Wednesday, January 31, 2018

MENSAJE EN EL ESPEJO



Akamel había pasado exactamente seiscientos veinticuatro años terrestres buscando una salida de su universo al nuestro para escapar de la represión de su gobierno. Por fin, la había encontrado. Era aquel espejo de aquel baño de aquel hotel en Loja, Ecuador, que en aquel preciso momento estaba ocupado por un turista español que se estaba entonces duchando.
Akamel aprovechó el vaho que producía el vapor de la ducha y escribió por detrás del espejo una frase en inglés, porque, después de tanto tiempo, había aprendido el idioma más expandido en la Tierra.
«Help me out».
Cuando el turista español salió de la ducha, enseguida vio lo escrito en el espejo. Al momento se ofendió profundamente al ver escrita una frase en inglés, en un país de lengua española, aunque la mayoría de sus habitantes fueran mestizos, qué se le iba a hacer. Él era un orgulloso monolingüe patriota español. ¿En inglés? ¡Nunca! Eso era una ofensa, le dañaba los ojos, aunque no entendiera lo que decía.
Inmediatamente frotó el espejo y desapareció el grito de socorro. Luego, observó con inquietud que le había salido una cana en la sien.

© Frantz Ferentz, 2018

EL PACIENTE


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"Mire, yo no soy racista, pero me niego a ser operado por una doctora... una doctora... una doctora... que no sea blanca, ¿me entiende usté?", protestó indignado Abundio.
"Perfectamente", respondió el gerente del hospital manteniendo la calma. 
"Me alegro que nos entendamos", respondió el paciente. "Que me opere alguien... blanco, y mejor hombre. Y sobre todo, que me deje nuevo".
"Que lo deje nuevo... Si ese es su deseo, firme aquí", prosiguió el gerente todo calmado.
"Que conste que no quiero conflictos de racismo, ¿me entiende? Y tampoco soy machista", insistió Abundio mientras firmaba sin mirar.
"Lo entiendo, señor", dijo mecánicamente el gerente del hospital.
Dos horas más tarde, Abilio entraba en quirófano para su operación de apendicitis. 
Treinta horas después de entrar, Abundio salía del quirófano sin su apéndice inflamado, pero, además, renovado, como él quería, con un cerebro nuevo, de simio, casi sin usar, y sin prejuicios raciales ni sexistas. Una maravilla.

© Frantz Ferentz, 2018

Tuesday, January 30, 2018

LAS TRES FASES DE DARRELL


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Contigo he pasado por las tres fases que decía Lawrence Darrell que se pueden vivir con una mujer: “There are only three things to be done with a woman. You can love her, suffer for her, or turn her into literature”. Era un sabio ese carajote. Parece que las escribió pensando en mí, porque primero te amé como a nadie en el mundo. Luego sufrí cuando me abandonaste por aquel compositor de baladas de mierda. Finalmente, decidí hacer de ti literatura para superar tanto dolor, pero como no tengo dinero ni talento para que me publiquen una novela, cuando acabe de tatuarte nuestra historia en todos los centímetros de tu cuerpo, de todo él, creo que te soltaré y me sentiré aliviado... Así que, por favor para de quejarte. En todo caso, ya podrías tener más piel, no sé si me cabrá en ti toda nuestra historia...

© Frantz Ferentz, 2018

Monday, January 08, 2018

LA FLOR DE LA BURUNDANGA

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— Esa es la flor de la burundanga —dijeron a Fernando cuando ya se acercaban a la cima del Monserrate en Bogotá.
Era una flor hermosa. Él bien conocía los efectos de la droga que se preparaba con ella: anulaba la voluntad de quien la tomaba. Buscó por internet cómo se preparaba la droga. Tenía suficientes conocimientos de química y de cocina como para prepararse una buena dosis.
Aquella misma noche, en el hotel, Fernando se echó a sí mismo polvo de burundanga en cacao. Quería anular su propia voluntad, dejar de ser el pánfilo hiperreligioso y reprimido que había sido toda la vida. Quería desreprimirse en la noche bogotana, con mujeres calientes y bebida sin límite.
Recuperó la conciencia muchas horas después, no sabía ni cuántas. Vestía turbante y chilaba, y se había dejado crecer la barba. Estaba sentado ante una cámara y ante él había un micrófono. Los focos lo cegaban, no veía nada salvo el micro. Segundos después, sintió un ligero toque en el hombro y Fernando empezó a jurar su cargo, aparentemente en pastún, de líder supremo de algún califato de Asia Central.

© Frantz Ferentz, 2018

Sunday, January 07, 2018

FREUD Y EL AMIGO INVISIBLE

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— Doctor, ya estoy preocupado. Todos mis amigos, familiares y colegas me han dado la espalda porque digo que tengo un amigo invisible. Me siento fatal, me hundo.
El psiquiatra carraspeó un momento y dijo:
— ¿Sabe lo que decía Freud? Que antes de autodiagnosticarse depresión u otras cosas, era necesario comprobar que uno no estaba rodeado de gilipollas.
El paciente sonrió y dijo aliviado:
— Tiene toda la razón, doctor. Ellos no entienden nada. Muchas gracias.
— No hay de qué. Viva su vida...
En ese momento el doctor recibió un mensaje en su celular. Lo abrió y lo leyó en voz alta:
— «Doctor, es usted un genio. Un saludo, Guido». ¿Pero quién es este Guido?
— ¿Guido? —respondió el paciente—. Guido es mi amigo invisible.  

© Frantz Ferentz, 2018

Saturday, January 06, 2018

LA IMAGEN DE LA EX

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Ella lo miró con pena cuando él le dijo:
— Pese a todo, no consigo olvidarla. Cada vez que cierro los ojos, la veo... Y me duermo viendo su rostro, aun con los ojos cerrados.
A él se le escapó una lágrima y cerró los ojos.
A ella le vino la idea de que quizá ya alguien debería decirle a aquel desgraciado que llevaba tatuada la imagen de su ex en ambos párpados.

© Frantz Ferentz, 2018

Thursday, January 04, 2018

EL SECRETO DEL CINEASTA


Resultado de imagen de FILMmakerHans Kabatek había convocado una cena en su casa con periodistas para hablar de su última película. Todos los reporteros insistían en preguntarle por el origen del sonido paralizante que había usado para reproducir el modo de hablar de aquel ser espeluznante que era la razón de ser del guion. Pero no señor, ante los periodistas que lo acosaban a preguntas, él solo indicaba que era un sonido real, que no era nada digital, pero se negaba a indicar de dónde había salido. Todos coincidían que aquel sonido gutural era uno de los grandes éxitos de la cinta y que se podría llevar por eso un premio, precisamente porque hacía saltar de su asiento al espectador al escucharlo. 
Justo entonces, el hijo pequeño de Kabatek, de tres años, se escapó de la cama aprovechando un descuido de la niñera. Corrió en pijama hasta su papá y se sentó en el regazo de su progenitor. Los periodistas contemplaron embelesados aquella tierna escena. El padre, pese a todo, no desatendió su promoción de la película y volvió a reproducir aquel sonido que congelaba la sangre.

Y solo entonces, el niño, sonriente, dijo:
– Esa es mamá... ella ronca así...

© Frantz Ferentz, 2018