadió después ya dirigiéndose al resto de empleados, buscando la risa cómplice de estos.
Y entonces Lorena agarró la cuchilla, se abalanzó sobre su jefe y le rebanó el pescuezo. Y entonces sí, entonces salió sangre, a borbotones, no muy roja, porque un animal de despacho como aquel probablemente tenía anemia.

© Frantz Ferentz, 2017

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