Wednesday, July 25, 2018

FALOCÉFALOS

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Rena leyó el microrrelato que le llegó a su celular. 
Él recibio un intenso balonazo en los testículos que lo hizo caer inconsciente. La doctora, sin dudarlo, le diagnosticó conmoción cerebral.
Rena sonrió y luego dijo a Carlos:
— Vos tenés el cerebro en el pene, como la mayoría de los hombres. 
Él se rió. 
— Y te lo voy a demostrar — añadió ella—. Tomá un estimulante cerebral. 
Él le siguió el juego. Se tomó la píldora que ella le daba. Al rato, Carlos dibujó un pentagrama en papel higiénico y garabateó unas notas que se puso a tararear desafinando.
— Oye, ese estimulante cerebral funciona. No sabía yo que pudiera componer. ¿Qué contenía esa píldora?
— Viagra.

© Frantz Ferentz, 2018

Monday, July 23, 2018

EL ROBOT ASPIRADOR


Resultado de imagen para robot aspiradorPrimero comenzaron las extrañas desapariciones. De repente, mi lente de contacto izquierdo no estaba cada vez que abría la celdilla. Inexplicable. Después, la computadora aparecía encendida por la mañana, ella sola. El colmo fue que el cubo de basura se volcaba solo y se desperramaban los desperdicios. 
Ángela, mi esposa, decidió entonces comprar un robot aspirador. El mejor del mercado, lo aspiraba todo. No iba a permitir tanta basura por el suelo alguien tan maníaca de la limpieza. La cuestión es que, desde que compramos el robot, han parado todos los fenómenos extraños en casa. No desaparece nada, no se enciende nada, ni se vuelca nada. Ángela dice que, o bien el robot aspirador aspira las presencias, o bien las asusta. En todo caso, cuando limpia el contenido del aparato, lo hace en la terraza para que las presencias, si es que están, no entren.
Lo malo es que el robotito ha encandilado a mi suegra, lo ve como un perrillo o un gatito que no mancha y que le hace cosquillas en los pies. Llegó un día de visita y ya hace tres semanas que está en casa. No quiere irse, dice que no se irá sin "su mascota".

© Frantz Ferentz, 2018

Sunday, July 22, 2018

PENA DE MUERTE

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Pusieron ante el buen rey el documento por el que se suprimía la pena de muerte en el reino. Al monarca ello le traía una descarga de su conciencia, pues no soportaba la idea de firmar sentencias que acababan con la vida de seres humanos, por muy criminales que fueran.
Leyó el texto, que comenzaba diciendo: Su Majestad, firma la presente ley...
No leyó más. No quiso firmar esa orden. En su lugar, improvisó otra en la que mandaba ejecutar al redactor de la orden anterior.
— ¿Por qué, Majestad?
El monarca se limitó a señalar con horror a aquella coma que separaba el sujeto del verbo mientras le temblaba el dedo. Y es que, antes que su conciencia, estaba las reglas de la gramática, pues no en vano él era conocido como el Monarca Gramático. 

© Frantz Ferentz, 2018